YIRA YIRA
mayo 31, 2011
Es la hora exacta en que se me hace obligado rondar por Parque Lezama. Es la luz perfecta. Son los colores precisos. Hace frio y sin embargo es verano. Es Buenos Aires y eso da el toque de imperfección imprescindible para sustentar la perfección. Nada en esta ciudad es real, ni siquiera las realidades virtuales ni los realismos mágicos. Acá todo convive sin entrechocarse, todo deja lugar a todo. El caos está tan pulcramente ensamblado que da la sensación de vivir en Buenos Aires, como si Buenos Aires existiera en realidad. Si no fuera por ese río que es mar, absolutamente todo quedaría a la deriva de las subjetividades oníricas de los canarios y cotorras. Todo es mentira; pero mentira de patas largas, patas largas que galopan una nube de pampa ancha, con cielo caprichoso de parpadeos insinuantes. Detrás del barranco la aplastante planicie, al margen del Rio de la Plata el puerto del Buen Hambre, sobre una tierra humus capaz de dar vida instantánea y sin grumos, germina la muerte gris de las púas de hormigón con escasos ventanales y balcones congestionados. En medio de la irrealidad los hombres. Los hombres y las mujeres que se piensan reales por ser hijos directos de un dios exclusivamente argentino, el Tata Dios, miembros indiscutidos de esa mitología porteña que habla de eternidad, motivo por lo cual, logra ser eterna e inquietante. Yo solo soy un paso más entre sus pasos, una entidad fantasmal tan inocua como imprescindible, en ese andamio de lucubraciones rítmicas que dan pulmón al quejoso bandoneón del dos por cuatro.
Amo los mapas, siempre los he amado. Me gusta acercarme a ellos desde el espacio. Primero admirar la exquisita bola azul sustentada en el infinito por titanes parados sobre una tortuga. Luego, mediante el zoom de mis delirios, aplanarlo sobre una mesa cualquiera, (que bien podría ser la mesa redonda de los caballeros del Rey Arturo o la mesa peluquín de los tangueros del café Tortoni), para destriparlo, adobarlo y por fin clavarlo en la cruz veraz del fogón trepidante de mis ojos ocultos tras dos lupas incendiarias y antojadizas. Después me dispongo a estudiar sus continentes. Primero imagino sus colores, a través de los colores invento geografías con destreza y exactitud. En cada accidente geográfico siembro hombres, y con todos los hombres hago una verdad, mi verdad. Nunca me equivoco, el mundo es tal cual lo he soñado. Viajando caí en la cuenta de esta virtud tan mía. Ni bien hube pisado Londres, o París, o Estambul, o Mar de Ajó para no hacerlo tan grandilocuente, me di cuenta que yo ya había estado allí mucho antes de haber llegado. Sabía exactamente como olería, como sería tratado y a que sabrían sus comidas. Esto, lejos de decepcionarme, alentó mi espíritu viajero en la apuesta íntima de mi arrogancia. Luego, por derecho de conocimiento y pertenencia, me asumí como ciudadano del mundo, cangándome en la estupidez de los pasaportes y los mezquinos permisos de trabajo. Disculpen, vuelvo a lo mío, ir por las ramas me seduce más, al igual que a hormigas y serpientes, que enroscarme en los firmes y erectos troncos de los temarios. Una vez enfrentado al mapa lo sintetizo con mi persona. Del planisferio hago mi nombre y con mi nombre desgrano el planisferio. Todo encaja perfectamente. Europa, la vieja Europa, representa todo lo que hay en mí de correcto y moral. Europa es el Pepe Grillo de mi conciencia, todo lo que debe ser, el superyó, pero al mismo tiempo, todo lo que nunca debe hacerse. “Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”, una virtud muy europea. Asia, en cambio, representa mi pasión por los intríngulis metafísicos, por los arcanos misterios de las almas y sus transmutaciones. Desde Buda hasta Confucio, desde Gandhi hasta la Vietnam de Margarite Duras, desde Angkor Wat a la Gran Muralla China, Asia es todo lo eterno que hay en mí. África, a su vez, reclama su presencia con un grito desgargante. Es la verdad innegable, la esencia de mi persona. Lo primero, lo prístino, lo indudablemente negro y salvaje, y por salvaje obsceno y truculento. África es lo que quema en las entrañas, el hambre voraz de ser, de existir más allá de las soledades y los mudos desprecios, el precio a pagar por ser diferente al resto de los diferentes que se suponen iguales. Y allá, a lo lejos, como salpicada de a ratos, está la Oceanía de la felicidad, las mil palmeras brotadas de la sal como la flor del loto reina en los pantanos, los agua cocos de las cosquillas sorpresivas de estrellas e indecencias, capaces de sonrojar al sol hasta hacerlo desaparecer vergüenza tras los océanos, solo aptos para la luna, acostumbrada a los senos erguidos y a los falos templados al amparo incesante de las mareas del corazón. Sí señor, todo encaja en este rompecabezas que viene a ser mi ser mundializado. La Antártida es el frío, lo cotidiano, todo lo que hay de involuntario en los músculos involuntarios, lo imponentemente misterioso que esconde lo obvio detrás del blanco, como si el blanco fuera uno solo, como si el blanco fuera un color. El corazón, los pulmones, todos los órganos que dan vida y son ninguneados por las vanidades, encuentran en la Antártida el templo de mis plegarias. Y por último está ella, la América de mis rebeldías congénitas, el verde manantial de las utopías y el rojo manantial de las masacres, los azules unicornios y los amarillos dioses hechos lingotes, la plata que por plata robo el plato de la Pacha mama y lo cambió ingenuo por un Platón de cruces, abalorios y fusiles. La América es mi tinta, la contradicción espejo, santo y seña de mi sonrisa y lágrima, mi sueño compartido por pulmones Amazonas, por bronquios Aconcaguas y Tupungatos, por alientos de granos gaviotas, por frutas selvas de machetes y plumajes. América, al igual que yo, se planta ante el mundo erguida en puntitas de pie, como si no quisiera dejar huella, como si le divirtiera el eterno equilibrio de lo imprevisible y sorpresivo. Todo encaja perfectamente, como decía, en esta loca manera de ver al mundo proyectado desde mi mano letra al papel universo, en esta manía de ver la imagen instalarse en mis pupilas hasta hacerme carne de su figura. Todo encaja menos una cosa. ¡La bendita Buenos Aires! Siempre dudaré quien fue el primero que escribió su nombre sobre un mapa ocre de dudosas geometrías y coordenadas. Es mentira que fue fundada; Buenos Aires, como bien dijera Borges, por eterna no resiste fundación alguna. Seguramente al principio solo fue una mancha descuidada en la torpeza marinera de las bodegas y los barriles, que fue disimulada bruscamente después por un nombre cualquiera, siendo jamás negada, y reconocida como cierta, en su error. Luego el tiempo se ocupó de lo demás. Cada barco que por allí se acercó proclamó su existencia guiado por los planos mitológicos más que por las brújulas y sus realidades. Quien dudara, o no lograba verla, era juzgado de ignorancia y llevado inmediatamente frente al garabato de tinta china que la justificaba al grito de: “¡No ves bestia, acá está, es este puntito negro!” Luego cuando esta artimaña se hizo insostenible, aun para el más imbécil de los reyes, fue necesaria una segunda fundación, que vino en realidad a ser una pantomima de la primera. La majestuosa, la única, la exclusiva Santa María del Buen Aire fue nacida de la intrincada imaginación de unos nautas inútiles con dudosas alcurnias y prontuarios, y tiempo después, afirmada y consolidada en la columna que vertebran las espadas y los crucifijos de los conquistadores omnipotentes, que proclaman hazañas en donde solo existen verborragias y blasfemias. Buenos Aires no existe, ni ha existido, ni existirá, y sin embargo y por esta misma razón, la ciudad toda se yergue indómita como la viva imagen del arte en el exclusivo mapamundi de mi persona. Buenos Aires es el arte hecho metrópolis, con su incontenible belleza, con su aplastante tenebrosidad, con su inutilidad tan sedientamente necesaria e imprescindible.
Si usted llega al Parque Lezama por la esquina de Defensa y Brasil seguramente me verá, aunque difícilmente me reconozca. Sus ojos irán, sin dudarlo, a posarse sobre ese mazacote arquitectónico que viene a ser el monumento a Don Pedro de Mendoza, el hidalgo de la mala suerte, (digno personaje ausente, y no, del Lazarillo de Tormes), que ostenta medallas fundacionales inmerecidas e innecesarias. No se deje engañar, en el piletón que lo rodea no hay agua, así que guarde sus monedas porque acá, nadie da suerte por qué sí. Detrás del monumento, la delicia; en la delicia mis pies de huellas esquivas buscando sitio donde detenerse. Largas horas de mi vida he invertido en este paisaje. La búsqueda frenética de algo cierto en este sinsentido se ve amparada, en esta hora exacta, en el verde barranco que cae sobre la avenida Paseo Colón. A escasos metros, en dirección a La Boca, se eleva el Argerich, el hospital que vio nacer a mi hermana más pequeña. Rumbo a Puerto Madero, bajando por la calle Brasil, se encuentra el casino, ese barco que vio florecer en mí, el yo más laboralmente eficiente y socialmente integrado. Si miro a la derecha, puedo imaginar a escasas dos cuadras el “Despliegue”, sin duda la casa más bonita que me cobijó hace más de una década atrás, fruto de mi esfuerzo y entrega. Si miro a la izquierda, en cambio, se me da por imaginar la casa de mi madre en Plaza Dorrego, con su feria dominguera y su tropilla de borrachos; el alarido subsuelo del esclavo y la descuidada carcajada del turista displicente. Y a mi espalda, sobre calle Defensa, como un fondo macabro, como un marco destartalado y asimétrico se encuentra él, el geriátrico que vio morir la última muerte de mi abuela. Sí, mi abuela murió varias muertes. Yo las lloré todas y sin embargo, siempre estuve ausente en todos sus entierros. Primero murió su corazón cuando renunció a su familia e historia, luego murió su alma tras el alzhéimer, y por último su cuerpo, víctima de los años irrefrenables. Perdón vuelvo al tema. Hace frío. Es la hora de la ceremonia, del ritual. Los colores son precisos, el aire anuncia como el Bautista un río que no se ve pero existe… Cerrar los ojos; todo es mentira, todo desaparece… Extender los brazos y alzarlos a la altura de los hombros; todo es una cruz, todo es un abrazo inconcluso… Girar lentamente tres veces, primero en el sentido de las agujas del reloj; todo es relativo, todo se relaciona. Girar lentamente tres veces, ahora en el sentido contrario; todo viene a mí y me atraviesa, todo brota de mí y se expande. Girar ahora velozmente en el sentido de su antojo; todo es centrípeto en la empatía, todo se diluye y centrifuga en la antipática apatía… Frenar de golpe, inercia, marearse como lo hacen los niños por diversión y los borrachos por evasión… Abrir los ojos sorpresivamente y ver cómo han cambiado las cosas, como se ha modificado el mundo mentiroso de esta ciudad que todo permite, que todo sentencia. Por último sonreír o reír, eso depende de las circunstancias, y agradecer al infinito la buena nueva. Todo es mentira, Buenos Aire no existe en esa verdad que viene a ser la realidad, por el contrario, cada vez que uno abre los ojos se enfrenta a ella por primera vez. (Nunca dejar de saludar ni dar la bienvenida a los nuevos evangelios). No hay que temer, no hay que preocuparse, no hay que avergonzarse. Usted es Cristo y yo soy Dios, el Tata Dios… ¿o era al revés…? da igual, todo da igual en el hábitat porteño de los deseos y las fantasías. Amo los ritos y las ceremonias, las misas, los sacrificios y los martirios. Amo todo lo vetusto, lo pasado de moda y adoro las plegarias. Quien conoce la soledad y la hace carne, sabe lo imprescindible de las obsesiones. Todo acto tiene un significado, nada es porqué sí aunque todo de igual, todo tiene un fin bien definido y establecido; dar sustento al principio, a la existencia, sea esta real o falsa, imaginada por unos inútiles, como bien podría ser el caso de Buenos Aires, o llena de inutilidad, como bien podría ser la mía. El ritual de girar sobre mí mismo me acompaña desde muy pequeño. Esta liturgia siempre me ha dado buen resultado. Primero empezó como un juego, luego como una negación a todo lo que me salía mal, que dicho sea de paso era todo lo que me proponía hacer, y por último como una invitación a la sorpresa, como un barajar de cartas, como un agitar de dados, como un analizar la borra del café o el hígado de un pato. Me gusta descubrir Buenos Aires todos los días que puedo, todas las veces que puedo, en la ventura o esperanza de que haya un Buenos Aires para mí, un Buenos Aires que se acople a mi planisferio de corteza dérmica y miga desquiciada, que encaje sutilmente sin aditivos como un beso encaja en otro beso, a pesar de las lenguas y los dientes o quizás, gracias a ellos. El hecho de dar vueltas, sumido en la creencia sufí de los derviches, adquiere en esta ciudad una cualidad auténticamente maravillosa y espeluznante. Dar vueltas y arremolinar con uno a Buenos Aires es dar nacimiento al refusilo genuino del arte. Dar vueltas aquí es ver al arte penetrar, es ver al arte brotar, es ver al arte a los ojos y quedar piedra ante las mil serpientes de la Medusa gamberra de los posibles, los imposibles y los impensados. Arremolinar Buenos Aires y no sucumbir embriagado en la catarsis omnisciente de lo inútil, de lo artístico, es sin duda, o al menos debiera serlo, motivo más que suficiente para ser condenado a vagar por un shopping cualquiera por los siglos de los siglos. Hacer de Buenos Aires un gran tornado y dejarse llevar en la vorágine, tanto interior como exterior, es la manera más simple que tienen los tras-tornados para acreditar sus blasones, para aducir sus inutilidades. La eterna sonrisa porteña se enciende y apaga frente al espejo de nuestras cámaras fotográficas, de a ratitos, ceremoniosa, formalmente falaz amparada en el secreto codificado de nuestras informalidades, como si jugáramos a la maestra y sus alumnos; ella, con el puntero en la mano (Que deliciosa antigüedad); nosotros, en los millones de pupitres que bien pueden ser mesas de bares, paradas de colectivos, estaciones de trenes, infinitas esquinas enroscando infinitas avenidas, balcones de un malvón y dos sombras, cocinas de un mate solitario retumbando en la voz dialogante de radios y televisores, sabedora de todas las respuestas inherentes a las soledad en las multitudes solitarias.
Todo ha cambiado en la mentirosa Buenos Aires. Luego del ritual, boca abro mi sorpresa… Parque Lezama… Mi figura enfrentando la avenida Paseo Colón… El hospital Argerich es el casino en donde se juega la vida el grito subterráneo del esclavo en las tragamonedas displicente de los funcionarios turísticos y carcajeantes. Mi hermana aún espera nacer y recorre sus pasillos con una guitarra al hombro, preguntando por las mesas del punto y banca sin demasiada fortuna. En Puerto Madero un barco ve morir en mí, el yo más creativo e inútil, ahogándolo en un mar de borrachos feriantes, hipnotizándolo en una línea blanca de crupieres domingueros sin ruleta ni lunes; a mi lado mi abuela vestida con calzas fucsias y enormes aros apuesta su pensión al Black Jack y al whisky etiqueta roja. En Plaza Dorrego ya no queda nada de tantas cosas que hay en el aplastante cúmulo de baratijas y mercaderes. Cristo que es usted y Tata Dios que soy yo… ¿o era al revés…? da igual, en vano tratamos de desalojar a los fenicios. Un pibe fuma paco; un hombre, pico y pala en mano, yace drogado bajo un palo borracho enjaulado tras rejas ciegas, sordas y mudas. Mi madre recorre el “Despliegue” cobijada por un mate hervido, escuchando el eco sabelotodo del televisor que retumba incesantemente en la acústica solitaria de los barrancos inútiles e ignorados. Esfuerzo, entrega, ¡Qué futilidad! Y a mi espalda, como un marco macabro, se encuentra él, el geriátrico esperanzado en dar muerte a mi cuerpo de inútiles huesos, responsable de los mil actos inútiles de eso que llaman vida las historias clínicas, los antecedentes penales, y las ajadas planillas del registro civil. ¿Será una condena? ¿Será una maldición? ¿Será un hecho inapelable de justicia? Morir como se ha vivido, lejos de ser un acto de nobleza, a veces es una crueldad descarnada… Suerte que estoy en Buenos Aires y aquí todo es irreal. Basta un alzar las manos, un cerrar los ojos, un girar sin remilgos enroscando al aire bautista de la costilla rivereña, para que todo desaparezca y renazca. Suerte que estoy Buenos Aires y no en Madrid. En Madrid no sirven los rituales. Los desprecia. Uno puede girar y girar y siempre se encuentra en el mismo sitio. Todo lo hace frío. Las palabras tiernas se hielan antes de ser nutricias y caen al abismo de los olvidos y los silencios. Todo lo que uno quiere escupe realidad. Todo es contundente, todo es lo que es y por ende lo que debe ser. Cuando más se gira más salpica, al igual que un balde lleno de agua, y uno termina empapado sin saber si es baba, si es flema, si es nieve, si es lágrima, si es sangre, o si es la sabia de la culpa merecida, el elixir viscoso que cala impío nuestro cuerpo. En Madrid no existe el perdón, es tan asquerosamente real, tan racional, tan fraternalmente cófrade, que termina clavando a golpe de cruces martillos, estacas de verdades agudas en las manos agarrotadas y suplicantes de los enfermos de inutilidad poética, de los neuróticos fóbicos de vergüenzas imposibles de aceptar, porqué de aceptarse significaría aceptar la locura. Madrid odia los pasos que puedan desnudarla pero igual se deja caminar en la artimaña traidora de la seducción… Al olvido lo culpan los que recuerdan… Perdón he vuelto a dispersarme. Al igual que las palomas y las golondrinas prefiero los horizontes amplios a los nichos amortajados, a los temas centrales de la narrativa. Vaya mierda de realidad mentirosa la que se me ha presentado. Suerte que estoy acá, que solo me bastan unas cuantas vueltitas para que todo se modifique. Odio cuando el ritual no funciona, cuando se repite y trae a mí, imágenes ya acopladas en los vagones del recuerdo. Es como si el destino jugara conmigo, como si estuviera perezoso o se volviera perverso. Todo es mentira y sin embargo duele. De eso se trata. Hay que vivir la mentira pero no creerla. Si la creés vas derechito al infierno sin pasar siquiera, por patíbulos ni confesionarios. Debo apresurarme, esta buena nueva del Buenos Aires cruel es tediosa y aburrida. Carece de sorpresas para mí. Nada puede revelarme que yo ya no sepa. Detesto la prensa amarilla cuando se disfraza de tango. Al contrario de lo que la gente cree, el tango es otra cosa. El tango es un corte y una quebrada, un anudar de piernas seguido de un desatar de cuerpos, es un firulete barroco de movimientos sensiblemente plasmados, solo un flash, retorcido y punzante eso sí, pero no por esto deja de ser solo un flash. El tango al igual que Buenos Aires, solo es un conjunto de imágenes contrapuestas, yuxtapuestas, e integradas en las retinas de quien lo escucha, ve, o inventa. Es intangible, pícaro y endiablado, es todo lo necesario que debe tener una mentira para ser considerada mentira. El tango no es triste, el tango es transmutación, es metamorfosis adoquinada a fuerza de tajo cuchillo, tuberculosis y putas irredentas. En el tango todo fluye, como fluye el resoplido del bandoneón, como fluye el río que lo sustenta y vigoriza, como fluyen las aspas de mis manos cuando mi cuerpo molino gira y gira Quijote, ante el desprecio de ese mundo real al que nada le importa, donde todo es mentira en su falsa verdad. Buenos Aires silba el tango y el tango llueve Buenos Aires en la poesía Troilo de un barrio en donde se pueden contar cien barrios, cuando uno sabe ver y sentir. Si logró comprender lo del padre, el hijo, y el espíritu santo, no le será complicado entender lo que digo. Buenos Aires al igual que el tango se vive en negativo. Es la sombra que resalta la luz, es el no de las mujeres cuando dicen sí, es la inutilidad del arte que reafirma la obra artística, es el ejército de los inútiles plantando batalla al eficiente entramado de esa vida real que debe ser, y que sin embargo a nadie conforma. Buenos Aires no es una novela, mucho menos un bestseller, ni un devenir de fachadas arquitectónicas eclécticas, ni un gran fresco en las mansiones florentinas, ni un coro de ángeles serafines, ni una pirámide de rocas proclamando platillo voladores. Buenos Aires es un inmenso semillero de personajes y luces en donde habitan las musas ávidas de ser encontradas al azar, como los perritos enjaulados esperan en las vidrieras de las veterinarias. Aquí todo es inconcluso, es una sumatoria de historias posibles, un abismo de finales abiertos, una biblioteca de ensayos y bocetos augurando genios y genialidades. Aquí solo hay hombres, mujeres y niños; detrás de cada hombre, mujer y niño se encuentra un Dios, el Tata Dios, con su Cristo y sus discípulos correspondientes; detrás de cada Dios una mitología única, una cosmogonía particular, un Olimpo de nubes exclusivas que se derraman y estancan sin pudrirse en el café de media tarde o en el hipnotismo de quien está solo y espera. Tomados en conjunto verá plasmarse el misterio y el milagro de ser y de no existir al mismo tiempo. Al igual que Buenos Aires, que un Dios, los porteños solo existirán si alguien cree en ellos, y existir en la creencia es no existir. Esta ciudad no es una novela, ni un cuadro maravilloso, ni una escultura de exquisita delicadeza, es por el contrario, el semillero inútil del arte suplicando en su belleza, en su tenebrosidad, la pleitesía y plegaría de algún artista que viabilice su inutilidad en una obra maestra, en una obra artística que de sustancia y razón a un planisferio de irracionalidades sintetizado azarosamente, en figuras humanas de ternuras empalagosas, de soberbias negociables, de lenguas indómitas, de pasiones descocidas y ajadas, víctimas inocentes o no, de una humedad permanente y constante.
Se me hace urgente repetir el ritual, he vuelto a dispersarme y mi madre vaga sola por una casa que fue mi casa. Odio que mi madre sufra, imaginarlo me destierra y me inmoviliza. Debo apresurarme. Mi abuela a esta altura ya habrá perdido hasta el ADN en algún tapete verde de engañosa esperanza y mi hermana aun espera nacer vagando guitarra al hombro… suerte que estoy en esta ciudad dúctil y permeable… Dios…, que alguien apague esta cabeza. Desde el hemisferio derecho de mi cerebro Europa escupe culpa. Reclama mi vergüenza ante tanta inutilidad. A mi edad ya debiera haber resuelto mi vida y con ella la de los míos. Que ya estoy viejo para rituales boludos, dice, y me atraviesa la conciencia con una bala de plata. “Recuerda, recuerda”, exige, “recuerda el geriátrico, recuerda el futuro”, insiste… Desde la sutileza, Asia, se viste de hemisferio izquierdo y me reclama que fije mi atención en ese gracioso camino de hormigas, y que de entre todas las hormigas me centre en una, la del culo más gordo. La hormiga culona parece totalmente integrada. Sin duda es diferente. La diferencia debe tener algún sentido, ya genético, ya social. Nadie es diferente porque sí. A ojos vista cumple exactamente la misma tarea que las demás, en este mismo momento solo camina. No lleva sobre ella ni hojas verdes, ni palitos marrones. Solo carga con su enorme culo en medio de los culos promediamente medianos, se me ocurre que silba La Cucaracha, eso me parece sumamente divertido. El hecho exacto de compartir el mismo universo y de alimentar la misma mentira me hace balancearme al compás de sus patas graciosas. Si fuera mujer, hubiera sucumbido seguramente a sus encantos, y hubiera despertado en mí, el feroz instinto del goce ocasional, pero al ser solo una hormiga, muero de amor por ella en este mismo instante a punto de rogarle matrimonio o al menos correspondencia… ¡Estalla África! Un río de sangre borbotea en los tambores del corazón, las venas crujen en rápidos bermellones globulares pidiendo guerra, se dilatan los poros hasta escupir la sal de los sudores y ruge hambrienta de ansiedad como leona recién parida. ¡Fobia!, ¡Esquizofrenia!, ¡Paranoia!, gritan los alaridos rítmicos de las tribus caníbales con sus ollas bulliciosas y efervescentes ocultas en mis orejas. Asedian los pigmeos exitosamente el palacio de mi autoestima. Me ahogo. Me falta el aire. Debo realizar el ritual. Todos sufren. Sufro. Todo es mentira… Todo es mentira… Una mandarina… Una mandarina… Oceanía de gajos perfectos con semillas de versos tropicales… Desde Samoa y Papúa reivindican sus caníbales que también se comen los cuerpos a la hora de amor… Sorpresiva, entonces, América me toma por la espalda, me gira y me enfrenta a sus pechos de lava oculta para aferrarme locura con sus manos de guacamayos y mazorcas. “…Ay mi niño, gira, gira conmigo, hagamos juntos el ritual de la nueva esperanza, estamos en Buenos Aires, ¿a dónde te habías ido?, ya estás acá, ya volviste, sos tan lindo, te amo tanto, gira mi niño, gira conmigo, Buenos Aires es tuyo, seguro que hay un Buenos Aires para vos, mientras yo tenga tinta y vos tengas manos estamos en camino, estamos despertando…”. Canta América y yo vuelo hasta caer exhausto y Antártida a la nueva realidad que no es realidad a pesar de parecerlo. Frente a mí no hay nada, miro a mi izquierda no hay nada, a mi derecha tampoco nada, detrás de mí, él, el geriátrico, pero esta vez con las puertas cerradas y oculto tras una enredadera sin flores ni detalle alguno. De la nada una voz. “Hola”, me dice, luego el silencio.