YIRA YIRA
mayo 31, 2011
Es la hora exacta en que se me hace obligado rondar por Parque Lezama. Es la luz perfecta. Son los colores precisos. Hace frio y sin embargo es verano. Es Buenos Aires y eso da el toque de imperfección imprescindible para sustentar la perfección. Nada en esta ciudad es real, ni siquiera las realidades virtuales ni los realismos mágicos. Acá todo convive sin entrechocarse, todo deja lugar a todo. El caos está tan pulcramente ensamblado que da la sensación de vivir en Buenos Aires, como si Buenos Aires existiera en realidad. Si no fuera por ese río que es mar, absolutamente todo quedaría a la deriva de las subjetividades oníricas de los canarios y cotorras. Todo es mentira; pero mentira de patas largas, patas largas que galopan una nube de pampa ancha, con cielo caprichoso de parpadeos insinuantes. Detrás del barranco la aplastante planicie, al margen del Rio de la Plata el puerto del Buen Hambre, sobre una tierra humus capaz de dar vida instantánea y sin grumos, germina la muerte gris de las púas de hormigón con escasos ventanales y balcones congestionados. En medio de la irrealidad los hombres. Los hombres y las mujeres que se piensan reales por ser hijos directos de un dios exclusivamente argentino, el Tata Dios, miembros indiscutidos de esa mitología porteña que habla de eternidad, motivo por lo cual, logra ser eterna e inquietante. Yo solo soy un paso más entre sus pasos, una entidad fantasmal tan inocua como imprescindible, en ese andamio de lucubraciones rítmicas que dan pulmón al quejoso bandoneón del dos por cuatro.
Amo los mapas, siempre los he amado. Me gusta acercarme a ellos desde el espacio. Primero admirar la exquisita bola azul sustentada en el infinito por titanes parados sobre una tortuga. Luego, mediante el zoom de mis delirios, aplanarlo sobre una mesa cualquiera, (que bien podría ser la mesa redonda de los caballeros del Rey Arturo o la mesa peluquín de los tangueros del café Tortoni), para destriparlo, adobarlo y por fin clavarlo en la cruz veraz del fogón trepidante de mis ojos ocultos tras dos lupas incendiarias y antojadizas. Después me dispongo a estudiar sus continentes. Primero imagino sus colores, a través de los colores invento geografías con destreza y exactitud. En cada accidente geográfico siembro hombres, y con todos los hombres hago una verdad, mi verdad. Nunca me equivoco, el mundo es tal cual lo he soñado. Viajando caí en la cuenta de esta virtud tan mía. Ni bien hube pisado Londres, o París, o Estambul, o Mar de Ajó para no hacerlo tan grandilocuente, me di cuenta que yo ya había estado allí mucho antes de haber llegado. Sabía exactamente como olería, como sería tratado y a que sabrían sus comidas. Esto, lejos de decepcionarme, alentó mi espíritu viajero en la apuesta íntima de mi arrogancia. Luego, por derecho de conocimiento y pertenencia, me asumí como ciudadano del mundo, cangándome en la estupidez de los pasaportes y los mezquinos permisos de trabajo. Disculpen, vuelvo a lo mío, ir por las ramas me seduce más, al igual que a hormigas y serpientes, que enroscarme en los firmes y erectos troncos de los temarios. Una vez enfrentado al mapa lo sintetizo con mi persona. Del planisferio hago mi nombre y con mi nombre desgrano el planisferio. Todo encaja perfectamente. Europa, la vieja Europa, representa todo lo que hay en mí de correcto y moral. Europa es el Pepe Grillo de mi conciencia, todo lo que debe ser, el superyó, pero al mismo tiempo, todo lo que nunca debe hacerse. “Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”, una virtud muy europea. Asia, en cambio, representa mi pasión por los intríngulis metafísicos, por los arcanos misterios de las almas y sus transmutaciones. Desde Buda hasta Confucio, desde Gandhi hasta la Vietnam de Margarite Duras, desde Angkor Wat a la Gran Muralla China, Asia es todo lo eterno que hay en mí. África, a su vez, reclama su presencia con un grito desgargante. Es la verdad innegable, la esencia de mi persona. Lo primero, lo prístino, lo indudablemente negro y salvaje, y por salvaje obsceno y truculento. África es lo que quema en las entrañas, el hambre voraz de ser, de existir más allá de las soledades y los mudos desprecios, el precio a pagar por ser diferente al resto de los diferentes que se suponen iguales. Y allá, a lo lejos, como salpicada de a ratos, está la Oceanía de la felicidad, las mil palmeras brotadas de la sal como la flor del loto reina en los pantanos, los agua cocos de las cosquillas sorpresivas de estrellas e indecencias, capaces de sonrojar al sol hasta hacerlo desaparecer vergüenza tras los océanos, solo aptos para la luna, acostumbrada a los senos erguidos y a los falos templados al amparo incesante de las mareas del corazón. Sí señor, todo encaja en este rompecabezas que viene a ser mi ser mundializado. La Antártida es el frío, lo cotidiano, todo lo que hay de involuntario en los músculos involuntarios, lo imponentemente misterioso que esconde lo obvio detrás del blanco, como si el blanco fuera uno solo, como si el blanco fuera un color. El corazón, los pulmones, todos los órganos que dan vida y son ninguneados por las vanidades, encuentran en la Antártida el templo de mis plegarias. Y por último está ella, la América de mis rebeldías congénitas, el verde manantial de las utopías y el rojo manantial de las masacres, los azules unicornios y los amarillos dioses hechos lingotes, la plata que por plata robo el plato de la Pacha mama y lo cambió ingenuo por un Platón de cruces, abalorios y fusiles. La América es mi tinta, la contradicción espejo, santo y seña de mi sonrisa y lágrima, mi sueño compartido por pulmones Amazonas, por bronquios Aconcaguas y Tupungatos, por alientos de granos gaviotas, por frutas selvas de machetes y plumajes. América, al igual que yo, se planta ante el mundo erguida en puntitas de pie, como si no quisiera dejar huella, como si le divirtiera el eterno equilibrio de lo imprevisible y sorpresivo. Todo encaja perfectamente, como decía, en esta loca manera de ver al mundo proyectado desde mi mano letra al papel universo, en esta manía de ver la imagen instalarse en mis pupilas hasta hacerme carne de su figura. Todo encaja menos una cosa. ¡La bendita Buenos Aires! Siempre dudaré quien fue el primero que escribió su nombre sobre un mapa ocre de dudosas geometrías y coordenadas. Es mentira que fue fundada; Buenos Aires, como bien dijera Borges, por eterna no resiste fundación alguna. Seguramente al principio solo fue una mancha descuidada en la torpeza marinera de las bodegas y los barriles, que fue disimulada bruscamente después por un nombre cualquiera, siendo jamás negada, y reconocida como cierta, en su error. Luego el tiempo se ocupó de lo demás. Cada barco que por allí se acercó proclamó su existencia guiado por los planos mitológicos más que por las brújulas y sus realidades. Quien dudara, o no lograba verla, era juzgado de ignorancia y llevado inmediatamente frente al garabato de tinta china que la justificaba al grito de: “¡No ves bestia, acá está, es este puntito negro!” Luego cuando esta artimaña se hizo insostenible, aun para el más imbécil de los reyes, fue necesaria una segunda fundación, que vino en realidad a ser una pantomima de la primera. La majestuosa, la única, la exclusiva Santa María del Buen Aire fue nacida de la intrincada imaginación de unos nautas inútiles con dudosas alcurnias y prontuarios, y tiempo después, afirmada y consolidada en la columna que vertebran las espadas y los crucifijos de los conquistadores omnipotentes, que proclaman hazañas en donde solo existen verborragias y blasfemias. Buenos Aires no existe, ni ha existido, ni existirá, y sin embargo y por esta misma razón, la ciudad toda se yergue indómita como la viva imagen del arte en el exclusivo mapamundi de mi persona. Buenos Aires es el arte hecho metrópolis, con su incontenible belleza, con su aplastante tenebrosidad, con su inutilidad tan sedientamente necesaria e imprescindible.
Si usted llega al Parque Lezama por la esquina de Defensa y Brasil seguramente me verá, aunque difícilmente me reconozca. Sus ojos irán, sin dudarlo, a posarse sobre ese mazacote arquitectónico que viene a ser el monumento a Don Pedro de Mendoza, el hidalgo de la mala suerte, (digno personaje ausente, y no, del Lazarillo de Tormes), que ostenta medallas fundacionales inmerecidas e innecesarias. No se deje engañar, en el piletón que lo rodea no hay agua, así que guarde sus monedas porque acá, nadie da suerte por qué sí. Detrás del monumento, la delicia; en la delicia mis pies de huellas esquivas buscando sitio donde detenerse. Largas horas de mi vida he invertido en este paisaje. La búsqueda frenética de algo cierto en este sinsentido se ve amparada, en esta hora exacta, en el verde barranco que cae sobre la avenida Paseo Colón. A escasos metros, en dirección a La Boca, se eleva el Argerich, el hospital que vio nacer a mi hermana más pequeña. Rumbo a Puerto Madero, bajando por la calle Brasil, se encuentra el casino, ese barco que vio florecer en mí, el yo más laboralmente eficiente y socialmente integrado. Si miro a la derecha, puedo imaginar a escasas dos cuadras el “Despliegue”, sin duda la casa más bonita que me cobijó hace más de una década atrás, fruto de mi esfuerzo y entrega. Si miro a la izquierda, en cambio, se me da por imaginar la casa de mi madre en Plaza Dorrego, con su feria dominguera y su tropilla de borrachos; el alarido subsuelo del esclavo y la descuidada carcajada del turista displicente. Y a mi espalda, sobre calle Defensa, como un fondo macabro, como un marco destartalado y asimétrico se encuentra él, el geriátrico que vio morir la última muerte de mi abuela. Sí, mi abuela murió varias muertes. Yo las lloré todas y sin embargo, siempre estuve ausente en todos sus entierros. Primero murió su corazón cuando renunció a su familia e historia, luego murió su alma tras el alzhéimer, y por último su cuerpo, víctima de los años irrefrenables. Perdón vuelvo al tema. Hace frío. Es la hora de la ceremonia, del ritual. Los colores son precisos, el aire anuncia como el Bautista un río que no se ve pero existe… Cerrar los ojos; todo es mentira, todo desaparece… Extender los brazos y alzarlos a la altura de los hombros; todo es una cruz, todo es un abrazo inconcluso… Girar lentamente tres veces, primero en el sentido de las agujas del reloj; todo es relativo, todo se relaciona. Girar lentamente tres veces, ahora en el sentido contrario; todo viene a mí y me atraviesa, todo brota de mí y se expande. Girar ahora velozmente en el sentido de su antojo; todo es centrípeto en la empatía, todo se diluye y centrifuga en la antipática apatía… Frenar de golpe, inercia, marearse como lo hacen los niños por diversión y los borrachos por evasión… Abrir los ojos sorpresivamente y ver cómo han cambiado las cosas, como se ha modificado el mundo mentiroso de esta ciudad que todo permite, que todo sentencia. Por último sonreír o reír, eso depende de las circunstancias, y agradecer al infinito la buena nueva. Todo es mentira, Buenos Aire no existe en esa verdad que viene a ser la realidad, por el contrario, cada vez que uno abre los ojos se enfrenta a ella por primera vez. (Nunca dejar de saludar ni dar la bienvenida a los nuevos evangelios). No hay que temer, no hay que preocuparse, no hay que avergonzarse. Usted es Cristo y yo soy Dios, el Tata Dios… ¿o era al revés…? da igual, todo da igual en el hábitat porteño de los deseos y las fantasías. Amo los ritos y las ceremonias, las misas, los sacrificios y los martirios. Amo todo lo vetusto, lo pasado de moda y adoro las plegarias. Quien conoce la soledad y la hace carne, sabe lo imprescindible de las obsesiones. Todo acto tiene un significado, nada es porqué sí aunque todo de igual, todo tiene un fin bien definido y establecido; dar sustento al principio, a la existencia, sea esta real o falsa, imaginada por unos inútiles, como bien podría ser el caso de Buenos Aires, o llena de inutilidad, como bien podría ser la mía. El ritual de girar sobre mí mismo me acompaña desde muy pequeño. Esta liturgia siempre me ha dado buen resultado. Primero empezó como un juego, luego como una negación a todo lo que me salía mal, que dicho sea de paso era todo lo que me proponía hacer, y por último como una invitación a la sorpresa, como un barajar de cartas, como un agitar de dados, como un analizar la borra del café o el hígado de un pato. Me gusta descubrir Buenos Aires todos los días que puedo, todas las veces que puedo, en la ventura o esperanza de que haya un Buenos Aires para mí, un Buenos Aires que se acople a mi planisferio de corteza dérmica y miga desquiciada, que encaje sutilmente sin aditivos como un beso encaja en otro beso, a pesar de las lenguas y los dientes o quizás, gracias a ellos. El hecho de dar vueltas, sumido en la creencia sufí de los derviches, adquiere en esta ciudad una cualidad auténticamente maravillosa y espeluznante. Dar vueltas y arremolinar con uno a Buenos Aires es dar nacimiento al refusilo genuino del arte. Dar vueltas aquí es ver al arte penetrar, es ver al arte brotar, es ver al arte a los ojos y quedar piedra ante las mil serpientes de la Medusa gamberra de los posibles, los imposibles y los impensados. Arremolinar Buenos Aires y no sucumbir embriagado en la catarsis omnisciente de lo inútil, de lo artístico, es sin duda, o al menos debiera serlo, motivo más que suficiente para ser condenado a vagar por un shopping cualquiera por los siglos de los siglos. Hacer de Buenos Aires un gran tornado y dejarse llevar en la vorágine, tanto interior como exterior, es la manera más simple que tienen los tras-tornados para acreditar sus blasones, para aducir sus inutilidades. La eterna sonrisa porteña se enciende y apaga frente al espejo de nuestras cámaras fotográficas, de a ratitos, ceremoniosa, formalmente falaz amparada en el secreto codificado de nuestras informalidades, como si jugáramos a la maestra y sus alumnos; ella, con el puntero en la mano (Que deliciosa antigüedad); nosotros, en los millones de pupitres que bien pueden ser mesas de bares, paradas de colectivos, estaciones de trenes, infinitas esquinas enroscando infinitas avenidas, balcones de un malvón y dos sombras, cocinas de un mate solitario retumbando en la voz dialogante de radios y televisores, sabedora de todas las respuestas inherentes a las soledad en las multitudes solitarias.
Todo ha cambiado en la mentirosa Buenos Aires. Luego del ritual, boca abro mi sorpresa… Parque Lezama… Mi figura enfrentando la avenida Paseo Colón… El hospital Argerich es el casino en donde se juega la vida el grito subterráneo del esclavo en las tragamonedas displicente de los funcionarios turísticos y carcajeantes. Mi hermana aún espera nacer y recorre sus pasillos con una guitarra al hombro, preguntando por las mesas del punto y banca sin demasiada fortuna. En Puerto Madero un barco ve morir en mí, el yo más creativo e inútil, ahogándolo en un mar de borrachos feriantes, hipnotizándolo en una línea blanca de crupieres domingueros sin ruleta ni lunes; a mi lado mi abuela vestida con calzas fucsias y enormes aros apuesta su pensión al Black Jack y al whisky etiqueta roja. En Plaza Dorrego ya no queda nada de tantas cosas que hay en el aplastante cúmulo de baratijas y mercaderes. Cristo que es usted y Tata Dios que soy yo… ¿o era al revés…? da igual, en vano tratamos de desalojar a los fenicios. Un pibe fuma paco; un hombre, pico y pala en mano, yace drogado bajo un palo borracho enjaulado tras rejas ciegas, sordas y mudas. Mi madre recorre el “Despliegue” cobijada por un mate hervido, escuchando el eco sabelotodo del televisor que retumba incesantemente en la acústica solitaria de los barrancos inútiles e ignorados. Esfuerzo, entrega, ¡Qué futilidad! Y a mi espalda, como un marco macabro, se encuentra él, el geriátrico esperanzado en dar muerte a mi cuerpo de inútiles huesos, responsable de los mil actos inútiles de eso que llaman vida las historias clínicas, los antecedentes penales, y las ajadas planillas del registro civil. ¿Será una condena? ¿Será una maldición? ¿Será un hecho inapelable de justicia? Morir como se ha vivido, lejos de ser un acto de nobleza, a veces es una crueldad descarnada… Suerte que estoy en Buenos Aires y aquí todo es irreal. Basta un alzar las manos, un cerrar los ojos, un girar sin remilgos enroscando al aire bautista de la costilla rivereña, para que todo desaparezca y renazca. Suerte que estoy Buenos Aires y no en Madrid. En Madrid no sirven los rituales. Los desprecia. Uno puede girar y girar y siempre se encuentra en el mismo sitio. Todo lo hace frío. Las palabras tiernas se hielan antes de ser nutricias y caen al abismo de los olvidos y los silencios. Todo lo que uno quiere escupe realidad. Todo es contundente, todo es lo que es y por ende lo que debe ser. Cuando más se gira más salpica, al igual que un balde lleno de agua, y uno termina empapado sin saber si es baba, si es flema, si es nieve, si es lágrima, si es sangre, o si es la sabia de la culpa merecida, el elixir viscoso que cala impío nuestro cuerpo. En Madrid no existe el perdón, es tan asquerosamente real, tan racional, tan fraternalmente cófrade, que termina clavando a golpe de cruces martillos, estacas de verdades agudas en las manos agarrotadas y suplicantes de los enfermos de inutilidad poética, de los neuróticos fóbicos de vergüenzas imposibles de aceptar, porqué de aceptarse significaría aceptar la locura. Madrid odia los pasos que puedan desnudarla pero igual se deja caminar en la artimaña traidora de la seducción… Al olvido lo culpan los que recuerdan… Perdón he vuelto a dispersarme. Al igual que las palomas y las golondrinas prefiero los horizontes amplios a los nichos amortajados, a los temas centrales de la narrativa. Vaya mierda de realidad mentirosa la que se me ha presentado. Suerte que estoy acá, que solo me bastan unas cuantas vueltitas para que todo se modifique. Odio cuando el ritual no funciona, cuando se repite y trae a mí, imágenes ya acopladas en los vagones del recuerdo. Es como si el destino jugara conmigo, como si estuviera perezoso o se volviera perverso. Todo es mentira y sin embargo duele. De eso se trata. Hay que vivir la mentira pero no creerla. Si la creés vas derechito al infierno sin pasar siquiera, por patíbulos ni confesionarios. Debo apresurarme, esta buena nueva del Buenos Aires cruel es tediosa y aburrida. Carece de sorpresas para mí. Nada puede revelarme que yo ya no sepa. Detesto la prensa amarilla cuando se disfraza de tango. Al contrario de lo que la gente cree, el tango es otra cosa. El tango es un corte y una quebrada, un anudar de piernas seguido de un desatar de cuerpos, es un firulete barroco de movimientos sensiblemente plasmados, solo un flash, retorcido y punzante eso sí, pero no por esto deja de ser solo un flash. El tango al igual que Buenos Aires, solo es un conjunto de imágenes contrapuestas, yuxtapuestas, e integradas en las retinas de quien lo escucha, ve, o inventa. Es intangible, pícaro y endiablado, es todo lo necesario que debe tener una mentira para ser considerada mentira. El tango no es triste, el tango es transmutación, es metamorfosis adoquinada a fuerza de tajo cuchillo, tuberculosis y putas irredentas. En el tango todo fluye, como fluye el resoplido del bandoneón, como fluye el río que lo sustenta y vigoriza, como fluyen las aspas de mis manos cuando mi cuerpo molino gira y gira Quijote, ante el desprecio de ese mundo real al que nada le importa, donde todo es mentira en su falsa verdad. Buenos Aires silba el tango y el tango llueve Buenos Aires en la poesía Troilo de un barrio en donde se pueden contar cien barrios, cuando uno sabe ver y sentir. Si logró comprender lo del padre, el hijo, y el espíritu santo, no le será complicado entender lo que digo. Buenos Aires al igual que el tango se vive en negativo. Es la sombra que resalta la luz, es el no de las mujeres cuando dicen sí, es la inutilidad del arte que reafirma la obra artística, es el ejército de los inútiles plantando batalla al eficiente entramado de esa vida real que debe ser, y que sin embargo a nadie conforma. Buenos Aires no es una novela, mucho menos un bestseller, ni un devenir de fachadas arquitectónicas eclécticas, ni un gran fresco en las mansiones florentinas, ni un coro de ángeles serafines, ni una pirámide de rocas proclamando platillo voladores. Buenos Aires es un inmenso semillero de personajes y luces en donde habitan las musas ávidas de ser encontradas al azar, como los perritos enjaulados esperan en las vidrieras de las veterinarias. Aquí todo es inconcluso, es una sumatoria de historias posibles, un abismo de finales abiertos, una biblioteca de ensayos y bocetos augurando genios y genialidades. Aquí solo hay hombres, mujeres y niños; detrás de cada hombre, mujer y niño se encuentra un Dios, el Tata Dios, con su Cristo y sus discípulos correspondientes; detrás de cada Dios una mitología única, una cosmogonía particular, un Olimpo de nubes exclusivas que se derraman y estancan sin pudrirse en el café de media tarde o en el hipnotismo de quien está solo y espera. Tomados en conjunto verá plasmarse el misterio y el milagro de ser y de no existir al mismo tiempo. Al igual que Buenos Aires, que un Dios, los porteños solo existirán si alguien cree en ellos, y existir en la creencia es no existir. Esta ciudad no es una novela, ni un cuadro maravilloso, ni una escultura de exquisita delicadeza, es por el contrario, el semillero inútil del arte suplicando en su belleza, en su tenebrosidad, la pleitesía y plegaría de algún artista que viabilice su inutilidad en una obra maestra, en una obra artística que de sustancia y razón a un planisferio de irracionalidades sintetizado azarosamente, en figuras humanas de ternuras empalagosas, de soberbias negociables, de lenguas indómitas, de pasiones descocidas y ajadas, víctimas inocentes o no, de una humedad permanente y constante.
Se me hace urgente repetir el ritual, he vuelto a dispersarme y mi madre vaga sola por una casa que fue mi casa. Odio que mi madre sufra, imaginarlo me destierra y me inmoviliza. Debo apresurarme. Mi abuela a esta altura ya habrá perdido hasta el ADN en algún tapete verde de engañosa esperanza y mi hermana aun espera nacer vagando guitarra al hombro… suerte que estoy en esta ciudad dúctil y permeable… Dios…, que alguien apague esta cabeza. Desde el hemisferio derecho de mi cerebro Europa escupe culpa. Reclama mi vergüenza ante tanta inutilidad. A mi edad ya debiera haber resuelto mi vida y con ella la de los míos. Que ya estoy viejo para rituales boludos, dice, y me atraviesa la conciencia con una bala de plata. “Recuerda, recuerda”, exige, “recuerda el geriátrico, recuerda el futuro”, insiste… Desde la sutileza, Asia, se viste de hemisferio izquierdo y me reclama que fije mi atención en ese gracioso camino de hormigas, y que de entre todas las hormigas me centre en una, la del culo más gordo. La hormiga culona parece totalmente integrada. Sin duda es diferente. La diferencia debe tener algún sentido, ya genético, ya social. Nadie es diferente porque sí. A ojos vista cumple exactamente la misma tarea que las demás, en este mismo momento solo camina. No lleva sobre ella ni hojas verdes, ni palitos marrones. Solo carga con su enorme culo en medio de los culos promediamente medianos, se me ocurre que silba La Cucaracha, eso me parece sumamente divertido. El hecho exacto de compartir el mismo universo y de alimentar la misma mentira me hace balancearme al compás de sus patas graciosas. Si fuera mujer, hubiera sucumbido seguramente a sus encantos, y hubiera despertado en mí, el feroz instinto del goce ocasional, pero al ser solo una hormiga, muero de amor por ella en este mismo instante a punto de rogarle matrimonio o al menos correspondencia… ¡Estalla África! Un río de sangre borbotea en los tambores del corazón, las venas crujen en rápidos bermellones globulares pidiendo guerra, se dilatan los poros hasta escupir la sal de los sudores y ruge hambrienta de ansiedad como leona recién parida. ¡Fobia!, ¡Esquizofrenia!, ¡Paranoia!, gritan los alaridos rítmicos de las tribus caníbales con sus ollas bulliciosas y efervescentes ocultas en mis orejas. Asedian los pigmeos exitosamente el palacio de mi autoestima. Me ahogo. Me falta el aire. Debo realizar el ritual. Todos sufren. Sufro. Todo es mentira… Todo es mentira… Una mandarina… Una mandarina… Oceanía de gajos perfectos con semillas de versos tropicales… Desde Samoa y Papúa reivindican sus caníbales que también se comen los cuerpos a la hora de amor… Sorpresiva, entonces, América me toma por la espalda, me gira y me enfrenta a sus pechos de lava oculta para aferrarme locura con sus manos de guacamayos y mazorcas. “…Ay mi niño, gira, gira conmigo, hagamos juntos el ritual de la nueva esperanza, estamos en Buenos Aires, ¿a dónde te habías ido?, ya estás acá, ya volviste, sos tan lindo, te amo tanto, gira mi niño, gira conmigo, Buenos Aires es tuyo, seguro que hay un Buenos Aires para vos, mientras yo tenga tinta y vos tengas manos estamos en camino, estamos despertando…”. Canta América y yo vuelo hasta caer exhausto y Antártida a la nueva realidad que no es realidad a pesar de parecerlo. Frente a mí no hay nada, miro a mi izquierda no hay nada, a mi derecha tampoco nada, detrás de mí, él, el geriátrico, pero esta vez con las puertas cerradas y oculto tras una enredadera sin flores ni detalle alguno. De la nada una voz. “Hola”, me dice, luego el silencio.
LA MALA SUERTE
abril 8, 2011
Siempre ocurre, las almas desdichadas reciben del destino la peor de las alternativas. No hay que pensar. Pensar es dar sustancia a las desgracias. No existe la mala suerte, existen los hombres condenados. Seres a los cuales cualquier fortuna o azar les es adverso por desentonar con ese ritmo, estricto y firme, marcado cotidianamente por las sociedades sombras y por los hombres lúgubres. Mala suerte. Mala suerte tener fiebre. Mala suerte ser sombra en la sociedad sombra. Un paso más en la arena del tiempo que pronto caerá en la catarata despiadada de los olvidos alejándose del mar, por siempre. Mala suerte la conciencia, el dolor agudo y el agudo respirar del dolor como merecido. Mala suerte la soledad, los millones de pasos en el aire sin rumbo amor, sin timbres ni besos. Mala suerte las palabras dichas al aire en la esperanza traidora de la sonrisa bienvenida. Mala suerte el rechazo frio entendido como lógico. Mala suerte la culpa despiadada de existir de manera tan macabra. Mala suerte amar la mala suerte y hacerla carne. Mala suerte ser quien se es. Mala suerte tener fiebre. Mala suerte amar aquello que se apagará, quizás por siempre, en un pitido agudo y constante que a pocos alarmará, como a pocos alarma el sonar de los teléfonos cuando se espera una llamada. Mala suerte ese monitor déspota que dejará de ser una vida Himalaya para dibujar una vida pampa, que de tan pampa ni recordará los horizontes. Mala suerte el infinito cuando se sintetiza con la nada, cuando el blanco y el negro se juntan y se enroscan en una identidad acromática dejando de ser colores sin más. Mala suerte el raciocinio perverso de la mala suerte. Mala suerte tener fiebre, la fiebre jaque mate de la renuncia incondicional de los agónicos.
El doctor Carlos Jáuregui lo había previsto. “Si llega a levantar fiebre, cagamos”, había dicho a la enfermera como en secreto pero esperanzado, creo yo, de que lo oyera. Supongo que para nadie es fácil condenar a muerte a alguien que va a morir. Retrucar en palabras lo que la realidad dibuja en hechos. Yo conocía muy bien el poder creador del verbo, su inescrutable crueldad y cinismo. Decir es convocar, es estructurar, es definir. Pero la gente parece olvidar estos detalles. Todo tienen que expresarlo. Todo tienen que decirlo. Aun de manera cobarde, como a escondidas, con artimañas estúpidas, con tácticas infantiles como las utilizadas por el doctor días atrás. Quien dice un secreto mata un secreto, quien revela un misterio solo intenta hacer llegar el mensaje, tal vez por vías no ortodoxas, pero anhelando que el mensaje llegue sin demora. Aunque el mensaje llegue trastocado, modificado, deformado, eso no importa. Lo realmente importante e impostergable es sacarse el embrollo de encima, el peso muerto de la verdad atragantada. La palabra pensada y no dicha es plomo ardiendo en las conciencias. Hay cosas que no deben ser pensadas nunca. Cuando se piensan condenan. Cuando condenan matan. Ya entenderá usted porqué amo el silencio. Porqué adoro el inmutable sosiego de los espacios libres de discursos y palabrerías. El paisaje mudo de los monasterios naturales del universo. El mudo bullicio del gentío, de los bosques y las selvas. El todo contundente de todos los sonidos al cual llamamos silencio es sin duda, la mayor maravilla con que nos haya premiado Dios. Pero nosotros, pobres mortales, no lo hemos entendido. Suponemos que el silencio es algo ajeno e independiente y le damos entidad propia, cuando en realidad no es más que el resultado arbitrario de la sumatoria de todos los estruendos. Todo se relaciona. Todo se teje en el entramado infinito de la creación universal. Las ideas, los pensamientos, nunca deberían ser pronunciados, nunca deberían ser proclamados al mundo con ese desparpajo e inocencia con que lo hacemos los humanos. Todo pensamiento nació para ser escrito. No hay otro fin por el cual hayan nacidos los libros. El trasmitir ideas y lucubraciones de hombre a hombre, de mano en mano, en esa complicidad que requieren los arcanos designios y las logias pendencieras. Cada libro una verdad, una verdad silenciosa que escupe tanto ruido que modifica nuestras ideologías y nuestras creencias. Quien lee un libro, sabe que al terminarlo, ya no será jamás el mismo que era al comenzar la primera página. Sabe que leer es renacer, es recrear lo recreado. Es dar entrada a una verdad a nuestro ser sin correr el riesgo de condenar la inocencia virginal del universo. Uno lee y al leer absorbe la sabiduría vulgar de los hombres disfrazada de letras, comas, y puntos finales. Sí, por ejemplo, yo le dijera a viva voz lo que le estoy escribiendo, usted con seguridad, se quedaría con el hecho banal de mi muerte, y comenzaría a relatar mi historia a algún tercero que se le cruce, de esta manera: “Es un hombre que se está muriendo y está medio desquiciado”. Y ese tercero a su vez volvería a pronunciar mi muerte a un cuarto, y así mi muerte recorrería todos los rincones del planeta hasta hacerse una realidad. Cada vez que fuera pronunciada mi desgracia, cada vez ella estaría más cerca de mí. El médico dijo fiebre y la fiebre se hizo sin titubeos. Pero al escribirlo y al usted leerlo, el hecho fortuito de mi muerte queda en segundo plano. Se convierte en el lienzo blanco que sustenta y sostiene todas las pinceladas de mis palabras y colores, mi esencia, mi humanidad. Es curioso. Desde este punto de vista, supongo ya lo habrá deducido usted, la definición de muerte y la de vida pasan a ser la misma cosa, lienzo blanco que sustenta y sostiene todas las pinceladas y colores, la esencia, la humanidad… Todo se relaciona, todo es circular, todo fluye y se transforma. Amo escribir. Escribir habla eternidad, decir solo habla lo mezquino de lo obvio.
Lo único que recuerdo es que era febrero. Fue al día siguiente del cumpleaños de mi madre. He olvidado el año exacto, pero sé que no ha pasado aun una década desde aquella noche tan determinante para mi vida. Podría jurar que fue en el barrio de Almagro, aunque si no fue Almagro seguro fue Palermo. Sé que llegué en subte, a pesar que mi memoria ha escondido la línea exacta que tomé y si hice o no, combinaciones. Mi mente todo lo ha borrado y sin embargo todo lo acumula y conserva en la nebulosa de la duda. Toda mi vida se ha convertido en un amorfo mazacote de anécdotas, vivencias y pesares. Han de confundírseme sin piedad los sueños con las realidades, los finales inconclusos con las contundentes causas y sus correspondientes efectos. Llego a dudar si he nacido en realidad o todo ha sido un sueño. No creo que haya diferencia alguna, cualquiera sea la respuesta seguro que será acertada. Fuere lo que fuere ya todo se ha convertido en magro pasado, en hoja leída y gastada, en un sinsentido. Tanto construir, tanto buscar, tantas respuestas encontradas y al final todo lo que uno ostenta orgulloso como una vida propia, no es más que un suspiro endeble que apenas conmueve el labio madre de la historia universal. Era febrero y yo me aventuré a salir de mi casa, alentado por un favor personal solicitado por un amigo. Es extraño pero mi vida siempre fue guiada a base de favores otorgados. Como si se trataran de llamados divinos, los favores fueron para mí los motores del milagro. Tímido en esencia, pocas cosas han brotado y germinado en mi vida por mérito propio. Todo en mi existencia ha ocurrido como resultado de una casualidad dudosa pero casualidad al fin, convirtiendo lo cotidiano en algo mágico y azaroso. Siempre he sido víctima de mis circunstancias más que protagonista. Esto tiene sus pro y sus contras, como podrá entender, pero de qué sirve ya a esta altura meterse en esos laberintos escabrosos de los hubiera sido, o los hubiese hecho. Una sola cosa debería resaltar. Como víctima fortuita de los devenires y los azares, solo mi mala suerte me ha acompañado permanentemente a lo largo de mis años que ya vienen a ser muchos. Era febrero cuando salí de mi casa rumbo a un centro cultural muy en boga por aquellos años, en donde tendría lugar un encuentro de artistas nóveles del interior. Lo clásico, mostrarían sus obras, leerían sus poemas y darían a conocer sus nombres, desafiando la gran Buenos Aires y su hermético monopolio de editores y marchantes. Fue un viejo y querido colega, quien encontrándose en Méjico por aquellos días, me pidió que asistiera al evento en su nombre ya que por cuestiones obvias, no podría estar presente y le era de suma importancia tener información de primera mano, de aquel evento en cuestión. Luego, con el tiempo, supe que no fue más que una artimaña orquestada por él, para sacarme del encierro en el cual me hallaba sumido desde hacía varias semanas, por razones que ya he olvidado como he olvidado ya, todas las razones de mi vida. A pesar de odiar estas tertulias por encontrarlas de un esnobismo improcedente, acepté a concurrir de buen ánimo por el gran afecto que mi amigo siempre me ha provocado, y por la gran cantidad de favores adeudados hacia su persona. A pesar de conocer a varios de los artistas allí presentes, solo dos se detuvieron a saludarme. Un bicho raro, a la par que atrae con su extraña presencia, asusta e incomoda. ¿Será esta la razón por la cual suelo emborracharme en estos saraos? Quien sabe. Quizás sea la timidez, quizás mi fuerte tendencia a las evasiones, no sé, lo cierto es que solo con un vaso en mi mano me siento protegido de la gente y sus miradas, y solo con un vaso en la mano suelo convertirme en esa persona sociable que a tantos inquieta. Pero con vaso o sin él, más allá de las apariencias, siempre soy yo vistas adentro, el mismo ser frágil y cohibido que tiembla como una hoja si se siente centro de atención, aunque sea por un segundo. Para cuando hubo empezado la presentación, y se dio lugar al desfile de artistas, yo ya estaba por demás alegre y mi mente volaba desde Méjico a Mar del Plata, desde Caballito a la casa de mi madre sita en aquel entonces por San Telmo. Decidí no beber más por un largo rato y concentrarme en mantener el decoro correspondiente a mi buen nombre e imagen. Imprescindible me fue ir al baño y mojarme un poco la cara además claro está, de liberar mi vejiga de al menos tres litros de cerveza. Fue recién cuando regresé al salón, en donde estaba montado el eventual escenario, que tomé real conciencia de lo que allí se decía y exhibía al ritmo de unas diapositivas. Ojalá nunca lo hubiera hecho. Ojalá nunca lo hubiera escuchado ni percibido. Ojalá hubiera caído borracho por las escaleras. Pero no, la mala suerte siempre conmigo, siempre presente. Yo escuché, yo vi, yo sentí, y yo caí sin remedio en la terrible trampa de escuchar lo que debió ser escrito o dibujado, lo que nunca debió ser dicho bajo ninguna circunstancia.
La fiebre lejos de remitir se subleva endemoniada. En pocas horas seré hombre muerto. La enfermera ha sido buena y aceptó abrir la ventana. Odio las enfermeras, siempre dicen que no a todo. Ella ha sido buena extrañamente. Supongo que ya le da igual mi cuidado, que todo da igual a esta altura, que cada pedido mío de ahora en más, será tomado como una última voluntad y por ende, acatado. Extraño sentirse poderoso en situación tan precaria. Todo es extraño en estos momentos. Estoy pisando terrenos desconocidos… Prefiero desechar esta idea… No quiero pisar nada más, harto estoy de caminatas y pasos constantes. Que si voy para allá, que si vengo para acá, ya basta de dar vueltas como un molinete. Ahora me toca descansar, prefiero imaginarme sentado en un muelle, mojando mis pies en el agua fresca del rio Leteo, o chapoteando en el Argamonte esperando paciente, aquella barca y su Caronte inevitable. En mi bolsillo las tres monedas de rigor, en mi mirada la ceguera panorámica de las revelaciones divinas… Para mi mala suerte la enfermera ha sido buena y me ha hecho caso. Con la ventana abierta todo ha de precipitarse, toda mi vida se precipitará y quedará fundida con el suelo, con el aire, con la eternidad. El suicidio es una gran vileza. La peor de las alternativas nobles y sin embargo lo deseo con la misma intensidad con que ayer deseé un beso o un abrazo. No hay que pensar. Pensar es dar sustancia a lo inexistente. Con total solvencia y decisión me alzaría de esta cama y me lanzaría en el vuelo último de la más vieja de las golondrinas, de las garzas o cigüeñas. ¿Emigrar?, ¿Migrar?, quien sabe. Solo se trata de volar, de huir, de salir de esta terrible parálisis que me condena desde hace varios años. Quiero morir, voy a morir, la ventana está abierta y a mi lado, sentada al borde de mi cama está ella, la mala suerte. Que inapropiado es todo. Hace exactamente dos años, quizás tres, (todo se me confunde), que mis piernas dejaron de pertenecerme. Luego fue mi brazo izquierdo. Luego fue el derecho. Le siguieron el oído derecho, el ojo izquierdo y por último, como la gran novedad de hace escasas semanas, el sexo. Mi mala suerte me impide saltar, la ventana está abierta, mi pene es actualmente una flácida bolsita de cotillón repleta de sorpresas, de prometedoras alegrías, que nadie volverá abrir jamás, por los tiempos de los tiempos. Solo cuento con mi boca para escribirles estas últimas palabras y con mi ojo derecho para añorar esa ventana por donde entrará más pronto que tarde, ese aluvión irrefrenable de vida cósmica. Llegados hasta aquí, sería bueno remarcar las dos últimas parábolas de mi vida. Por un lado el hecho de solo contar con mi boca para escribir. Con mi boca, acostumbrada al silencio y al recato. Con mi boca, incorruptible bastión que no dudó nunca en condenarme con su mutismo, a esa perversa maldición de tener que escribir desde muy temprana edad, lo que otros hablan. Idea esta que dio lugar a aquel poema tan aplaudido hace décadas, y que me permitió mis primeros reconocimientos como escritor. “La maldición”, había olvidado ese poema, extraño recordarlo ahora. Por otro lado está la segunda parábola, la de la ventana y su suicidio. Yo no me arrojaré por ella, como lo hubiera hecho cualquier suicida que se precie de tal. No me arrojaré al vacio ni volaré desarticulado hasta estrellarme contra el suelo firme de la avenida. Mi mala suerte me ha impedido hasta en mi último aliento ser igual o semejante a cualquier ser humano. Por el contrario, será por esa ventana por donde entrará el vacio contundente de la totalidad hasta aplastarme. Yo no moriré estrellado contra el universo, moriré aplastado por el universo, será el universo quien se estrelle contra mí.
Un aplauso cerrado festejó la presentación de aquella joven pintora, (¿O debo decir artista plástica?) cuyo nombre no recuerdo ni pretendo recordar. Con una verborragia imperdonable, haciendo alarde de una muy cuestionable filosofía artística, la muchacha había presentado los porqué y los para qué de su obra, que dicho sea de paso, yo juzgué mediocre y aburrida. Si tenés el don de la creación, difícilmente tengas el don de la palabra. Sí cada una de tus moléculas te impulsa al parto celestial de la creación , o para decirlo correctamente, a recrear una obra artística, es por el simple hecho de una necesidad imperiosa de comunicar algo a otro, y no poder encontrar un camino común para hacerlo. Esa es la magia del arte. Liberar la verdad visceral enquistada en el ser humano. El arte tiene su lenguaje, un artista debe conocerlo a la perfección. El arte nada tiene que ver con el habla, es algo mucho más abstracto, es sentimiento en estado puro que recorre las mentes y los corazones de todos los hombres y mujeres del mundo, de generación en generación, por los siglos de los siglos. Yo no podría nunca explicar lo que escribo ni el porqué lo hago, solo escribo sin más. Debe ser el otro quien me dé a mí, las respuestas que busco. El arte es una pregunta eterna cuya respuesta está en el mar cultural que lo sustenta. En el hombre de a pie. Es el hombre común quien debe decirme a mí, que mierda estoy diciendo cuando lanzo mis mensajes embotellados al océano de la literatura. Si no, ¿Qué sentido tendría escribir? Yo no lo entiendo. Toda explicación, todo esnobismo, conlleva consigo la mediocridad de la soberbia cuando no, la vulgaridad patética del comercio y las vanidades. El don artístico es una condena. Es un camino escabroso y laberíntico, es una necesidad de decir y no saber cómo, es un desahogo, un desfogue, un orgasmo ansioso que lejos de saciar, más nos hunde cuando más buscamos el oxígeno de la superficie. El don artístico es una condena pero no por eso debe ser vivido como una tragedia, en absoluto. Se puede ser artista y ser feliz, yo de hecho lo he sido a mi manera. No es obligatoria la pesadumbre ni el martirio, solo se debe asumir la mala suerte que ha nacido con uno. Asumirla y dignificarla. Solo hay que aceptar la soledad que confiere la falla de ser distinto al resto de los mortales. La tara irrenunciable e inapelable con que nos ha honrado el destino, con que nos ha condenado el universo. Al igual que ese embrión monárquico, que desde el primer momento de su gestación sabe que será rey algún día, el artista sabe desde su primer aliento, que será diferente a los demás y debe aprender a convivir con ello, bajo riesgo de caer en una locura irremediable. Cuando esta muchacha lanzaba al aire toda esa catarata de imbecilidades, iba instalándose dentro de mí, el germen mortal y despiadado que hoy me postra en esta cama. A todo súper héroe le corresponde su súper villano, y fue de la boca de esta anodina muchacha de donde salió la kriptonita fulminante que terminó de un soplo, todo mi imperio y dinastía. Quien hubiera dicho que aquella noche de febrero sin año ni referencias, comenzaría el final de mi desafortunada vida, que vería encarnarse como una aparición, el poder letal de los mediocres.
“Me maravilla la idea de la expansión” – Relataba aquella joven rubia con un micrófono en la mano, toda despatarrada sobre un puf- “Como verán en esta diapositiva, he decidido centrar mi trabajo en el poder artístico de la expansión. Mis instalaciones se basan sobre este principio, allí podrán ver, por favor ponga la diapositiva tres, una serie de objetos que se expanden en un espacio determinado, objetos que difunden una idea determinada, objetos que se dilatan pariendo otros objetos. Actualmente mi exploración me lleva a cortar papeles, diarios y revistas con las manos, a fin de tirarlos por el balcón y ver como se dispersan por el aire. Trozos de mí volando al ritmo del viento, llevando consigo ese mensaje de eternidad que tanto me conmueve.-Aplausos- En la diapositiva cuatro en cambio…” Nunca llegué a ver la cuarta diapositiva. Como en un hechizo, caí desmayado sobre una mesa volcando vasos, rompiendo dos o tres platos, expandiendo en un desmán bochornoso todo mi cuerpo convertido en un trozo de hoja, desgarrado vilmente por las garras labios de una lengua indomable. Luego desperté en el hospital. Esa fue la primera vez, a la que le han sucedido varias, en que entré a este hospital de mala muerte. Que definición más precisa para este antro. (¿O debo decir nosocomio?) Juzgando mi situación actual y la calidad de mi muerte, no encuentro una definición mejor. Quizás la de hospital de mala muerte donde ni la mala suerte se escapa, le agregaría algún matiz cierto a la carátula. Aquella primera vez, en donde conocí al doctor Jáuregui, todavía era tratado con cierto interés y preocupación. No llegué a contar las veces que me tuve que desvestir, pero seguro fueron más de tres, ni las veces que me inyectaron, tanto en el brazo como en el culo. En otras circunstancias seguramente hubiera mandado todo a la mierda, pero yo me encontraba realmente mal, estaba aturdido, como ausente, y solo me dejaba hacer como si fuera un peluche en manos de una niña hiperkinética. Poco revelaron los análisis, salvo un elevado nivel de estrés y cierto problemilla en la vesícula que jamás lo he tratado hasta el día de hoy. El doctor Jáuregui, joven por aquel entonces, no porque ahora sea viejo, sino porque en aquel tiempo aún conservaba algún interés por su profesión, se vio sumamente sorprendido por mi estado de salud. Según sus palabras mi cuerpo presentaba una patética respuesta a los estímulos externos, carecía de sensibilidad alguna como si estuviera muerto, pero esto no se veía reflejado en los resultados de los estudios, los cuales habían salido todos en forma óptima. Su conclusión fue entonces la obvia, que estaba loco de atar. Que todo se debía a un problema psicosomático o algo parecido. Me derivó a un psiquiatra o psicólogo y me recetó ciertas pastillas que jamás tomé. Debo confesar, aunque seguramente usted ya lo habrá adivinado, que poco me importaban las palabras del doctor. En mi cabeza aun retumbaban las palabras de aquella muchacha, su bendita expansión, sus papelitos y el despliegue de sus papelitos por el universo. Ella dijo lo que nadie debe decir, mi mala suerte me hizo escuchar lo que nadie debe escuchar. Hay cosas que nunca deben ser pronunciadas. Cuando se pronuncian sentencian. Dijo papel y me convertí en papel. Dijo papel picado, y yo me fui troceando en mil partes. Mi cuerpo y entendimiento todo, salió volando por un balcón aquella noche para no volver jamás, hasta hoy día. Paralelamente, casi como una metáfora siniestra de mi tragedia, lo extravagante de mi dolencia trascendió allende los muros del hospital. Doctores taciturnos, practicantes deseosos de descubrir aquello que los catapulte a una carrera exitosa y enfermeras curiosas y metidas, aventuraron su diagnostico como quien juega a la quiniela. Fotografías de mis huesos y cerebro volaron inútilmente por todos los rincones de la Capital Federal. La expansión también tiene sus costos además de sus beneficios. Mi fama de ermitaño y mal llevado se vio aumentada al ritmo de mi locura. No transcurrió mucho tiempo para que el interés por lo novedoso, diera lugar a la pereza y la desgana de atender a un desdichado gruñón, a un moribundo de diagnóstico imposible.
Osiris. Osiris diseminado por todo el valle del Nilo. Osiris cortado en pedacitos por las manos del malvado Set. Fragmentos del buen dios dando vida a una civilización… Claro está que yo no era un Dios, ni mis huesos darían lugar a sociedad alguna, igual la similitud se me presentaba lógica y creíble. Osiris y yo hechos carne de una misma historia. Una misma historia con final y circunstancias diferentes. Cuando salí del hospital, aquella madrugada, la idea de Osiris taladraba mi cabeza. La idea de Osiris, la palabrería del doctor Jáuregui y la idea expansionista de la rubia del puf, saltaban dentro de mi cráneo, de hemisferio a hemisferio, tropezando, cayendo y atrincherándose en las rendijas cerebrales de los propios pensamientos. Las palabras ajenas y sus rostros, se fundían en mi intelecto como el agua se funde en el cielo. Solo me cabía esperar la lluvia. La mala suerte trajo el diluvio. Habiendo perdido el norte decidí parapetarme en el sur. “El que no tiene cabeza tiene que tener pies”, repetía mi abuela cuando de niño solía olvidarme las cosas. La bendita distracción. Cuando agarraba mi portafolio olvidaba mi campera, cuando volvía a buscar la campera me acordaba que no llevaba las galletitas, iba a por las galletitas y olvidaba el portafolio. Así iba y volvía al menos tres veces del comedor a mi pieza, antes de salir a la calle. Cuando llegaba a la escuela lo hacía con la mitad de las útiles. Siempre fue igual. Una pelea constante conmigo mismo. Una pelea que di por perdida casi en forma inmediata. Yo no sé si usted ha sentido vergüenza alguna vez de sí mismo. Yo vivía abochornado de mi persona porque era consciente de mis defectos. Y de todos mis defectos solo uno era el que me atormentaba, el de tener la mala suerte de vivir en un mundo extraño para todos. El defecto de ser distinto. Desde que tengo uso de razón hasta este, mi lecho de muerte, siempre he visto las cosas en forma diferente, y ver las cosas de forma diferente solo lleva a una cosa, a callar. Al silencio. A tratar de no ser descubierto. A mentir sobre los sentimientos. A negar una y otra vez, los dolores y las ideas. Al pánico bestial de no ser querido nunca más de ser descubierto el secreto. Al horror mayúsculo de la soledad. Preferí pasar por tonto antes de enfrentar la realidad de ser extraño. ¿Cuántos hombres conoce usted que al oír papel se convierta en papel? ¿Cómo explica un niño a su familia que cada vez que matan una cucaracha, o maltratan a un animal cualquiera, o ve una lágrima, siente dentro de él, el dolor más agudo que se pueda sentir? ¿Cómo explica un niño, o un adulto, a sus amigos que la belleza duele tanto como un dolor de muelas? ¡La belleza duele señores!, ahora que estoy muriendo puedo gritarlo. Ya no hay lugar para la vergüenza, permítanme en este último aliento ser quien soy, sin tener que escuchar la bendita frase, “¡Que exagerado!” Así como el bueno de Osiris terminó por resignarse a vivir su eterna muerte diezmado y esparcido, yo, desde mis primeros años, me resigné a vivir en una dispersión mental continua y permanente. Yo nací papel, siempre fui un trozo de papel volando por mis adentro buscando ese todo que me estructure y conforme. Nunca hubo frontera entre el universo y yo. Nunca conocí la independencia indispensable para sentirme a salvo de su inherente caos. Soy caos, soy Osiris, soy Tupac Amarú, la permanente decisión salomónica, soy el big bang y la colosal contracción marina, la resaca capaz de acercar la luna queso cuando se llena de besos, sueños y ardientes susurros. Pero, ¿Donde está Isis? ¿Dónde está ese ser, o entidad, preocupado por restituir mi dispersión a su todo? Y de existir, ¿Cómo lo haría? ¿Qué posibilidad tendría de hacerlo? Demasiadas preguntas dirá usted, demasiadas preguntas, digo yo. Mi vida siempre ha sido una eterna interrogación. Una búsqueda constante, un permanente tejer y destejer entre las nebulosas hendijas de los misterios y sus relaciones. Todo está relacionado. Muy pocos somos plenamente conscientes de ello. Para el común de la gente esto es una verdad de Perogrullo pero para mí, es una realidad mucho más nítida y clara que mi imagen. Mala suerte tener fiebre. Mala suerte desgranarme en el todo. Mala suerte saber lo que pocos saben. Mala suerte morir hoy sin haber encontrado a la Margarite Yourcenar que se aficione en recoger mis pedacitos de yo, diseminados en todos los escritos, cartas y poesías, dibujos y garabatos que brotaron insolentes desde mis locuras y amores, desde mi vida toda. Uno solo es lo que escribe, lo que crea y lo que cree. Muerto el cuerpo, la esencia del nombre busca refugio en los raidos papeles, en los objetos queridos, en las fotos besos de la memoria compartida. Desaparecido mi cuerpo, esta osamenta soberbia que todo contiene, mi alma huérfana buscará refugio seguro en mi arte, en mis preguntas, en mi tinta que de tan caminada, se me confunde con el alquitrán y el adoquín, con el barro vulgar de los barrios, con los exquisitos paisajes claroscuros caminados por los traviesos enamorados cuando se esconden de todos y de todo, de todo menos del amor.
Acaba de irse el doctor con su séquito de enfermeras y practicantes. Deduzco que será la bendita ronda de las seis de la tarde. Le he mentido. No creo que tenga importancia. La única verdad que existe en estos momentos es la fiebre. Todo lo demás es dramaturgia. “¿Cómo se siente? ¿Alguna novedad? ¿No ha venido nadie a visitarlo? ¿Y los escritos? ¿Quiere que llamemos a alguien? Necesitamos hablar con alguien, ¿Terminó el cuento? Tiene cuarenta grados de fiebre. Se lo ve muy estresado. Tal vez si viniera algún amigo…” Amigos. Alguien. Expandir la buena nueva de mi muerte. Liberarse del macabro peso de los papeles, de la responsabilidad fastidiosa de un cuerpo no reclamado. “Estoy bien doctor”, dije, “No quiero ver a nadie por el momento, cuando termine el cuento ya veré a quien llamo. Hoy me siento mucho mejor”. Detesto estas ceremonias. Ni al doctor le importa mi salud, ni a mí me importa que le importe. Lo único real es la fiebre guadaña vestida de mediocres preguntas. Todo es muy superficial. Todo es muy básico. Habitación quinientos siete. Habitación individual con vistas a la avenida. Enfermo terminal solventado por la obra social de los escritores. Carece de movilidad en los miembros, tanto superiores como inferiores. Obsesivo. Diagnóstico indeterminado. Fiebre alta. Escasa horas de vida por motivos ajenos al entendimiento científico. Su última voluntad, indeclinable, que se le permita escribir. Voluntad otorgada. A la innumerable cantidad de sondas, monitores y aparatejos, debemos sumarle unos ridículos auriculares con micrófono incorporado por donde el enfermo habla, siendo sus palabras traducidas a letras por un mágico programa cibernético. Última obsesión terminar un cuento. No hay visitas. Suponemos estado mental alterado… No hay que ser muy pillo para adivinar el informe presentado por el médico. Todo es tan obvio. Todo es tan predecible. Sin embargo, si yo le describiera a usted mi verdad, quedaría anonadado y perplejo, tan anonadado y perplejo como he vivido yo al tomar conciencia que nadie podría verme tal como soy. Cuando yo escribí aquellos versos que rezaban, “Pobres los pobres de espíritu que al ver un brazo solo ven un brazo, que no vislumbran en él ni la hiedra temeraria enroscada al cuerpo muro, ni al tronco higuera lanzando brevas rumbo al sol, ni al martillo insolente que destella los trabajos, ni la columna metal que refusila halo en Frida y vida en Kahlo. Pobres los pobres de alma y luz que al ver un brazo solo ven un brazo.” Todos festejaron metáforas y ocurrencias, el poema todo fue muy aplaudido, ignorando que estaba relatando una foto exacta de mi brazo izquierdo. Son versos lineales, reales y sinceros. Mi cuerpo entero fue transmutando en un sinfín de mosaicos desprolijos aunque relacionados. La ciencia no entiende y cuestiona mi inmovilidad. Yo pregunto, ¿Alguien puede mover el universo? Cuando Mahoma no va a la montaña, la montaña viene a Mahoma. La montaña universal ha venido hacia mí y está a punto de aplastarme. Todo forma parte de una batalla librada desde siempre. La guerra de sístole contra diástole, de la resaca contra la pleamar, de la expansión avasallante contra el retraimiento indispensable del árbol genealógico de la vida. La hora se acerca. Mi ojo derecho finalmente se ha transformado en una cebolla. Quien lo mire llorará. Ciego. Ciego en cebolla de mil capas. Mil capas que se van deshojando al ritmo de mis parpadeos inútiles. Capas infinitas que caen deshojadas como fechas de un almanaque. Cada capa un recuerdo gravado en mi retina, cada capa una foto entrañable que abandona mi exclusivo álbum de recuerdos. Ciega en cebolla ácido se corroe en lágrimas, toda mi extenuada memoria. Giuseppe Arcimboldo se presenta para dibujar mi máscara mortuoria. Desde el andamiaje de mi nariz recrea magistralmente la figura de mi rostro. Un ojo cebolla, el otro batata dulce, una frente zanahoria, mofletes berenjenas, un oído repollo verde y el otro recientemente alcornoque de sordera. Debo apurarme. El tiempo se escurre. Solo soy una boca. Solo soy futuro silencio.
Lamento no poder ser más claro, todo se me confunde. El trigo con la harina… el pan con los manteles… las migas con los pájaros… el aire con la ventana… la habitación con mi cuerpo inerte. ¿Me sigue? Ponga música a sus ojos. Todo es música. Aquella noche de febrero mi materia se desglosó en mil trozos de papel. Osiris repartido por el Nilo. Tupac Amarú desperdigado por el alto Perú. ¿Dónde está Isis? Fue mi urgencia reconstituirme. Primero recolectar con esmero, todos y cada uno de los trozos dispersos en el aire hasta convertirme nuevamente en hoja. Luego de todas las hojas posibles elegir una. Hoja de periódico, hoja de cuaderno, hoja de revista, hoja de árbol, hoja papiro, hoja pergamino, y así hasta el infinito. Descubrir que no es posible elegir una parte del sustantivo dado que la sustancia es homogénea. Aceptar en mi cuerpo y mente, toda la industria papelera con su correspondiente contaminación, con todos sus empleados y sus inherentes familias. Editoriales. Libros. Poetas y narradores. Periodistas. Láminas de pinturas maestras. Diccionarios. Bibliotecas. Alejandría y Éfeso. Veni, vidi, vinci. Julio Cesar. Corona de laureles. Laurel. Dafne. Apolo. Gianlorenzo Bernini. Mármol. Cantera. Hombres. Trabajo. Producción. Marx. Dialéctica. Movimiento. Cambio. Metamorfosis. Revolución. Espiral. Círculo. Un cuerpo humano transformado en papel y desparramado desde un balcón cualquiera. Un papel hecho carne humana, juntando trozos de sí mismo a través de las geografías universales y de los tiempos eternos. La serpiente emplumada que se muerde la cola. Perdone mi urgencia y simplicidad. Carezco de tiempo para entrar en detalles y extenderme en explicaciones. De ahora en más todo quedará en usted. En su voluntad de entendimiento. No es difícil. Tome un término cualquiera de los antes mencionados, o el término que desee, y tráigalo hasta usted y su realidad. El universo le pertenece. Tiene el derecho a exigirlo. Verá como todo está relacionado de manera tan obvia, como un niño lo está con sus padres y familia. Solo se trata de tejer y destejer, bien lo sabía Penélope. Si usted tira de un hilo lana desde la punta del ovillo, verá a todo un tejido obediente destejerse revelando su verdadera esencia. Un tejido es solo lana trasmutada. La lana solo es la piel de un animal cualquiera, esquilada y hecha madeja. Usted es poderoso, todos lo somos, pero nunca olvide y tómelo como consejo, que un ser humano en una sumatoria de tejidos que alguien o algo, teje y desteje permanentemente a su antojo. Somos parte y no principio. Somos evolución. Movimiento de un todo. Arte. Vida. La soberbia de expandir, la conciencia de unificar, una batalla eterna que da motor al hombre. Al hombre misterio, ese páramo fantasía no contemplado por la ciencia absurda de los dos más dos, ni por la religiones pantocráticas e imperiales de los tres en uno, apenas rozado por la poética de los mitos y sus dioses apasionados. Apolo y Dionisio son mucho más ciertos al hombre que Dios y su Satanás, que Darwin y los edenes. ¿Y Buda? ¿Y Freud? Los puntos ciegos de la vida. La vida es un punto ciego incomprensible para los vivos. El vértice voraz de las esquinas, ausentes en la naturaleza, virtud indiscutible del humano a pesar de Le Corbusier y sus redondeadas paredes. Nadie es profeta en su tierra. Bisagra. Dos hombres se cruzan. Uno es la angustia desempleo con su corte de amenazas posibles o reales. El otro es la angustia tedio del trabajo rutina con su corte de sorpresas improbables. Dos hombres se esquinan y se envidian, sin saberlo, uno al otro. En ese instante ínfimo, en ese punto ciego de las bisagras vitales se encuentra la imperceptible vida. La angustia marginal del desempleo colapsa y se funde en la angustia esclavitud del empleado. En el vértice del colapso brota la magia vivaz del deseo. La vida misma. Un hombre y una mujer se besan. El beso hombre es alivio de un final inapelable. El beso mujer el dolor desgarrado del desconcierto. El beso alivio choca contra el beso dolor, en el vértice exacto del beso germina estridente el deseo. La vida misma. La batalla por el deseo es la batalla del hombre. Expandir y cosechar el deseo es el trabajo de la vida. Controlar el deseo es al sentido del poder, tanto en su versión racional llamada ciencia, ya sea en su versión irracional llamada religión. Frente a ellos, el arte y su ejército de preguntas. En este rincón un pelotón de fusilamiento mitad sacro, mitad intelectual esclarecido. Frente a ellos Miguel Hernández hecho mitad olivo mitad niño yuntero. Donde los fusiles ven un hombre, el hombre es y se ve universo. Disparo. Bala. Corazón esparcido. Arte, deseo diseminado. Libro, deseo compactado. Usted con un libro entre sus manos. Lectura. Cerebro acribillado. Verso. “Ha muerto como del rayo Ramón Sijé con quien tanto quería”. El “con” contra el “a”. No se trata de querer “a” sino de querer “con”. El vértice mágico teje el deseo de sus futuros besos. Los besos que usted dará de ahí en más, destejerán entre otros infinitos destejeres, el deseo universal de un simple pastor de Orihuela. Entre la perspectiva intuitiva y religiosa de Gioto y la perspectiva matemática de Canaleto, la perspectiva atmosférica de Da Vinci. La bisagra denunciada por la sonrisa picardía y misterio de la Gioconda. Uno solo es esa figura sonriente sustentada por el sfumato difuso de la vida. Uno solo es la escusa que usa el misterio para realizarse.
Si usted no me entiende no se preocupe, yo tampoco lo hago. Solo tiene que dejarse llevar por el latir contradictorio del sentimiento. Ya no tengo coherencia ni sustancia, ¿Alguna vez la tuve? Al tratar de juntar los papelitos aquella noche de febrero, mi mala suerte me hizo tirar del piolín y el universo terminó por aplastarme. Actualmente mi cuerpo es un rejunte de montañas, culturas, historias tanto pasadas como futuras, fotos, animales y plantas. Un cosmos de objetos y escenografías circulares capaces de marear hasta el más diestro de los marineros. La ventana está abierta. La ciencia no entiende porque no puedo moverme. No hay túnel ni luz blanca. Solo hay fotos. Películas viejas. Libros. Besos. Ponga música a sus ojos. Escucho música de circo acercarse a mi ventana. Música entrando e invadiendo mi habitación. Crótalos, trombones y platillos. Timbales, tambores y flautines, ya están adentro. Dionisio y Apolo vestidos de payasos juegan a ser trapecistas. Aníbal con sus elefantes cruza el Pirineo de mi tobillo. San Martín irrumpe insolente en ese inmenso Éufrates que viene a ser mi mano de medialuna fértil, mientras mi madre me acerca amor, un tazón de café con leche para que humedezca allí algún oasis de niñez y sueño. El Limay lágrima nace en el ojo cebolla para hacerse remolino entre las piernas de mi hermana erguida en esa inmensa luna Zeffirelli, conquistada por Julio Verne. El Nilo desgarra dedos en la Alejandría faro de mi sexo para aferrase masturbatorio, en la adolescencia marina de los anhelos, en el sube y baja de los quereres y desquereres. Esclavos y guerreros de terracota construyen Xian a la orilla de mi esófago alentados por los propicios vientos de mis palabras, y un ejército de amazonas entrechocan sus senos ausentes al ritmo del galope desenfrenado de mi estomago convulso. Corriendo en lágrima viva, sube por el hígado esa niña víctima de la Hiroshima atómica de mis dudas y renuncias, sumándose así, a las mil lágrimas ancestrales de los abusos y explotaciones que son, el alimento sumiso del mar oscuro de la bilis. Frente a él, en la playa rocosa de una vesícula herida, un Quijote hecho molino rejunta paciente, con su baldecito de colores el agua sal de los olvidos, y construye los castillos de arena por donde salen gloriosas las legiones justicieras de San Jorges y templarios, vencedoras de furiosos dragones. La gran muralla china de mi columna vertebra, mientras tanto, en el mosaico ferrocarril de los andenes, un sin fin de manos cavernícolamente pintadas como sueños protectores, y en el tercer ojo de mi frente aeropuerto, un joven altruista entierra su mano en los adobes de la rebeldía americana. Todo se relaciona. Mi cuerpo va desapareciendo al ritmo de la comparsa. ¿Escucha música? Yo la escucho. Altamira cueva es mi ombligo. Palmira xenófoba mi séptima costilla. Santa Sofía colgada cúpula de un cielo Constantinopla vigila insolente el hipódromo de mi axila. Brunelleschi y su Florencia trituran mis rodillas. La hoguera de las vanidades eunuca el desierto hache del apéndice y las amígdalas. Savonarola y Torquemada aúllan monos, quemando brujas en el Sandokán de mi pelvis chocolate con vainillas. El sol inca es mi colmillo. Osiris pirámide la vía láctea de mis tetillas… La charanga mandala vuela ceniza y me borra en un cometa de ilusiones. Ya no hay cuerpo. Ya no hay nada y sin embargo queda todo…Lo que fue de mí… Mi muerte implacable… El universo raptando por mi esencia… La habitación quinientos siete… Un pitido agudo y constante…Un monitor Himalaya hecho pampa, que de puro pampa olvida los horizontes… Una gallina tonta, una tortuga lenta, y un escarabajo inmortal, asustando con su presencia inadecuada a enfermeras, practicantes y doctores perplejos, aglomerados y confusos, en una pequeña habitación de un hospital de Buenos Aires… Mala suerte el que lo mencione.
S.M.B.
PASOS
julio 28, 2010
Camino Buenos Aires entre miles, entre millones, y soy solo. Fumo y fumo la ansiedad de sus balcones sin rostros, de sus baldosas desaliñadas como mis pasos. Tropiezo tantas veces como dedos tienen mis dispersiones mentales. Voy a los tumbos. Chocando gente, faroles, macetas, recuerdos vividos y recuerdos inventados. Lleno de moretones y heridas camino Buenos Aires como ayer caminé Madrid, Mar del Plata, París, Londres, Managua, Estambul y mil geografías laberínticas que el tiempo borra en minotauros de olvido. Siempre camino. No paro. No puedo parar. No quiero parar. Pero lo necesito. Estoy cansado. Cansado de mis pies con suelas embarradas en amores truncos, de mis pies alados que de puro pluma no se aferran ni a los barrios ni a las casas de quien amo, de mis pies sin destino pero destinados a girar detrás de esa luna de una sola cara, que corre y corre en cataratas zanahorias de abrazos fugitivos.
Soy yo el que camina por tu calle y no sorprende. El que va a tu lado tangueando la tarde de tus días y no sonríe. Soy yo el ausente en un mundo de ausencia, que dibuja presencia a la flor aroma de un vacio posible si me miraras por un segundo. El que camina sentado, durmiendo, sudando ocho horas de cafés, el que camina mágicamente por sus huesos y vísceras agoreras, el que camina por sus genitales para lanzarse trampolín a un mar de sonrisas que siempre es desierto. Soy yo el que camina para atrás y vuelve a sonreír ante tu rostro amigo, robando luz para dar el próximo paso de oscuridad, inevitable para los ciegos de bastones audaces. Soy yo el que camina para el costado alguna noche para tantearte en la caricia canina de quien arropa a un niño antes de dormir, diciéndole al oído no te preocupes, todo irá bien, yo estoy aquí. Soy yo el que camina a la amistad como camina al amor, como camina a la vida. El que de tan frágil no soporta una lágrima en tu ojo y quiere robarla a toda costa con un beso, con un chiste bobo, aún bajo riesgo de morir ahogado en sal, porque destreza tengo en caminar bajo el agua útero de los inviernos estivales.
Las palabras me persiguen, me acorralan en el silencio muralla de quien piensa y solo escupe humo, en el silencio tinta que me recorre vena cuando voy hacia ti, y arteria cuando vuelvo de aquel paraíso fantasmal de coordenadas traviesas pero seguras. Las palabras me siguen insolentes y yo camino. Camino y me violan a traición y a porfía, penetrándome el paisaje si soy ciudad, estaqueándome las entrañas si soy cuerpo gris sobre adoquines blancos, bajo un cielo negro, en aquella esquina diana de la conciencia. Con letras ajusto mis zapatos, con letras pateo la basura de la realidad cotidiana, con letras dibujo una huella callejón con la promesa de ser huella avenida. Con letras vuelo a lo imposible de ser libre y a lo imposible de ser esclavo, a lo posible de un nombre, a lo posible de un te quiero universal brotando boca en dirección a las estrellas satélites de mis oídos. Con letras construyo tantos puentes como botellas arrojo hacia ti. A ti que al leerme te disfrazas de oración, haciendo de mi isla un bote de felicidad y utopía que navega sobre el mercurio de los plenos, como lo hiciera Jesús sobre las aguas.
Como iras, arpías o sirenas las palabras me perforan los sentidos. Como sátiros gobiernan el mouse de mis pasos y me estrellan graciosas contra rostros, contra cuerpos, contra el espejo cruel de mis tantas miserias, contra el abismo maravilloso de mis sueños tentándome a saltar, y de repente bajo la más impía lluvia de algún ocaso me detienen y me aletargan en la frase inconclusa de los olvidos. Ellas ríen y yo muero. Muero temblando, no por miedo, no por frio, sino por morir caminando a la manera sublime de las hojas, que temblando encuentran el suelo del cielo y temblando vuelan al piso fértil de las hojarascas, porque después de todo ellas saben mejor que nadie, que mi vida no es más que una vieja hoja escrita, donde un tímido margen lleno de agujeros aún queda por rellenar con la pluma de mis pasos cada vez más cojos.
Camino, nunca dejaré de hacerlo. Camino envuelto en esta burbuja de grafismos que todo lo impregnan como una maldición divina. Soy la manzana itinerante de los besos envenenados, el zapato estrofa que olvidaste al correr por las escaleras del desamor, la carroza que no encontraste al dar las doce en el reloj de tu esperanza. Soy la sonrisa de la Gioconda y el sombrero de Nefertitis , el Escorial y todo el valle del Loire cuando me visto de ensueños, soy transmutación y transformación permanente y perpetua. Soy tantas cosas que termino por no ser nada y sin embargo camino nada hacia ti, con mis manos repletas de jeroglíficos y mis ojos suplicando Espartaco el todo decodificador de tus ojos. Escribo luego existo. Escribo luego soy. Escribo luego transito y recorro liana el espacio entre mi corazón y tu corazón. Escribo luego tengo el poder maravilloso de crear mundos, pero soy incapaz de inventarme hombre en este mundo que me gobierna si tú no asistes a esta nuestra cita, escrita paso a paso sobre la estela de los devenires.
Camino el drama y la comedia de los días, Camino sístole y camino diástole sobre refucilos de quereres y des quereres. Recorro palabra a palabra, letra a letra, el sendero de la devolución circular de la vida. Nada espero pues todo me lo has dado ya de antemano. Soy un eterno retorno de favores al mapa estelar de los pequeños gestos, a la majestuosa hazaña de lo simple y cotidiano. Debo mucho, luego escribo. Escribo y me erijo en ese punto humano por donde atraviesan y transitan todos los caminos que van a la Roma de tu nombre que es mi nombre, que es el nombre universal de lo profundo y posible. Todo está relacionado y eso nos hace únicos, tan comunes y sencillos que sorprendemos y enamoramos cuando nos sorprendemos y enamoramos de nosotros mismos. Si te digo te quiero no espero respuesta pues sueño que me quieres. Si te digo te quiero es para que te quieras a ti, para que te sepas querible, porque si lo haces tu respuesta me llegará vestida de mandarina que es el mayor goce que tiene el infinito después del salchichón, obvio.
Camino hacia ti, escribo para ti porque al hacerlo en ti encuentro a todos y a todo; La sinfonía entrecruzada de los olores del azahar, del jazmín y del galán de noche. El ruido de la lluvia cómplice del sexo vespertino en tierras impronunciables si uno no besa primero. La estrella de la mesa copiosa de alitas de pollo que saben a pan en el infierno de la hambruna, y a ambrosia en el Olimpo del recuerdo. El beso dado y el que no. La caricia seda y la caricia abrojo. El agua, la tierra y el fuego. El átomo y lo microscópico que todo dirige. Lo bello y lo terrible de la vida. Mi pecho noble latiendo en la cultura. Lo que soy entre todos cuando voy. El amor en las ventanas del olvido y el olvido en las ventanas del amor. En ti encuentro todo lo que debo porque todo lo que debo soy. En ti, que quizás nunca conozca pero que te encuentro inserto en mí desde que el tiempo es tiempo. En ti que eres yo, espejo universal de por medio.
Estoy cansado. Necesito parar pero no puedo. Mis pies duelen lo que duelen las injusticias, la soledad y las miserias del alma humana, las llagas del amor muerto que se niega a despertar. Mis pies duelen pero caminan, siempre caminan, alentados por tu rostro que de pura sonrisa dice ven hacia mí, que yo te daré un te quiero de alegría para que bebas de mi alma.
De todas las cosas que amo, por ser demasiadas, sólo una me acompaña siempre.
De todos los seres que amo, por ser pocos, sufro tanto una ausencia.
De todos los sueños que tengo, por ser mios, la mitad son zanahoria y la otra mitad son cangrejo y aveces como el colibrí se mantienen estáticos en el aire y dan marcha atrás hasta toparse con mis ojos…
Angelus
mayo 18, 2010
Sí cual ángel te has ido
te dibujo en cada rosa
y no hay cosa más hermosa
que un ángel florecido.
¿Como se puede no querer lo querido?
Vaya pregunta tortuosa para quién yace en el olvido.
Y pensar que al creer no pensarte
sé que estás ahí, hecho ángel, hecho flor y sonrio…
TE ENCONTRÉ (POR JUAN MANUEL RODRIGUEZ JURADO SOPEÑA)
enero 4, 2010
Te encontré
•17 Diciembre 2008 • 5 comentarios
Y siempre habías sido tú. Con diferentes disfraces.
Distintos envases que contienen tu esencia.
Por encima de mí.
Por debajo.
Durante y mediante.
Tan cerca…
Safo me dice: “Has refrescado mi alma, que ardía de ausencia”.
Estás en mi centro. Como una fuente que me da fuerzas.
La esencia está dentro.
Sonriéndome desde bocas distintas,
siempre tú.
Escrito en la luz…
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MIRAR VIENDO
enero 3, 2010
Mirá.
Pero mirá viendo,
Como miran los niños al viento,
Porque los niños lo ven,
Como lo vi yo, como lo viste vos,
Cuando no eran necesario ojos para ver.
Cuando no era necesario hablar para decir,
Cuando tan solo bastaba despertar para reír…
¿Te acordás?
Yo creo que me olvidé.
He visto tantos cielos,
Los negros, los grises, los azules,
Esos que arrastraron las nubes rubís de tus besos,
Esos que dicen que al regreso,
ya no volverán vistiendo tu nombre
pues el tiempo esconde a los hombres
el fino destello de las maravillas,
porque sabe que son semillas
que solo despiertan cuando se miran,
pero cuando se miran viendo,
y así la vida va protegiendo
el mágico valor de lo que vamos viviendo día tras día,
y es solo sonriendo como se graba el fiel recuerdo
y se dignifica la palabra melancolía.
¿Vos que decís?
¿Vas a mirar solo el cielo,
o lo vas a mirar viendo
todo lo te quise y quiero
en su infinito candil?
Si tu me sabes ver,
veras que cuando no esté,
igual estaré aquí,
caminando por Madrid hasta la eternidad.
S. M.B
BALANCES
diciembre 3, 2009
Hoy es el último día de mis cuarenta y un años.
Madrid está tan bonito, el frío le da ese calor que tienen las ciudades europeas a la hora de ser descubiertas por quienes, como yo, venimos de otro continente.
Amo esta ciudad como amo Buenos Aires. Me trasmite y me transporta a mi yo más profundo, a ese dolor que nació conmigo, a la pregunta existencial del porque de las cosas. Estoy perdido entre sus esquinas, en ese laberinto que solo se sale por lo alto y no puedo volar. Madrid se me niega y yo igual le planto el pecho hidalgamente, tratando de mantener la dignidad cuestionada de quien es rechazado.
Ya no tendré más cuarenta y un año, como ya no tendré más tantas cosas, como se van borrando los recuerdos, los nombres que parecieron inmortales como piedras, los besos que incendiaban la vida, las fotos de mis palabras.
He pensado demasiado en la vida y sus rincones. En la belleza. En la humanidad. En el amor. Y hoy me veo tan frágil, tan vulnerable, tan solo, tan en mí, que creo haberla cagado por siempre. Todo se me escapa de las manos, mi cuerpo, mis ideas, mis sueños, los años, los amigos, los hermanos, mis padres, vos y claro está, yo mismo. El vacío de no existir, de no valer, de estar cargado de boludeces que nadie quiere ni necesita. Un disfrazado sin carnaval. Y yo solo pretendía una oportunidad como si la vida no me hubiera dado miles. Miles que hoy sé que he desperdiciado una tras otra, de las cuales he sacado una experiencia pero creo que han sido conclusiones equivocadas porque si no jamás hubiera llegado a sentirme así hoy en día. Lo sé.
Pero en este momento llega la contradicción. Estoy feliz con mi forma de ser, de pensar, de sentir, amo mis defectos como amo mis virtudes. El problema es que no existe teatro, ni actores, ni escenografía para mi guión. La realidad me dice que estoy equivocado y yo me niego a creerle, porque si le creo solo me queda dejarme morir. Yo he cambiado y puedo cambiar más aún, pero en esencia siempre seré yo y es precisamente ese yo el que está en entredicho. Estoy perdido.
Se van los cuarenta y uno como se fueron los treinta, los veinte, las horas y los minutos…
Llegará lo nuevo y sus misterios.
Quizás sea el momento de regresar a las fuentes. Volver con la frente marchita. De volver vencido a la casita de mis viejos para pedirles perdón por haber sido tan gilipollas, por no ser capaz hoy en día de ostentar la dignidad de valerme por mi mismo y ser incapaz ya de dibujar horizontes con lo que a mi me gustaba.
Balances y yo aquí sin burbujas ni cristales.
TRISTEZA
diciembre 3, 2009
Camino Madrid como antes caminé Buenos Aires.
Solo.
Muy solo.
Esperando ese algo que es posible y nunca llega,
Corriendo atrás de mil zanahorias que son esquinas.
Boqueando en cada bocacalle que son misterios
Sin más brújula que la esperanza.
Mis pies hoy son espinas, duelen.
Cada paso es un castigo bien ganado, lo sé.
¿A quién le importa si no fui malo?
La vida solo juzga la estupidez
Y estúpido si que he sido una y otra vez.
Queriendo amar asesiné mi corazón
Mi alma y la realidad.
Vivo en el sueño idiota de que mañana será distinto,
Que alguien algún día llegará a quererme como yo amé.
Como yo amé desde que he nacido,
Como yo amo una y otra vez,
En cada latido certero
En cada latido al revés.
Quiero morir esta noche, quiero desaparecer.
De mi solo quedarán mis pasos que son espinas,
Cuatro recuerdos dudosos
Y una que otra sonrisa de los que me han querido sin saber porque.
CREDO
diciembre 3, 2009
Sí, es verdad, creo en mi corazón.
Si no creyera en el cielo, en el universo,
En tus manos que son nubes sin lluvia,
En la flor de perfumes simples,
Si no creyera en el perdón,
Seguramente creer en mí sería un imposible.
Cuando miro mi cara,
Cuando cuento mis arrugas una a una,
Veo que mis manos ya no son seda
Ni mis labios cuenco de aquellos besos,
Dejo de creer en la juventud inherente a los amantes.
Me sobra el cuerpo, la piel, el sexo, Me sobro yo…
Y sin embargo sigo creyendo en ti,
Mi corazón.
Si no creyera en la soledad
Difícil sería amar tu compañía
Que es sutil papel de seda.
Cerrar los ojos al mundo,
Abrir la mirada a mi laberinto neuronal
De destellos negros y plácidos grises,
Para volver a tu puerta cada vez más pequeña,
A tu patio de infinitos amores que hoy nadie quiere
Para cobijarme en ti, mi corazón,
Que es lo único que tengo,
Que es lo único en lo que creo.
Hoy toca cerrar persianas, puertas y ventanas,
Hoy toca cerrar a cal y canto cada poro,
Cada fisura, cada herida.
Nada puede escapar de ti,
todo debe permanecer intacto…
No, no son horas de sonrisas ni de lágrimas.
Tu ya has pasado por esto, tranquilo, ya queda poco,
Descansa en paz.
Cierra los ojos al mundo y mira mis ojos ciegos
Que es lo único que tienes,
Sé que es poco,
Pero yo creo en ti, mi corazón,
Aún creo en ti que eres mi mar profundo
Sin soles ardientes ni sirenas melodiosas.