LA MALA SUERTE

abril 8, 2011


Siempre ocurre, las almas desdichadas reciben del destino la peor de las alternativas. No hay que pensar. Pensar es dar sustancia a las desgracias. No existe la mala suerte, existen los hombres condenados. Seres a los cuales cualquier fortuna o azar les es adverso por desentonar con ese ritmo, estricto y firme, marcado cotidianamente por  las sociedades sombras y por los hombres lúgubres. Mala suerte. Mala suerte tener fiebre. Mala suerte ser sombra en la sociedad sombra. Un paso más en la arena del tiempo que pronto caerá en la catarata despiadada de los olvidos alejándose del mar, por siempre. Mala suerte la conciencia, el dolor agudo y el agudo respirar del dolor como merecido. Mala suerte la soledad, los millones de pasos en el aire sin rumbo amor, sin timbres ni besos. Mala suerte las palabras dichas al aire en la esperanza traidora de la sonrisa bienvenida. Mala suerte el rechazo frio entendido como lógico. Mala suerte la  culpa despiadada de existir de manera tan macabra. Mala suerte amar la mala suerte y hacerla carne. Mala suerte ser quien se es. Mala suerte tener fiebre. Mala suerte amar aquello que se apagará, quizás por siempre, en un pitido agudo y constante que a pocos alarmará, como a pocos alarma el sonar de  los teléfonos cuando se espera una llamada.  Mala suerte ese monitor déspota que dejará de ser una vida Himalaya para dibujar una vida pampa, que de tan pampa ni recordará los horizontes. Mala suerte el infinito cuando se sintetiza con la nada, cuando el blanco y el negro se juntan y se enroscan en una identidad acromática  dejando de ser colores sin más. Mala suerte el raciocinio perverso de la mala suerte. Mala suerte tener fiebre, la fiebre jaque mate de la renuncia incondicional de los agónicos.

El doctor Carlos Jáuregui lo había previsto. “Si llega a levantar fiebre, cagamos”, había dicho a la enfermera como en secreto pero esperanzado, creo yo, de que lo oyera. Supongo que para nadie es fácil condenar a muerte a alguien que va a morir. Retrucar en palabras lo que la realidad dibuja en hechos. Yo conocía muy bien el poder creador del verbo, su inescrutable crueldad y cinismo. Decir es convocar, es estructurar, es definir. Pero la gente parece olvidar estos detalles. Todo tienen que expresarlo. Todo tienen que decirlo. Aun de manera cobarde, como a escondidas, con artimañas estúpidas, con tácticas infantiles como las utilizadas por el doctor días atrás. Quien dice un secreto mata un secreto, quien revela un misterio solo intenta hacer llegar el mensaje, tal vez por vías no ortodoxas, pero anhelando que el mensaje llegue sin demora. Aunque el mensaje llegue trastocado, modificado, deformado, eso no importa. Lo realmente importante e impostergable es sacarse el embrollo de encima, el peso muerto de la verdad atragantada. La palabra pensada y no dicha es plomo ardiendo en las conciencias. Hay cosas que no deben ser pensadas nunca. Cuando se piensan condenan. Cuando condenan matan. Ya entenderá usted porqué amo el silencio. Porqué adoro el inmutable sosiego de los espacios libres de discursos y palabrerías. El paisaje mudo de los monasterios naturales del universo. El mudo bullicio del gentío, de los bosques y las selvas. El todo contundente de todos los sonidos al cual llamamos silencio es sin duda, la mayor maravilla con que nos haya premiado Dios. Pero nosotros, pobres mortales, no lo hemos entendido. Suponemos que el silencio es algo ajeno e independiente y le damos entidad  propia, cuando en realidad no es más que el resultado arbitrario de la sumatoria de todos los estruendos. Todo se relaciona. Todo se teje en el entramado infinito de la creación universal.   Las ideas, los pensamientos, nunca deberían ser pronunciados, nunca deberían ser proclamados al mundo con ese desparpajo e inocencia con que lo hacemos los humanos. Todo pensamiento nació para ser escrito. No hay otro fin por el cual hayan nacidos los libros. El trasmitir ideas y lucubraciones de hombre a hombre, de mano en mano, en esa complicidad que requieren los arcanos designios y las logias pendencieras. Cada libro una verdad, una verdad silenciosa que escupe tanto ruido que modifica nuestras ideologías y nuestras creencias. Quien lee un libro, sabe que al terminarlo, ya no será jamás el mismo que era al comenzar la primera página. Sabe que leer es renacer, es recrear lo recreado. Es dar entrada a una verdad a nuestro ser sin correr el riesgo de condenar  la inocencia virginal del universo. Uno lee y al leer absorbe la sabiduría vulgar de los hombres disfrazada de letras, comas, y puntos finales. Sí, por ejemplo, yo le dijera a viva voz lo que le estoy escribiendo, usted con seguridad, se quedaría con el hecho banal de mi muerte, y comenzaría a relatar mi historia a algún tercero que se le cruce, de esta manera: “Es un hombre que se está muriendo y está medio desquiciado”. Y ese tercero a su vez volvería a pronunciar mi  muerte a un cuarto, y así mi muerte recorrería todos los rincones del planeta hasta hacerse una realidad. Cada vez que fuera pronunciada mi desgracia, cada vez ella estaría más cerca de mí. El médico dijo fiebre y la fiebre se hizo sin titubeos. Pero al escribirlo y al usted leerlo, el hecho fortuito de mi muerte queda en segundo plano. Se convierte en el lienzo blanco que sustenta y sostiene todas las pinceladas de mis palabras y colores, mi esencia, mi humanidad. Es curioso. Desde este punto de vista, supongo ya lo habrá deducido usted, la definición de muerte y la de vida pasan a ser la misma cosa, lienzo blanco que sustenta y sostiene todas las pinceladas y colores, la esencia, la humanidad… Todo se relaciona, todo es circular, todo fluye y se transforma. Amo escribir. Escribir habla eternidad, decir solo habla lo mezquino de lo obvio.

Lo único que recuerdo es que era febrero. Fue al día siguiente del cumpleaños de mi madre. He olvidado el año exacto, pero sé que no ha pasado aun una década desde aquella noche tan determinante para mi vida. Podría jurar que fue en el barrio de Almagro, aunque si no fue Almagro seguro fue Palermo. Sé que llegué en subte, a pesar que mi memoria ha escondido la línea exacta que tomé y si hice o no, combinaciones. Mi mente todo lo ha borrado y sin embargo todo lo acumula y conserva en la nebulosa de la duda. Toda mi vida se ha convertido en un amorfo mazacote de anécdotas, vivencias y pesares.  Han de confundírseme sin piedad los sueños con las realidades, los finales inconclusos con las contundentes causas y sus correspondientes efectos. Llego a dudar si he nacido en realidad o todo ha sido un sueño. No creo que haya diferencia alguna, cualquiera sea la respuesta seguro que será acertada. Fuere lo que fuere  ya todo  se ha convertido en magro pasado, en hoja leída y gastada, en un sinsentido. Tanto construir, tanto buscar, tantas respuestas encontradas y al final todo lo que uno ostenta orgulloso como una vida propia,  no es más que un suspiro endeble que apenas conmueve el labio  madre de la historia universal. Era febrero y yo me aventuré a salir de mi casa, alentado por un favor personal solicitado por un amigo. Es extraño pero mi vida siempre fue guiada a base de favores otorgados. Como si se trataran de llamados divinos, los favores fueron para mí los motores del milagro. Tímido en esencia, pocas cosas han brotado y germinado en mi vida por mérito propio. Todo en mi existencia ha ocurrido como resultado de una casualidad dudosa pero casualidad al fin, convirtiendo lo cotidiano en algo mágico y azaroso. Siempre he sido víctima de mis circunstancias más que protagonista. Esto tiene sus pro y sus contras, como podrá entender, pero de qué sirve ya a esta altura meterse en esos laberintos escabrosos de los hubiera sido, o los hubiese hecho. Una sola cosa debería resaltar. Como víctima fortuita de los devenires y los azares, solo mi mala suerte me ha acompañado permanentemente a lo largo de mis años que ya vienen a ser muchos.  Era febrero cuando salí de mi casa rumbo a un centro cultural muy en boga por aquellos años, en donde tendría lugar un encuentro de artistas nóveles del interior. Lo clásico, mostrarían sus obras, leerían sus poemas y darían a conocer sus nombres, desafiando la gran Buenos Aires y su hermético monopolio de editores y marchantes. Fue un viejo y querido colega, quien encontrándose en Méjico por aquellos días, me pidió que asistiera al evento en su nombre ya que por cuestiones obvias, no podría estar presente y le era de suma importancia tener información de primera mano, de aquel  evento en cuestión. Luego, con el tiempo, supe que no fue más que una artimaña  orquestada por él, para sacarme del encierro en el cual me hallaba sumido desde hacía varias semanas, por razones que ya he olvidado como he olvidado ya, todas las razones de mi vida. A pesar de odiar estas tertulias por encontrarlas de un esnobismo improcedente, acepté a concurrir de buen ánimo por el gran afecto que mi amigo siempre me ha provocado, y por la gran cantidad de favores adeudados hacia su persona. A pesar de conocer a varios de los artistas allí presentes, solo dos se detuvieron a saludarme. Un bicho raro, a la par que atrae  con su extraña presencia, asusta e incomoda. ¿Será esta la razón por la cual suelo emborracharme en estos saraos? Quien sabe.  Quizás sea la timidez, quizás mi fuerte tendencia a las evasiones, no sé, lo cierto es que solo con un vaso en mi mano me siento protegido de la gente y sus miradas, y solo con un vaso en la mano suelo convertirme en esa persona sociable que a  tantos inquieta. Pero con vaso o sin él, más allá de las apariencias, siempre soy yo vistas adentro, el mismo ser frágil y cohibido que tiembla como una hoja si se siente centro de atención, aunque sea por un segundo. Para cuando hubo empezado la presentación, y se dio lugar al desfile de artistas, yo ya estaba por demás alegre y mi mente volaba desde Méjico a Mar del Plata, desde Caballito a la casa de mi madre sita en aquel entonces por San Telmo. Decidí no beber más por un largo rato y concentrarme en mantener el decoro correspondiente a mi buen nombre e imagen. Imprescindible me fue ir al baño y mojarme un poco la cara además claro está, de liberar mi vejiga de al menos tres litros de cerveza. Fue recién cuando regresé al salón, en donde estaba montado el eventual escenario, que tomé real conciencia de lo que allí se decía y exhibía al ritmo de unas diapositivas. Ojalá nunca lo hubiera hecho. Ojalá nunca lo hubiera escuchado ni percibido. Ojalá hubiera caído borracho por las escaleras. Pero no, la mala suerte siempre conmigo, siempre presente. Yo escuché, yo vi, yo sentí, y yo caí sin remedio en la terrible trampa de escuchar lo que debió ser escrito o dibujado, lo que nunca debió ser dicho bajo ninguna circunstancia.

La fiebre lejos de remitir se subleva endemoniada. En pocas horas seré hombre muerto. La enfermera ha sido buena y aceptó abrir la ventana. Odio las enfermeras, siempre dicen que no a todo. Ella ha sido buena extrañamente. Supongo que ya le da igual mi cuidado, que todo da igual a esta altura, que cada pedido mío de ahora en más, será tomado como una última voluntad y por ende, acatado. Extraño sentirse poderoso en situación tan precaria. Todo es extraño en estos momentos. Estoy pisando terrenos desconocidos… Prefiero desechar esta idea… No quiero pisar nada más, harto estoy de caminatas y pasos constantes. Que si voy para allá, que si vengo para acá, ya basta de dar vueltas como un molinete. Ahora me toca descansar, prefiero imaginarme sentado en un muelle, mojando mis pies en el agua fresca del rio Leteo, o chapoteando en el Argamonte esperando paciente, aquella barca y su Caronte inevitable. En mi bolsillo las tres monedas de rigor, en mi mirada la ceguera panorámica de las revelaciones divinas… Para mi mala suerte la enfermera ha sido buena y me ha hecho caso. Con la ventana abierta todo ha de precipitarse, toda mi vida se precipitará y quedará fundida con el suelo, con el aire, con la eternidad. El suicidio es una gran vileza. La peor de las alternativas nobles y sin embargo lo deseo con la misma intensidad con que ayer deseé un beso o un abrazo. No hay que pensar. Pensar es dar sustancia a lo inexistente. Con total solvencia  y decisión me alzaría de esta cama y me lanzaría en el vuelo último de la más vieja de las golondrinas, de las garzas o cigüeñas. ¿Emigrar?, ¿Migrar?, quien sabe. Solo se trata de volar, de huir, de salir de esta terrible parálisis que me condena desde hace varios años. Quiero morir, voy a morir, la ventana está abierta y a mi lado, sentada al borde de  mi cama está ella, la mala suerte. Que inapropiado es todo. Hace exactamente dos años, quizás tres, (todo se me confunde), que mis piernas dejaron de pertenecerme. Luego fue mi brazo izquierdo. Luego fue el derecho. Le siguieron el oído derecho, el ojo izquierdo y por último, como la gran novedad de hace escasas semanas, el sexo. Mi mala suerte me impide saltar, la ventana está abierta, mi pene es actualmente una flácida bolsita de cotillón repleta de sorpresas, de prometedoras alegrías, que nadie volverá abrir jamás, por los tiempos de los tiempos. Solo cuento con mi boca para escribirles estas últimas palabras y con mi ojo derecho para añorar esa ventana por donde entrará más pronto que tarde, ese aluvión irrefrenable de vida cósmica. Llegados hasta aquí, sería bueno remarcar las dos últimas parábolas de mi vida. Por un lado el hecho de solo contar con mi boca para escribir. Con mi boca, acostumbrada al silencio y al recato. Con mi boca, incorruptible bastión que no dudó nunca en condenarme con su mutismo, a esa perversa maldición de tener que escribir desde muy temprana edad, lo que otros hablan. Idea esta que dio lugar a aquel poema tan aplaudido hace décadas, y que me permitió mis primeros reconocimientos como escritor. “La maldición”, había olvidado ese poema, extraño recordarlo ahora. Por otro lado está la segunda parábola, la de la ventana y su suicidio. Yo no me arrojaré por ella, como lo hubiera hecho cualquier suicida que se precie de tal. No me arrojaré al vacio ni volaré desarticulado hasta estrellarme contra el suelo firme de la avenida. Mi mala suerte me ha impedido hasta en mi último aliento ser igual o semejante a cualquier ser humano. Por el contrario, será por esa ventana por donde entrará el vacio contundente de la totalidad hasta aplastarme. Yo no moriré estrellado contra el universo, moriré aplastado por el universo, será el universo quien se estrelle contra mí.

Un aplauso cerrado festejó la presentación de aquella joven pintora, (¿O debo decir artista plástica?) cuyo nombre no recuerdo ni pretendo recordar. Con una verborragia imperdonable, haciendo alarde de una muy cuestionable filosofía artística, la muchacha había presentado los porqué y los para qué de su obra, que dicho sea de paso, yo juzgué mediocre y aburrida. Si tenés el don de la creación, difícilmente tengas el don de la palabra. Sí cada una de tus moléculas te impulsa al parto celestial de la creación , o para decirlo correctamente, a recrear una obra artística, es por el simple hecho de una necesidad imperiosa de comunicar algo a otro, y no poder encontrar un camino común para hacerlo. Esa es la magia del arte. Liberar la verdad visceral enquistada en el ser humano. El arte tiene su lenguaje, un artista debe conocerlo a la perfección. El arte nada tiene que ver con el habla, es algo mucho más abstracto, es sentimiento en estado puro que recorre las mentes y los corazones de todos los hombres y mujeres del mundo, de generación en generación, por los siglos de los siglos. Yo no podría nunca explicar lo que escribo ni el porqué lo hago, solo escribo sin más. Debe ser el otro quien me dé a mí, las respuestas que busco. El arte es una pregunta eterna cuya  respuesta está en el mar cultural que lo sustenta. En el hombre de a pie.   Es el hombre común quien debe decirme a mí, que mierda estoy diciendo cuando lanzo mis mensajes embotellados al océano de la literatura. Si no, ¿Qué sentido tendría escribir? Yo no lo entiendo. Toda explicación, todo esnobismo, conlleva consigo la mediocridad de la soberbia cuando no, la vulgaridad patética del comercio y las vanidades. El don artístico es una condena. Es un camino escabroso y laberíntico, es una necesidad de decir y no saber cómo, es un desahogo, un desfogue, un orgasmo ansioso que lejos de saciar, más nos hunde cuando más buscamos el oxígeno de la superficie.  El don artístico es una condena pero no por eso debe ser vivido como una tragedia, en absoluto. Se puede ser artista y ser feliz, yo de hecho lo he sido a mi manera. No es obligatoria la pesadumbre ni el martirio, solo se debe asumir la mala suerte que ha nacido con uno. Asumirla y dignificarla. Solo hay que aceptar la soledad que confiere la falla de ser distinto al resto de los mortales. La tara irrenunciable e inapelable con que nos ha honrado el destino, con que nos ha condenado el universo. Al igual que ese embrión monárquico, que desde el primer momento de su gestación sabe que será rey algún día, el artista sabe desde su primer aliento, que será diferente a los demás y debe aprender a convivir con ello, bajo riesgo de caer en una  locura irremediable. Cuando esta muchacha lanzaba al aire toda esa catarata de imbecilidades, iba instalándose dentro de mí, el germen mortal y despiadado que hoy me postra en esta cama. A todo súper héroe le corresponde su  súper villano, y fue de la boca de esta anodina muchacha de donde salió la kriptonita fulminante que terminó de un soplo, todo mi imperio y dinastía. Quien hubiera dicho que aquella noche de febrero sin año ni referencias, comenzaría el final de mi desafortunada vida,  que vería encarnarse como una aparición, el poder letal de los mediocres.

“Me maravilla la idea de la expansión” – Relataba aquella joven rubia con un micrófono en la mano, toda despatarrada sobre un puf- “Como verán en esta diapositiva, he decidido centrar mi trabajo en el poder artístico de la expansión. Mis instalaciones se basan sobre este principio, allí podrán ver, por favor ponga la diapositiva tres, una serie de objetos que se expanden en un espacio determinado, objetos que difunden una idea determinada, objetos que se dilatan pariendo otros objetos. Actualmente mi exploración me lleva a cortar papeles, diarios y revistas con las manos, a fin de tirarlos por el balcón y ver como se dispersan por el aire. Trozos de mí volando al ritmo del viento, llevando consigo ese mensaje de eternidad que tanto me conmueve.-Aplausos- En la diapositiva cuatro en cambio…” Nunca llegué a ver la cuarta diapositiva. Como en un hechizo, caí desmayado sobre una mesa volcando vasos, rompiendo dos o tres platos, expandiendo en un desmán bochornoso todo mi cuerpo convertido en un trozo de hoja, desgarrado vilmente por las garras labios de una lengua indomable. Luego desperté en el hospital. Esa fue la primera vez, a la que le han sucedido varias, en que entré a este hospital de mala muerte. Que definición más precisa para este antro. (¿O debo decir nosocomio?) Juzgando mi situación actual y la calidad de mi muerte, no encuentro una definición mejor. Quizás la de hospital de mala muerte donde ni la mala suerte se escapa, le agregaría algún matiz cierto a la carátula. Aquella primera vez, en donde conocí al doctor Jáuregui, todavía era tratado con cierto interés y preocupación.  No llegué a contar las veces que me tuve que desvestir, pero seguro fueron más de tres, ni las veces que me inyectaron, tanto en el brazo como en el culo. En otras circunstancias seguramente hubiera mandado todo a la mierda, pero yo me encontraba realmente mal, estaba aturdido, como ausente, y solo me dejaba hacer como si fuera un peluche en manos de una niña hiperkinética.  Poco revelaron los análisis, salvo un elevado nivel de estrés y cierto problemilla en la vesícula que jamás lo he tratado hasta el día de hoy. El doctor Jáuregui, joven por aquel entonces, no porque ahora sea viejo, sino porque en aquel tiempo aún conservaba algún interés por su profesión, se vio sumamente sorprendido por mi estado de salud. Según sus palabras mi cuerpo presentaba una patética respuesta a los estímulos externos, carecía de sensibilidad alguna como si estuviera muerto, pero esto no se veía reflejado en los resultados de los estudios, los cuales habían salido todos en forma óptima. Su conclusión fue entonces la obvia, que estaba loco de atar. Que todo se debía a un problema psicosomático o algo parecido. Me derivó a un psiquiatra o psicólogo y me recetó ciertas pastillas que jamás tomé. Debo confesar, aunque seguramente usted ya lo habrá adivinado, que poco me importaban las palabras del doctor. En mi cabeza aun retumbaban las palabras de aquella muchacha, su bendita expansión, sus papelitos y el despliegue de sus papelitos por el universo.  Ella dijo lo que nadie debe decir, mi mala suerte me hizo escuchar lo que nadie debe escuchar. Hay cosas que nunca deben ser pronunciadas. Cuando se pronuncian sentencian. Dijo papel y  me convertí en papel. Dijo papel picado, y yo me fui troceando en mil partes. Mi cuerpo y entendimiento todo, salió volando por un balcón aquella noche para no volver jamás, hasta hoy día. Paralelamente, casi como una metáfora siniestra de mi tragedia, lo extravagante de mi dolencia trascendió allende los muros del hospital. Doctores taciturnos, practicantes deseosos de descubrir aquello que los catapulte a una carrera exitosa y enfermeras curiosas y metidas, aventuraron su diagnostico como quien juega a la quiniela. Fotografías de mis huesos y cerebro volaron inútilmente por todos los rincones de la Capital Federal. La expansión también tiene sus costos además de sus beneficios.  Mi fama de ermitaño y mal llevado se vio aumentada al ritmo de mi locura. No transcurrió mucho tiempo para que el interés por lo novedoso, diera lugar a la pereza y la desgana de atender a un desdichado gruñón, a un moribundo de diagnóstico imposible.

Osiris. Osiris diseminado por todo el valle del Nilo. Osiris cortado en pedacitos por las manos del malvado Set. Fragmentos del buen dios dando vida a una civilización…  Claro está que yo no era un Dios, ni mis huesos darían lugar a sociedad alguna, igual la similitud se me presentaba lógica y creíble.  Osiris y yo hechos carne de una misma historia. Una misma historia con final y circunstancias diferentes. Cuando salí del hospital, aquella madrugada, la idea de Osiris taladraba mi cabeza. La idea de Osiris, la palabrería del doctor Jáuregui y la idea  expansionista de la rubia del puf, saltaban dentro de mi cráneo, de hemisferio a hemisferio, tropezando, cayendo y atrincherándose en las rendijas cerebrales de los propios pensamientos. Las palabras ajenas y sus rostros, se fundían en mi intelecto como el agua se funde en el cielo. Solo me cabía esperar la lluvia. La mala suerte trajo el diluvio.  Habiendo perdido el norte decidí parapetarme en el sur. “El que no tiene cabeza tiene que tener pies”, repetía mi abuela cuando de niño solía olvidarme las cosas. La bendita distracción. Cuando agarraba mi portafolio olvidaba mi campera, cuando volvía a buscar la campera me acordaba que no llevaba las galletitas, iba a por las galletitas y  olvidaba el portafolio. Así iba y volvía al menos tres veces del comedor a mi pieza, antes de salir a la calle. Cuando llegaba a la escuela lo hacía con la mitad de las útiles. Siempre fue igual. Una pelea constante conmigo mismo. Una pelea que di por perdida casi en forma inmediata. Yo no sé si usted ha sentido vergüenza alguna vez de sí mismo. Yo vivía abochornado de mi persona porque era consciente de mis defectos. Y de todos mis defectos solo uno era el que me atormentaba, el de tener la mala suerte de vivir en un mundo extraño para todos. El defecto de ser distinto. Desde que tengo uso de razón hasta este, mi lecho de muerte, siempre he visto las cosas en forma diferente, y ver las cosas de forma diferente solo lleva a una cosa, a callar. Al silencio. A tratar de no ser descubierto. A mentir sobre los sentimientos. A negar una y otra vez, los dolores y las ideas. Al pánico bestial de no ser querido nunca más de ser descubierto el  secreto. Al horror mayúsculo  de la soledad. Preferí pasar por tonto antes de enfrentar la realidad de ser extraño. ¿Cuántos hombres conoce usted que al oír papel se convierta en papel? ¿Cómo  explica un niño a su familia que cada vez que matan una cucaracha, o maltratan a un animal cualquiera, o ve una lágrima, siente dentro de él, el dolor más agudo que se pueda sentir? ¿Cómo explica un niño, o un adulto, a sus amigos que la belleza duele tanto como un dolor de muelas? ¡La belleza duele señores!, ahora que estoy muriendo puedo gritarlo. Ya no hay lugar para la vergüenza, permítanme en este último aliento ser quien soy, sin tener que escuchar la bendita frase, “¡Que exagerado!” Así como el bueno de Osiris terminó por resignarse a vivir su eterna muerte diezmado y esparcido, yo, desde mis primeros años,  me resigné a vivir en una dispersión mental continua y permanente. Yo nací papel, siempre fui un trozo de papel volando por mis adentro buscando ese todo que me estructure y conforme. Nunca hubo frontera entre el universo y yo. Nunca conocí la independencia indispensable para sentirme a salvo de su inherente caos. Soy caos, soy Osiris, soy Tupac Amarú, la permanente decisión salomónica, soy el big bang  y la colosal contracción  marina, la resaca capaz de acercar la luna queso cuando se llena de besos, sueños y ardientes susurros. Pero, ¿Donde está Isis? ¿Dónde está ese ser, o entidad, preocupado por restituir mi dispersión a su todo? Y de existir, ¿Cómo lo haría? ¿Qué posibilidad tendría de hacerlo? Demasiadas preguntas dirá usted, demasiadas preguntas, digo yo. Mi vida siempre ha sido una eterna interrogación. Una búsqueda constante, un permanente tejer y destejer entre las nebulosas hendijas de los misterios y sus relaciones. Todo está relacionado. Muy pocos somos plenamente conscientes de ello. Para el común de la gente esto es una verdad de Perogrullo pero para mí, es una realidad mucho  más nítida y clara que mi imagen. Mala suerte tener fiebre. Mala suerte desgranarme en el todo. Mala suerte saber lo que pocos saben. Mala suerte morir hoy sin haber encontrado a la Margarite Yourcenar que se aficione en recoger mis pedacitos de yo, diseminados en todos los escritos, cartas y poesías, dibujos y garabatos que brotaron insolentes desde mis locuras y amores, desde mi vida toda. Uno solo es lo que escribe, lo que crea y lo que cree. Muerto el cuerpo, la esencia del nombre busca refugio en los raidos papeles, en los objetos queridos, en las fotos besos de la memoria compartida. Desaparecido mi cuerpo, esta osamenta soberbia que todo contiene, mi alma huérfana buscará refugio seguro en mi arte, en mis preguntas, en mi tinta que de tan caminada, se me confunde con el alquitrán y el adoquín, con el barro  vulgar de los barrios, con los exquisitos paisajes claroscuros caminados por los traviesos enamorados cuando se esconden de todos y de todo, de todo menos del amor.

Acaba de irse el doctor con su séquito de enfermeras y practicantes. Deduzco que será la bendita ronda de las seis de la tarde. Le he mentido. No creo que tenga importancia. La única verdad que existe en estos momentos es la fiebre. Todo lo demás es dramaturgia. “¿Cómo se siente? ¿Alguna novedad? ¿No ha venido nadie a visitarlo? ¿Y los escritos? ¿Quiere que llamemos a alguien? Necesitamos hablar con alguien, ¿Terminó el cuento? Tiene cuarenta grados de fiebre. Se lo ve muy estresado. Tal vez si viniera algún amigo…” Amigos. Alguien. Expandir la buena nueva de mi muerte. Liberarse del macabro peso de los papeles, de la responsabilidad fastidiosa de un cuerpo no reclamado. “Estoy bien doctor”, dije, “No quiero ver a nadie por el momento, cuando termine el cuento ya veré a quien llamo. Hoy me siento mucho mejor”. Detesto estas ceremonias. Ni al doctor le importa mi salud, ni a mí me importa que le importe. Lo único real es la fiebre guadaña vestida de mediocres preguntas.  Todo es muy superficial. Todo es muy básico. Habitación quinientos siete. Habitación individual con vistas a la avenida. Enfermo terminal solventado por la obra social de los escritores. Carece de movilidad en los miembros, tanto superiores como inferiores. Obsesivo. Diagnóstico indeterminado. Fiebre alta. Escasa horas de vida por motivos ajenos al entendimiento científico. Su última voluntad, indeclinable, que se le permita escribir. Voluntad otorgada.  A la innumerable cantidad de sondas, monitores y aparatejos, debemos sumarle unos ridículos auriculares con micrófono incorporado por donde el enfermo habla, siendo sus palabras traducidas a letras por un mágico programa cibernético. Última obsesión terminar un cuento. No hay visitas. Suponemos estado mental alterado… No hay que ser muy pillo para adivinar el informe presentado por el médico. Todo es tan obvio. Todo es tan predecible. Sin embargo, si yo le describiera a usted mi verdad, quedaría anonadado y perplejo, tan anonadado y perplejo como he vivido yo al tomar conciencia que nadie podría verme tal como soy. Cuando yo escribí aquellos versos que rezaban, “Pobres los pobres de espíritu que al ver un brazo solo ven un brazo, que no vislumbran en él ni  la hiedra temeraria enroscada al cuerpo muro, ni al tronco higuera  lanzando brevas rumbo al sol, ni al martillo insolente que destella los trabajos, ni la columna metal que refusila halo en  Frida y vida en  Kahlo. Pobres los pobres de alma y luz que al ver un brazo solo ven un brazo.” Todos festejaron  metáforas y ocurrencias, el poema todo fue muy aplaudido,  ignorando que estaba relatando una foto exacta de mi brazo izquierdo. Son versos lineales, reales y sinceros. Mi cuerpo entero fue transmutando en un sinfín de mosaicos desprolijos aunque relacionados. La ciencia no entiende y cuestiona mi inmovilidad. Yo pregunto, ¿Alguien puede mover el universo? Cuando Mahoma no va a la montaña, la montaña viene a Mahoma. La montaña universal ha venido hacia mí y está a punto de aplastarme. Todo forma parte de una batalla librada desde siempre. La guerra de  sístole contra  diástole,  de la resaca contra la pleamar, de la expansión avasallante contra el retraimiento indispensable del árbol genealógico de la vida.  La hora se acerca. Mi ojo derecho finalmente se ha transformado en una cebolla. Quien lo mire llorará. Ciego. Ciego en cebolla de mil capas. Mil capas que se van deshojando al ritmo de mis parpadeos inútiles. Capas infinitas que caen deshojadas como fechas de un almanaque. Cada capa un recuerdo gravado en mi retina, cada capa una foto entrañable que abandona mi exclusivo álbum de recuerdos. Ciega en cebolla ácido se corroe en lágrimas, toda mi extenuada memoria. Giuseppe Arcimboldo se presenta para dibujar mi máscara mortuoria. Desde el andamiaje de mi nariz recrea magistralmente la figura de mi rostro. Un ojo cebolla, el otro batata dulce, una frente zanahoria, mofletes berenjenas, un oído repollo verde y el otro recientemente alcornoque de sordera. Debo apurarme. El tiempo se escurre. Solo soy una boca. Solo soy futuro silencio.

Lamento no poder ser más claro, todo se me confunde. El trigo con la harina… el pan con los manteles… las migas con los pájaros… el aire con la ventana… la habitación con mi cuerpo inerte. ¿Me sigue? Ponga música a sus ojos. Todo es música. Aquella noche de febrero mi materia se desglosó en mil trozos de papel. Osiris repartido por el Nilo. Tupac Amarú  desperdigado por el alto Perú. ¿Dónde está Isis? Fue mi urgencia reconstituirme. Primero recolectar con esmero, todos y cada uno de los trozos dispersos en el aire hasta convertirme nuevamente  en hoja. Luego de todas las hojas posibles elegir una. Hoja de periódico, hoja de cuaderno, hoja de revista, hoja de árbol,  hoja papiro, hoja pergamino, y así hasta el infinito. Descubrir que no es posible elegir una parte del sustantivo dado que la sustancia es homogénea. Aceptar en mi cuerpo y mente, toda la industria papelera con su correspondiente contaminación, con todos sus empleados y sus inherentes familias. Editoriales. Libros. Poetas y narradores. Periodistas. Láminas de pinturas maestras. Diccionarios. Bibliotecas. Alejandría y Éfeso. Veni, vidi, vinci. Julio Cesar. Corona de laureles. Laurel. Dafne. Apolo. Gianlorenzo Bernini. Mármol. Cantera. Hombres. Trabajo. Producción. Marx. Dialéctica. Movimiento. Cambio. Metamorfosis. Revolución. Espiral. Círculo. Un cuerpo humano transformado en papel y desparramado desde un balcón cualquiera. Un papel hecho carne humana, juntando trozos de sí mismo a través de las geografías universales y de los tiempos eternos. La serpiente emplumada que se muerde la cola. Perdone mi urgencia y simplicidad. Carezco de tiempo para entrar en detalles y extenderme en explicaciones. De ahora en más todo quedará en usted. En su voluntad de entendimiento. No es difícil. Tome un término cualquiera de los antes mencionados, o el término que  desee, y tráigalo hasta usted y su realidad. El universo le pertenece. Tiene el derecho a exigirlo. Verá como todo está relacionado de manera tan obvia, como un niño lo está  con sus padres y familia. Solo se trata de tejer y destejer, bien lo sabía Penélope. Si usted tira de un hilo lana desde la punta del ovillo, verá a todo un tejido obediente destejerse  revelando su verdadera esencia. Un tejido es solo lana trasmutada. La lana solo es la piel  de un animal cualquiera, esquilada y hecha madeja. Usted es poderoso, todos lo somos, pero nunca olvide y tómelo como consejo, que un ser humano en una sumatoria de tejidos que alguien o algo, teje y desteje permanentemente a su antojo. Somos parte y no principio. Somos evolución. Movimiento de un todo. Arte. Vida. La soberbia de expandir, la conciencia de unificar, una batalla eterna que da motor al hombre. Al hombre misterio, ese páramo fantasía no contemplado por la ciencia absurda de los dos más dos, ni por la religiones pantocráticas e imperiales de los tres en uno, apenas rozado por la poética de los mitos y sus dioses apasionados.  Apolo y Dionisio son mucho más ciertos al hombre que Dios y su Satanás, que Darwin y los edenes. ¿Y Buda? ¿Y Freud? Los puntos ciegos de la vida. La vida es un punto ciego incomprensible para los vivos. El vértice voraz de las esquinas, ausentes en la naturaleza, virtud indiscutible del humano a pesar de Le Corbusier y sus redondeadas paredes.   Nadie es profeta en su tierra. Bisagra. Dos hombres se cruzan. Uno es la angustia desempleo con su corte de amenazas posibles o reales. El otro es la angustia tedio del trabajo rutina con su corte de sorpresas improbables. Dos  hombres se esquinan y se envidian, sin saberlo, uno al otro. En ese instante ínfimo, en ese punto ciego de las bisagras vitales se encuentra la imperceptible vida. La angustia marginal del desempleo colapsa y se funde en la angustia esclavitud del empleado. En el vértice del colapso brota la magia vivaz del deseo. La vida misma. Un hombre y una mujer se besan. El beso hombre es alivio de un final inapelable. El beso mujer  el dolor desgarrado  del desconcierto.  El beso alivio choca contra el beso dolor, en el vértice exacto del beso germina estridente el deseo. La vida misma. La batalla por el deseo es la batalla del hombre. Expandir y cosechar el deseo es el trabajo de la vida. Controlar el deseo es al sentido del poder, tanto en su versión racional llamada ciencia, ya sea en su versión irracional llamada  religión. Frente a ellos, el arte y su ejército de preguntas. En este rincón un pelotón de fusilamiento mitad sacro, mitad intelectual esclarecido. Frente a ellos Miguel Hernández hecho mitad olivo mitad niño yuntero. Donde los fusiles ven un hombre, el hombre es y se ve universo. Disparo. Bala. Corazón esparcido. Arte, deseo diseminado. Libro, deseo compactado. Usted con un libro entre sus manos. Lectura. Cerebro acribillado. Verso. “Ha muerto como del rayo Ramón Sijé con quien tanto quería”. El “con” contra el “a”. No se trata de querer “a” sino de querer “con”. El vértice mágico teje el deseo de sus futuros besos.  Los besos  que usted dará de ahí en más, destejerán entre otros infinitos destejeres, el deseo universal de un simple pastor de Orihuela. Entre la perspectiva intuitiva y religiosa de Gioto y la perspectiva matemática de Canaleto, la perspectiva atmosférica de Da Vinci. La  bisagra denunciada por la sonrisa picardía y misterio de la Gioconda. Uno solo es esa figura sonriente sustentada por el sfumato difuso de la vida. Uno solo es la escusa que usa el misterio para realizarse.

Si usted no me entiende no se preocupe, yo tampoco lo hago. Solo tiene que dejarse llevar por el latir contradictorio del sentimiento. Ya no tengo coherencia ni sustancia, ¿Alguna vez la tuve? Al tratar de juntar los papelitos aquella noche de febrero, mi mala suerte me hizo tirar del piolín y el universo terminó  por aplastarme. Actualmente mi cuerpo es un rejunte de montañas, culturas, historias tanto pasadas como futuras, fotos, animales y plantas. Un cosmos de objetos y escenografías circulares capaces de marear hasta el más diestro de los marineros. La ventana está abierta. La ciencia no entiende porque no puedo moverme. No hay túnel ni luz blanca. Solo hay fotos. Películas viejas. Libros. Besos. Ponga música a sus ojos. Escucho música de circo acercarse a mi ventana. Música entrando e invadiendo mi habitación. Crótalos, trombones y platillos. Timbales, tambores y flautines, ya están adentro. Dionisio y Apolo vestidos de payasos juegan a ser trapecistas. Aníbal con sus elefantes cruza el Pirineo de mi tobillo. San Martín irrumpe insolente en ese inmenso Éufrates que viene a ser mi mano de medialuna fértil, mientras  mi madre me acerca amor, un tazón de café con leche para que humedezca allí algún oasis de niñez y sueño.  El Limay lágrima nace en el ojo cebolla para hacerse remolino entre las piernas de mi hermana erguida en  esa inmensa luna Zeffirelli, conquistada por Julio Verne. El Nilo desgarra dedos en  la Alejandría faro de mi sexo para aferrase masturbatorio, en la adolescencia marina de los anhelos, en el sube y baja de los quereres y desquereres. Esclavos y guerreros de terracota construyen Xian a la orilla de mi esófago alentados por los propicios vientos de mis palabras, y un ejército de amazonas entrechocan sus senos ausentes al ritmo del galope desenfrenado de mi estomago convulso. Corriendo en lágrima viva, sube por el hígado esa niña víctima de la Hiroshima atómica de mis dudas y renuncias, sumándose así, a las mil lágrimas ancestrales de los abusos y explotaciones que son, el alimento sumiso del mar oscuro de la bilis. Frente a él, en la playa rocosa de una vesícula herida, un Quijote hecho molino rejunta paciente, con su baldecito de colores el agua sal  de los olvidos, y construye los castillos de arena por donde salen gloriosas las legiones justicieras de San Jorges y templarios, vencedoras de furiosos dragones.  La gran muralla china de mi columna vertebra, mientras tanto, en el mosaico ferrocarril de los andenes, un sin fin de manos cavernícolamente pintadas como sueños protectores, y en el tercer ojo de mi frente aeropuerto, un joven altruista entierra su mano en los adobes de la rebeldía americana. Todo se relaciona. Mi cuerpo va desapareciendo al ritmo de la comparsa. ¿Escucha música? Yo la escucho. Altamira cueva es mi ombligo. Palmira xenófoba mi séptima costilla. Santa Sofía colgada cúpula de un cielo Constantinopla vigila insolente el hipódromo de mi axila. Brunelleschi y su Florencia trituran mis rodillas. La hoguera de las vanidades eunuca el desierto hache del apéndice y las amígdalas. Savonarola y Torquemada aúllan monos, quemando brujas en el Sandokán de mi pelvis chocolate con vainillas. El sol inca es mi colmillo. Osiris pirámide la vía láctea de mis tetillas… La charanga mandala vuela ceniza y me borra en un cometa de ilusiones. Ya no hay cuerpo. Ya no hay nada y sin embargo queda todo…Lo que fue de mí… Mi muerte implacable… El universo  raptando por mi esencia… La habitación quinientos siete… Un pitido agudo y constante…Un monitor Himalaya hecho pampa, que de puro pampa olvida los horizontes… Una gallina tonta, una tortuga lenta, y un escarabajo  inmortal, asustando con su presencia inadecuada a enfermeras, practicantes y doctores perplejos, aglomerados y confusos, en una pequeña habitación de un hospital de Buenos Aires… Mala suerte el que lo mencione.

S.M.B.

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