I
Cuando nació Inesita, nació la casa. Nunca se supo quién parió a quién. Tres generaciones tardaron ambas en llegar a la vida y tras esa vida, ambas murieron. Ninguna de las dos caminaba. Inesita tenía ruedas en el culo según sus palabras, la casa luz en los relojes. Una era la forma, la otra la esencia. Al igual que el mundo, mientras una giraba sobre su eje la otra lo hacía alrededor del sol. ¿Quién era quién ? Sin duda llegaron a fundirse de tal manera, que imposible fue identificarlas con los años.
La casa tenía dos pisos. Arriba una habitación con baño; Abajo el salón, la cocina, otro baño y dos habitaciones unidas por un pasillo. Inesita tenía dos plantas también; Arriba su carne y su alma, debajo su silla de cromadas ruedas y acolchado asiento, con alto respaldo y tres marchas si contamos la marcha atrás como una de sus virtudes.
A los quince años Inesita caminaba, y corriendo había subido por la escalera de la mano de aquél joven que jamás volvió a nombrarla después de ese día. Había hecho el amor por primera vez en la cama de sus padres, vivos por aquél entonces, y había jurado amor eterno entre arrumacos y cosquillas en los pies. ¡Cosquillas en los pies ! Como le gustaban. Luego, medio desnuda, corrió escaleras abajo como una niña festejando un caramelo y tropezó, y rodó, y gritó, y quedó tendida en el suelo, boca arriba, boquiabierta, denunciando su vergüenza de mujer amada y deteniendo sus pasos para siempre.
Todos lloraron menos ella que lo entendió todo. El padre lloró la desgracia y castigó a trompada limpia al semental causante de la tragedia. La madre lloró la virginidad perdida y exigió casamiento sin fortuna alguna. El amante lloró por las hostias y por imaginarse condenado a empujar una silla por el restos de sus días.
Luego, como siempre ocurre, el padre olvidó escondido en el olvido y murió. La madre naufragó navegando en el silencio y murió. El amante rió en otros lechos y con cosquillas de juventud descubrió los pies del matrimonio, muriendo sin morir hasta hoy en día.
Inesita no lloró. Lo entendió todo. La planta alta de la casa era el cielo y ella por pecadora había sido expulsada del paraíso. Perdida la inocencia fue echada del edén sin más explicaciones que un aquí te pudras, para nunca más regresar. Condenada a andar sobre el infierno, que todo lo dirige, que todo lo marca, transita por esta tierra amueblada con una naturaleza de dudoso gusto. Deambula por las habitaciones rogando al techo que aguante, que deje de llover, que deje de cubrirse de negras humedades, que no se abra en el apocalipsis al ritmo de los clarines crujientes. Ella, aún , necesita vivir un poco más. La casa pone las reglas, los dioses. Ella la mitología. Por amor había olvidado pedir permiso a los cimientos y agradecer a las columnas y por tal descuido y arrogancia, había quedado condenada a rodar sin rumbo como una luna sin estrellas. Ahora antes de clavar un clavo pide perdón a la pared y da sus explicaciones. Si se rompe un grifo no lo arregla, pues si la casa lo hubiera querido sano no lo hubiera roto. Medieval, montada en su era contemporánea súper sport, Inesita tiene una estrategia para vivir y la lleva a raja tablas. Es estricta por creyente y astuta por pragmática. La casa la acompaña cómplice y feliz ayudando en la tarea.
El primer paso según percibo ahora, fue contratarme a mí. El convenio deja explícito claramente mis funciones. A saber. Primero: higiene y mantenimiento de la abajo firmante y la casa, a partir de ahora Nosotras, en el más absoluto silencio y decoro. Entiéndase mantenimiento no por tareas de reparación ni sustentación, sino por llevar a cabo las tareas cotidianas que toda vida requiere. Nosotras no necesitamos albañil, ni compañía. Necesitamos un cuerpo que nos represente en actos que nos son imposibles de cumplimentar. Segundo: discreción absoluta y sumisión verdadera. No preguntar nunca. No se exige compartir las decisiones solo respetarlas. Tercero: buen humor, buen criterio, sentido común y creatividad en las tareas solicitadas. No compartir o no entender el porqué de una tarea no da lugar a la estupidez o la mediocridad. A cambio de esto sería retribuido generosamente, alimentado, vestido y hospedado según mis gustos y deseos siempre y cuando no interfieran con las reglas y condiciones estipuladas.
Firmé complacido pues me parecía un buen trabajo. Fácil de realizar y bien remunerado. No tenía donde ir, no tenía nada que contar, solo necesitaba que alguien me guiara y me dijera lo que tenía que hacer y de eso se trataba el asunto. Dude por un momento en la solvencia de la anciana, pero como si ella escuchara mi pensamiento dijo hablando al florero” Parece buen muchacho, espero que entienda que el no tener suerte en la salud no significa no tener fortuna en el banco”. Esta actitud, que pronto dejo de sorprenderme, me cautivó. Cuando Inesita hablaba con un objeto lo rozaba con sus largos dedos amarillos y lo miraba fijamente como si fuera a darle un beso. Así las flores entendían que hablaba con el florero y no con ellas. Hasta su muerte jamás me habló, jamás me miró, jamás me rozó. Manera inteligente de no dar respuestas a alguien que sabía nunca la comprendería en totalidad. Cuando entré a esa casa dejé de existir como para siempre.
Luego de convivir con ellas una semana, adecuándome a los espacios y a sus costumbres, nada simples por cierto, Inesita decidió dar el segundo paso, y usando una naranja por testigo sugirió como ordenando hacer unas de las cosas más increíbles que me había tocado vivir hasta entonces. Pronto me di cuenta que este era solo el principio. Sí hasta normal, diría, me parece visto a través de los años.
Aquella mañana sin julio ni agosto, pero fría, caminé por Buenos Aires al ritmo caótico que marca el dos por cuatro de sus calles. Ignorado y anónimo me sentí como en casa, con la diferencia que el mendigo me miró a los ojos y no al adoquín para hablarme. En ese momento me sonreí al pensarlo. Hoy me hubiera ofendido. Mi objetivo era simple, editar anuncios en los diferentes diarios de la capital, visitar unos cuantos geriátricos para colgar carteles, e ir al Hospital Borda para contratar una publicidad en Radio La Colifata,la única radio dirigida y organizada por locos en todo el mundo. El mensaje era tan claro como enigmático. “Escucho historias, las pago si me gustan y me quedo con ellas sin lugar a reclamo”. No me fue fácil salir del manicomio, lo juro. No porque me hubieran detenido sino porque de repente me sentí completamente integrado en ese mundo de sinsentidos.
Inesita había decidido coleccionar y liberar fantasmas del alma. Comprar a esos Faustos incautos sus recuerdos, despojarlos de ellos para siempre y así poblar su cielo vacío desde hace décadas, garantizando de ésta manera una interesante compañía una vez el techo se abra y la sepulte. Así como ella había decidió la soledad en la vida, decidió también la amistad en la muerte.
Debo confesar que al principio me reí de lo que pensaba delirios, luego los cuestioné moralmente y al final terminé por amarlos como si hubieran sido míos desde siempre.
Es aquí cuando en realidad comienza la historia, su historia que como siempre ocurre, es la historia de muchos.
Aquella tarde Inesita hablaba acaloradamente sobre la propiedad privada con el picaporte de su habitación. Yo la escuché atentamente mientras fregaba el pasillo, así como distraído, evitando parecer indiscreto. No me movía la curiosidad pero siempre estaba la duda de que me estuviera hablando a mí en realidad. Duda que ella se encargó de disipar rápidamente. “¡Ay picaporte!” -Dijo- ” Hay quién pretende cazar a las palabras ignorando que son éstas las que apuntan hacia él. Las palabras, como los pedos quedan en el aire por siempre. Unas entran al alma por las orejas y los otros por la nariz, y una vez que entran no se van nunca. Si una palabra es para ti te llegará por más que corras, que te escondas. Imposible de hacer oído sordo porque el decir es sentenciar y la palabra es sentencia inescrutable. Mis palabras siempre llegan a destino, de eso se ocupa la casa. No entiendo esa manía que tiene la gente de escuchar palabras ajenas y rehuir a las que le son propias. Es un sinsentido tan grande como vender la tierra que no es de nadie. La tierra no es de los hombres, los hombres son de la tierra. Ella es la madre y nosotros los hijos. ¡Válgame Dios! La casa no es mía, yo soy de la casa. ¿Cómo hecho tan simple parece tan complicado? ” Miró atentamente al picaporte esperando una respuesta. Tanto la puerta como yo, habiendo comprendido el mensaje, mostramos total indiferencia.
A las cinco de la tarde esperaba Inesita al primer interesado en su propuesta. A las cinco menos cinco calenté el agua y preparé el mate, “ya que otra cosa no se servía en esta casa” . Había comprado medialunas de grasa en “La ideal ” ,y algunos alfajores de maicena por si el hombre gustaba de lo dulce. Estaba todo dispuesto sobre la mesa, el cuaderno, tres lapiceras de diferentes colores, las flores, algunos pañuelos por si él hombre era amigo de las lágrimas y la cámara de fotos que aunque rota, daba el toque de seriedad periodística que Inesita amaba dar a sus entrevistas. Cinco menos un minuto me paré junto a la puerta. Cinco en punto sonó el timbre. Cinco y un minuto un alfajor me dio orden de abrir.
II
No me sorprendió su vejez, sí su mirar. Era visco. Quizá sea esto lo que más me llamó la atención en aquel primer y último encuentro. Por lo demás pensé que era un tuerto en un mundo sin ciegos. Un ninguno entre los millones de nadies que hay en ésta, nuestra ciudad. ¿Puede ser un visco tuerto sin ciegos uno más? Pues sí. Eso pensé entonces entre risas disimuladas, ahora me arrepiento.
Me dijo su nombre, el cual ya no recuerdo, me preguntó por la señora y esperó solemnemente que lo anuncie. Inesita aguardaba en la mesa del salón más feliz que cascabel en la pulsera de Onán. “Dígame como es ” ordenó al mantel y yo respondí ” Bizcocho, ya sabe” , entrecruzando mis dos dedos índices a la altura de los ojos. Ella rió por lo bajo diciendo al sillón – ” Espero que bizcocho de naranja amarga porque salado y dulce ya tenemos para el mate” .”Hágalo pasar” me pidió el plato y obedecí.
Frente a frente, Inesita y el hombre se miraron. Ambos se compadecieron de ambos, y yo me compadecí por los dos. Ante mi sorpresa ella lo miró a los ojos, o sólo a uno de ellos, quién sabe- (Tampoco era cuestión de que ella le metiera su dedo largo y amarillo en una de las órbitas para aclarar el asunto.)-,y comenzó la entrevista.
Trataré de describir lo más fielmente posible la conversación sin dejarme llevar por mis comentarios maliciosos.
-Dígame señor : ¿ Es verdad que los viscos ven el mundo de manera cubista, y que de dos perfiles hacen una cara? .
- Tan verdad como que los paralíticos pisan menos que un gallo de veleta. De ahí que giren tanto buscando gallinas.
- Aclarado el asunto… ¿ Qué tiene para contarme?
- No lo sé aún… ¿Conoce el poema El Enamorado de Borges?
- ¿Quiere un mate? Yo lo tomo amargo porque sino engordo y las ruedas me hacen un ruido espantoso, ya entiende… y me dan esas jaquecas espantosas que no se van hasta pasada la media tarde. ¡Coma hombre! No haga cumplidos que lo hemos comprado por usted, y si no se come después queda para las ratas. Son las ratas o usted, a mi me da lo mismo la verdad, pero se lo ve tan delgadito y a ellas tan opulentas… ¿Que me decía del amor?
- Le preguntaba si conocía el poema de Borges Los Enamorados.
- Ese que dice ” …Estar contigo o no estar contigo, esa es la medida de mi tiempo… Muy bonito. Coma.
- No. Ese no. Ese es El Amenazado, ese es otro.
- ¿Sabe qué pasa? Los años pasan. Tengo la cabeza hecha un lio y en un mismo plano. Cómo las pinturas medievales. ¿Vio? Donde el tiempo se ampara en la eternidad divina dejando así de tener sentido, y encontramos el belén, el martirio y la anunciación en un mismo lienzo. Al igual – Cantando- “… que la vidriera irrespetuosa de los cambalaches…”¿ le gusta Discépolo? Me encanta el tango.
- Me gusta el poema Los Enamorados de Borges.
- ¡Qué pesaditos estamos con el poemita de Borges! A ver dígame de que va ya que tanto interés pone en el asunto.
- “… Debo fingir que hay otros. Es mentira. Sólo tú eres. Tú mi desventura y mi ventura, inagotable y pura…”
- ¿Borges era maricón?
- ¡Noooooo! ¿Por?
- Como dice que debe fingir que hay otros y no otras…
- Se refiere a los amores.
-¡ Ahhhh ! Que susto. ¿Quiere medialunas de grasa? Son de “La ideal”.
- No. Gracias. ¿Quiere escuchar mi historia o prefiere que me vaya?
- No tengo otro interés, se lo aseguro. ¿Quiere un mate amargo? Porque dulce me engorda y después sueno por todos lados. Ya sabe… Los gases… Las ruedas… Pero cuente hombre, cuente, que después le saco una foto, eso sí, debe peinarse un poco. Ya que todavía tiene pelo debería ser más agradecido con el Señor y peinarlo. ¿No le parece ? Me estaba diciendo que Borges no era maricón. Siga.
- Mire a mi no me importa la sexualidad de Borges…
- Debería. ¿No es usted creyente?
-Si señora soy creyente. Pero no creo que usted tenga ningún interés en escucharme.
- No se ponga así hombre. Sólo intento romper el hielo. Lo escucho.
-Sólo logra romper los huevos. Cállese y escuche por favor. Luego me dirá si quiere comprar mi historia. Hasta entonces guarde silencio, se lo suplico.
- ¡Qué carácter de mierda! Soy toda oídos.
- Estuve enamorado. Estoy enamorado. Pero como dice Borges en su Haiku nº 13” Bajo la luna la sombra que se alarga es una sola”. Supe que la perdía aún antes de perderla y esa es mi condena.
- Hábleme de ella.
- Era la luz, la risa, la mañana y la tarde. Era la juventud, el estrépito, la risa clara. Yo era el amor.
- ¿Murió?
- No. Hablo en pasado porque allí pertenece.
- Cuénteme el momento más sublime que recuerde a su lado.
- Sin duda alguna fue en Latakkia. ¿Conoce?
- No. Solo conozco París y Mar del Plata. Latakkia ni de nombre.
- Latakkia es un puerto de Siria sobre el mediterráneo para que se ubique. Habíamos ido allí para visitar Ugarit, unas ruinas famosas. Restos de una civilización inquietante que junto con Biblos fueron responsables del primer alfabeto de la humanidad. Fascinante. Imagínesela a ella corriendo entre los mármoles y descifrando cada misterio. Radiante. Más radiante que el sol que lo abrazaba todo. Así la había visto en Palmira rivalizando en hermosura con la reina Xenobia, y en Dura Europodos naranja disfrazada de tarde, sobre un fondo azul intenso que sólo el río Éufrates puede regalar. Yo disfrutaba mirándola a ella. Ella disfrutaba pensando en lo que contaría a su regreso. Los dos felices por motivos diferentes, pero igual de ufanos, esa noche nos amamos en una habitación sin lujo, donde lo único que recuerdo fue que de las dos camas hicimos una y de los dos cuerpos hicimos el amor, como queriendo hacer del amor un hijo. Luego vendría lo demás y luego de lo demás el regreso. Una vez aquí…
- Está bien la compro. ¿Cuánto quiere por ella?
- Pero si todavía no he terminado. Falta el final.
- Yo, sepa usted señor mío, solo compro lo mejor. Y según sus propias palabras fue Latakkia lo mejor de su historia. Después viene la decadencia y eso lo dejo para usted. No me interesan los orines, amo el buen vino. ¿Cuánto quiere?
- No lo sé. Sólo quería quitarme esta angustia que me atormenta y me ahoga.
- ¿Y qué le hizo pensar que yo estaba interesada en comprar su mierda? Yo necesito magia como necesitamos todos, que mierda me sobra con la mía propia. Le ofrezco quinientos pesos por su recuerdo.
- Eso es demasiado señora. Además yo nunca dejaré de recordarlo.
- De eso no estoy tan segura. ¿Acepta?
- Acepto.
- Firme aquí.
El Bizcocho firmó cándido. Inocente, confundido, y con una tristeza infinita me acompañó hasta la puerta. Cuando iba a cerrar, agarrándome del brazo me dijo” La mayor frustración de mi vida es no haber perdido nunca la cabeza por una mujer”. Siempre se está a tiempo – le respondí-.
Cerré la puerta con llave, y cuando me giré para juntar la mesa vi a Inesita hablando tímidamente con un fantasma muy fornido, vestido de turista más que de explorador, con esa mirada que sólo los enamorados capturan y esa risa que sólo la juventud delata. Ella le preguntaba si sabía hacer cosquillas en los pies, él le respondía que sólo para eso había nacido. Inesita mirándolo a los ojos lo acompañó hasta la escalera y posando sus dedos amarillos sobre las mejillas morenas del amante dijo, y las palabras son sentencias inescrutables: “Sube amor mío eres el primer huésped de mi paraíso”. La casa entendió y festejó que Inesita había encontrado amor para toda la eternidad.
III
La casa olía especialmente a limones aquella tarde sin motivo alguno. Extraño. Eso pensé.
No se escuchaba ni el vuelo de una mosca. El fantasma no había citado a Borges en todo el día, lo cual después de un mes de convivencia era de agradecer. Ningún objeto se dirigía a mí, ni las maderas crujieron, ni el viento frio atravesó el salón cuando Inesita abrió la puerta de su habitación. Vestía su vestido de flores rojas y peinaba para atrás con el pelo recogido en un broche de plástico que seguramente regalaba alguna revista de moda. Horroroso. Eso pensé.
Las entrevistas se habían sucedido, una tras otra sin mayor suerte. Ninguna había pasado el filtro que Inesita se enorgullecía de utilizar estrictamente. Sólo ella conocía lo que buscaba. Sólo ella tenía las llaves del paraíso. Para mí era todo un misterio, porque a decir verdad, muchas historias llegaron a conmoverme más que el vizcocho, que a estas alturas me caía, por decirlo de alguna manera, pesadito. Historias que contaré más adelante cuando la rutina y la chatura me lo permitan.
Con la silla de ruedas en primera, es decir a paso de hormiga coja, Inesita se dirigió al centro de la alfombra, justo donde el dibujo formaba un medallón de rosas entretejidas. Y con una solemnidad y autoridad que hubiera envidiado cualquier emperador a la hora de su coronación en Santa Sofía, levantó los dedos como quién pide la palabra.
Ahora que ya me entendía con la casa y sus objetos, vi cierta inquietud en el aire. Un revuelo similar a los alumnos que tratan de esquivar el llamado del profesor. Sin duda Inesita era de temer. Pánico causaba a la hora de sus conversaciones. Más de un trasto fue a parar al baúl que ella denominaba de las navidades, a donde terminaban las cosas que supuestamente regalaría pero que nunca regalaba, por no dar la respuesta correcta. Así de airada era.
Para sorpresa de todos posó sus dedos sobre su barbilla, cómo escogiendo un plato para la cena, como dudando, y comenzó a hablar.
Trataré de transmitir tan apasionante soliloquio lo más fielmente posible.
Dijo:
- Es obvio que el tamaño importa, pero por motivos diferentes a los que la gente supone. Importa en la relación hombría hombre. Parece complicado pero no lo es. Veamos ejemplos:
- Hombre poronguero de corazón pequeño. El árbol no deja ver el bosque y perdemos la perspectiva del todo. Máxima aspiración: Gravar en él un corazón con nuestro nombre y sacar una foto para mostrar a los amigos.
-Hombre con picha pequeña y corazón grande. El bosque tapa al árbol y nos perdemos en él al no tener referencias claras que marquen el camino. Máxima aspiración: Salir de tanto enredo sin que nos saquen fotos nuestros amigos.
Hombre con picha y corazón sin más. La pampa, la llanura. Máxima aspiración: Que tenga un lunar para imaginar un rancho y un pearcing para tener sombra en verano. Ni soñar que haya alguien cien kilómetros a la redonda para sacar una puta foto.
Hombre pijudo con corazón grande. Meseta, igual que la llanura pero con montañita. Máxima aspiración: Tener jardín para que trabaje por el día y cama reforzada para que trabaje por la noche. Para fotos utilizar el zoom.
Hombre con mini pija y mini corazón. Charco, sáltalo porque cuando te moja da una mala hostia… Máxima aspiración: Que tenga renacuajos para hacer bulto. Para fotos traer microscopio.
Hombre de polla estándar y corazón mediano. El mamerto que me hizo mujer y me adosó estas ruedas al culo. La albufera, vive del mar pero prefiere ser laguna. Máxima aspiración: Que tropiece primero para tener cojín donde caer. Si alguien tiene una foto que la traiga para hacer vudú.
Ya estoy cabreada.
El tamaño es sin duda importante para el hombre adjetivo pero carece de valor para el hombre sustantivo, para el hombre esencia. Si es que tal criatura existe. Seamos positivos. Hablemos del intrépido Ulises, de Alejandro Magno, de Adriano, de Gardel y Lepera. Pobre Lepera siempre tan postergadito. Pero bueno hay que ser boludo para estar todo el día pegado a Gardel con lo bueno que estaba.
A quién puede importar la polla de Ulises, ni siquiera a Kavafis que cómo buen griego, inclinado estaba a esas peculiares observaciones. Kavafis sin embargo prefirió hablar de Ítaca, del viaje, del sentido de la vida que está en ir y no en llegar. De la odisea del hombre por ser. Porque el hombre no necesita ser hombre. Porque el hombre es sin más.
Claro está, que como buen maricón Kavafis se cagó en Penélope, la tejedora , que esperó a que su marido terminara de dar vueltas como una pelotuda. Tejiendo más que una araña en el país de las moscas para defender un reino que ni siquiera era suyo. Para colmo Ítaca, esa islita de mierda. Si fuera el Sacro Imperio de Carlomagno, todavía se justifica. ¿Pero Ítaca? Hay que ser lela. Y después hablan de la picardía de destejer por las noches. Válgame dios. Pero ahí estuvo Borges para defender su honor e imaginar la cara que habrá puesto PE al ver a ese viejo impotente meterse en su cama y decirle “soy Ulises así que a la faena chocho”. ¡Qué asco pobre mujer! Bueno tampoco tan así, porque según comentarios, la buena de Pe se había tirado hasta el Mino tauro, para envidia de Catalina la Grande que tuvo que conformarse con un simple caballo. La buena de Penélope, llamada la Pene por los lenguaraces, no se detuvo ante nada para saciar su apetito desmedido y el destejer no fue artimaña de fidelidad, sino, por el contrarío, de soltería. No, si estas griegas eran listillas. Mirá la desdichada Ariadna con su hilito y la aburrida Pandora con su cajita del orto el kilombo que armaron. No, si todos persiguieron su Ítaca a su manera más allá de los sexos, pero no del sexo como parece. Hasta el bonachón de Ícaro con sus plumitas a la cera , quiso huir del laberinto buscando la verdad y se estrelló contra el mar, pasando de gaviota a pescadilla en un segundo. Todos tenían una estrategia para vivir, todos tenían vida…
Sin duda el tamaño importa cuando se cree que tapando un agujero se llena un vacio. Por Dios.
Eso dijo y quedó muda mirando al frente, más firme que bandera de lata. Luego regresó a su habitación lentamente como una sombra sin cuerpo. La casa estaba más silencio que nunca.
Sólo ella puede unir a un negro poronguero, a Gardel, a Ulises, a Ícaro, atarlos con el hilo de Ariadna y no morir ahorcada en el intento. Eso pensé.
IV
A las siete de la tarde se había concertado la entrevista con los hermanos Giménez. Unos gemelos que acudieron al extraño llamado de Inesita. Vivían para mi sorpresa en nuestra manzana. Yo ya los tenía vistos anteriormente. Eran unas de esas personas que uno ve y piensa para sí mil maneras de ridiculizarlos. Gente rara vamos. Extraños, amanerados, cómo sacados de una película de Almodovar, pero más decadentes que kitsch. Un cromo .
Eran idénticos. Siempre juntos. Nunca de acuerdo, salvo en su maldad bien conocida en el barrio. Amargura tintada de rubio verdoso y cejas al dos, decoloradas y bien perfiladas, eran el terror de los niños Virardi con quienes compartían portal, y de la hija de Doña Dolores , la verdulera, que al verlos le daban ataques de risa y terminaba por mearse entre las cebollas y las patatas causando la normal ira de su madre, no por las pérdidas económicas sino porque la vástaga era de risa contagiosa. Sí me rio de acordarme. ¡ Qué hija de puta!!! Es genial la guacha.
La idea de su llegada me ponía nerviosa, ansiosa. ¿Sería capaz de aguantar la risa? Seguro, soy muy formal a la hora del trabajo. Pero cómo reaccionaría Inesita al verlos. Homófoba conocida, seguro tendría algún comentario descalificador y los gemelos eran de pocas pulgas. Además el hecho de que el encuentro haya trascendido las paredes de la casa me ponía en el compromiso de tener que relatar el encuentro tantas veces cómo vecinos existieran.
Los Giménez, cuyos nombres eran un misterio en sí mismo, entraron por la puerta vestidos con trajes de seda hindú rosa palo, camisa violeta casi lila y zapatos rojos haciendo juego con la flor que llevaban prolijamente colgada en el ojal. Inesita los esperaba de negro estricto, sería y distraída en sus pensamientos. El mate estaba preparado y los bizcochitos de grasa dispuestos. “No habrá nada dulce hoy, no estoy de humor” había comentado a la pálida pastora de porcelana que adornaba la mesita del teléfono.
Una vez ubicados frente a frente los tres se estudiaron, se midieron y un silencio espectral cubrió el salón.
Escuchemos la historia.
- ¿Quieren mate? Los bizcochitos están buenos pero son de ayer, espero no les moleste. Cuenten. Coman y cuenten. Lo que pasa con los biscochos de grasa es muy divertido, Viejos o recién comprados siempre se pegan a los dientes. Mi madre los compraba para reírse de los invitados que trataban de hablar y no escupir. Ponían unas caras… Así como la que está poniendo usted ahora. Bueno igual no, con un poco más de clase. Así como la de su hermano pero sin escupir. Una mezcla de los dos, digamos. Pero vamos cuenten que el tiempo es oro. ¿Otro bizcochito? No se preocupen que el mantel está plastificado y se limpia fácil, con la alfombra ya es más complicado, pero son los riesgo de toda mujer sociable como yo. Entra cada uno… Par empezar díganme sus nombres.
-En realidad no tenemos nombres, si lo tuvimos se nos olvidaron, siempre hemos respondido a motes. Para las formalidades somos los hermanos Giménez. Para formalidades individuales J. Giménez él y J. Giménez yo. Todo empieza con mi madre que al ser esquizofrénica tuvo un niño dividido en dos y cuando quiso curarse de los dos niños trato siempre de ver uno. Y así hizo con todo. Con todos los compañeros de trabajo hizo uno la muy puta y siempre nos obligaba a llamarlos papá. Esa oficina del culo tenía más padres que el convento de San Carlos. Eso sí cariñosa era, todo hay que decirlo. A todos lados iba con nosotros. No nos dejaba nunca. Nos vestía con un sólo pañal a los dos y una sola camisetita, y un solo pantalón. Íbamos mas embutidos que un salchichón. Claro mientras el salchichón iba seco genial pero, ¡Hay cuando se mojaba! Porque usted sabrá que los gemelos meamos a un tiempo, como programados. Eso parecía una lavadora y nosotros la colada. Si crecimos con el culo escaldado…
-¿Y por eso la mariconería?
-¿Cómo dice? ellos hablaban al mismo tiempo.
-No porque presiento que de la única mujer que hablaremos esta tarde será de su madre, la esquizo. A quién yo conocí hace tanto tiempo. La jodida quiso follarse a mi padre con la escusa de que él tenía una polla habladora que la llamaba todas las noches. Sí que me acuerdo, si. Nosotros la llamábamos operadora telefónica, la única manera que se comunicaba era metiendo el chuflo en el agujero. Si, era muy Pin Up.
¡¿Cómo se atreve a hablar así de una mujer enferma !? Además muerta que está.
- ¿Murió?
- Hace veinte años señora.
. Ya notaba yo a los hombres menos ojerosos. Ahora entiendo.
-Bueno y que mariconada me vienen a contar.
- (Los dos a la vez) ¡Señora es usted una irreverente!
- Y ustedes unos loros y no por eso hago tanto escombro. Y mordiendo un bizcochito dijo escupiendo sin mesura- Odio los sensibles.
-J Giménez limpió suavemente para no correr la pintura, las miguitas del ojo de su hermano y el hermano hizo lo mismo con la camisa del otro.
_Ya está claro quien lava la ropa en casa. Dijo Inesita y rió.
- Es usted una insolente. Nos desprecia por el simple hecho de ser como somos. Diferentes. Todos os reís, todos opináis. Pero no tenéis idea de nuestro sufrimiento, de nuestro dolor. Ni imagináis las horas de desasosiego que transcurrieron y transcurren tarde tras tarde en nuestras vida. Linda manera es juzgar al otro para no ver las miserias de uno, serpiente de lengua sin polla y concha sin maletero. Sí señor, eso es usted.
Inesita quedó muda, imperturbable. Cogió la máquina de fotos y dijo “miren el pajarito qué esto le sale bien”. Después comento:
_ No quise ser grosera, solo quise romper el hielo, ya saben. Cuenten lo que han venido a contar por favor.
- ¿Usted se acuerda de Juanchito?
- ¿El del anuncio?
. Sí ese. El que estaba más bueno que el pan.
- Si lo recuerdo muy bien, lindo guacho. Además no se le veían las piernas en la foto y me sentía muy identificada con él. Son de esas cosas que no se olvidan fácilmente.
- Bueno, nosotros fuimos los ganadores del concurso, “Esperemos a Juanchito” que tanto éxito tuvo en la tele. ¿Usted participó?
No. Preferí la dignidad. Ehhhhh sin ofender.
- No pasa nada. Nosotros jugamos y ganamos. Imagínese la emoción. Todo ese cuerpo, esa boca para nosotros. Abrir la puerta y que nos diga “hola chulos” con ese porte de macho español.
- O se les fue la pinza o hablamos de Juanchitos diferentes. Lo de hola chulo me suena eso si.
- Usted porque está chocha. Era un hombre de pies a cabeza e iba a venir a casa. Imagínese. ¡Qué honor! Sin embargo aquí comenzó nuestra desgracia. Porque por más que parezcamos uno, somos dos y él por más que parezca dos, con esa espalda de muerte, era uno. ¿Me sigue?
- Trato.
- Conclusión. El amor fraternal, construido desde el útero sucumbió ante los encantos de aquel noble varón. En casa comenzó la guerra. “la guerra del Juanchito” la llamaba mi padre que en paz descanse.
- ¿Murió?
- Si murió en plena guerra, de demencia.
-¿Senil?
- No de la otra. Loco perdido. A veces nos da cargo de conciencia. Solo a veces.
-Entiendo.
-Comenzó la guerra decía y comenzó nuestra desgracia. Primero nos alteramos los maquillajes, después las tinturas y por último las dentaduras. Si lo que está viendo ahora es pura silicona. No tiene ni idea del cutis que teníamos, una porcelana.
-¿Qué palidez no?
. Es una forma de decir. Suave como el algodón.
- A mí me da grima el algodón, con esa pelusa que se pega hasta en el aire. Calle, calle, que me da asco. Me hace acordar a Platero y Yo. Brrrrrrr.
- Bueno deje contar. Luego de escupirnos la sopa y limarnos los tacones para caer indecorosamente en sitios maliciosamente elegidos, decidimos una tregua. Dejaríamos que él elija. Dejaríamos en él , en sus manos, el destino de nuestras vidas . El, al igual que un Cesar se pondría en pie y nosotros como esclavos gritaríamos: “Juanchito los que van a morir te saludan”.
- ¡Que emocionante! ¿Qué pasó?
- La guerra fría. El ajedrez mental. El no mover ficha hasta que el otro no la moviera. El infierno. Ya sabe. Pero igual acordamos ciertas reglas. El almanaque con la foto de Juanchito adornaría la chimenea, desterrando el ya vetusto tapiz de la última cena que nos regalo la abuela Tita. Acordamos tener una vela siempre encendida para que encontrara el camino a nuestros brazos y decidimos cantarle serenatas todas las noches. Hasta teníamos una programación establecida, pero nunca se respetó. Porque en cuanto uno se iba a dormir el otro ahí estaba con su guitarrita traidora. Ahora me avergüenzo la verdad. Al final terminamos los dos cantando al mismo tiempo como en una batalla entre dos ángeles disputándose el beneplácito del Señor. Patético. Pobre Juanchito que stress.
Si yo cantaba “Ven a mis brazos sueño mío”
Él cantaba,” El que ronca te llama, el digno solo espera”
Y yo” en mis brazos encontrarás la paz de tu alma.”
Y y él recitaba” que paz hay más sagrada que el silencio”.
Y yo decía “la paz ¿hay algo más sagrado para tan valiente guerrero?
Él contestaba”Ven amor mío a comer un bife de cordero con patatitas a la provenzal”
_Sí como lo oye, siempre fue sucio a la hora de la batalla.
- Si lo veo. Me encantan las papas a la provenzal. Y que pasó con Juanchito. ¿A quien eligió? Por lo visto a ninguno.
_ Ve usted muy bien señora. Nunca vino. Sólo nos mandaron una foto autografiada. Un golpe bajo. Aquí se la traemos por si necesitaba una portada.
_Muy bien la compro. Compro la foto.
_ ¿Y la historia?
_L a historia no.
_ La foto o nada.
-Pues la foto eso romperá nuestra maldición.
_Pues sí.
- Marcháronse los Giménez muy tristes por la puerta de atrás con las manos vacías y el alma en un bolso estilo Gucci comprado en San Telmo.
_Entre los brazos de Inesita estaba Juanchito, que medio dormido repetía “Viejos de mierda, Viejos de mierda.”
El bizcocho al ver el maromo murió de celos.
Inesita ya festejaba con los pies más cosquillas para su muerte.
La porcelana de la mesita del teléfono suspiró hasta romperse.
Yo imagine la que se venía.
V
La señoras Gracia Morales, Gracia López y Gracia Sánchez asistieron al entierro de los mellizos Giménez aquel septiembre de floración tardía. No faltaron las coronas de rosas amarillas, su color favorito, como fue su última voluntad, pero a decir verdad hubo más diademas malvas como fue la única voluntad de sus amigos y allegados. En pocas palabras una mariconada de ceremonia.
Yo no asistí, es más me tomó de sorpresa. No así el motivo de sus muertes. Al parecer al no tener a Juanchito sobre la chimenea contemplando sus vidas y reinando sobre sus decisiones, discutieron hasta la muerte por ver como reemplazarlo. Las opciones eran dos: volver al tapiz de la abuela Tita o colgar la foto de Eva Perón de la última campaña electoral. Conclusión, entre alborotos y reclamos cayeron cerca del fuego. La seda , los potingues y los afeites hicieron lo demás. Murieron como habían vivido, consumidos. Porque flacos si que eran los desdichados.
Decía que las tres Gracias asistieron al entierro, pero fue en el velatorio donde conocieron los pormenores de la tragedia. Y entre canapé y empanadillas, tanto de membrillo cómo de dulce de batata, decidieron ver a Inesita cuanto antes, cuya fama se iba expandiendo como las tragamonedas por los tan típicos, por no decir sucios, bares del barrio.
Inesita estaba en uno de esos días en donde no se soportaba ni ella. La silla iba de un lado para otro de la casa, sin rumbo ni sentido. A primera vista diagnostiqué cistitis, pero me equivoqué, era lisa y llanamente coquetería. Las tres Gracias vendrían a las cuatro y ella debía defender su honor frente a sus fantasmas. A ver si estas lagartas eran de cosquillas flojas y se alzaban con el botín. Se ponía negra de pensarlo. Odio. Eso es lo que respiraba la casa por sus paredes.
Al entrar por la puerta todas las dudas quedaron disipadas. Las tres Gracias daban ganas de llorar. Hacían honor a la buena caballerosidad de Rubens, ya que estas mujeres por edad habrían podido ser sus modelos, salvo que las pintó con diez kilos menos a cada una. Yo habría hecho lo mismo. Así como lo cortés no quita lo valiente, la galantería no quita el artista, y eso que no perdió detalle de la celulitis el hijo de puta. Si parece un estudio de anatomía el cuadro. Botero agradecido, eso se nota.
Que cómo buenas Carites venían del inframundo no quedaba ninguna duda. Ahora quién representaba la belleza, quién la naturaleza y quién la fertilidad, no había santo que lo adivinaba. Eran tres morsas sin colmillos pero con bigotes, sin corso ni carnaval, abandonadas a la buena de Dios por Afrodita que les hubiera garantizado al menos, por tráfico de influencia, una que otra alegría al chirri. Órgano deducido por conocimiento anatómico y no porque pudiera intuirse a simple vista. Digamos que de morbo, nada de nada. Inesita festejaba para sus adentros, chupando la bombilla del mate al ritmo de la cucaracha, o la gallina turuleca, o algo de similar ironía. La conozco.
Ya ubicadas en la mesa Inesita les ofreció cordial un trozo de Cremona recién comprada. Las gracias desgraciadas aceptaron gustosas el grasoso manjar desconociendo los maléficos ardides de la anfitriona. “¡Mate frio y bien cortito!” había ordenado al candelabro minutos antes. Luego como siempre las invitó a contar su historia.
Las pobres mujeres, ahogadas por esa masa pegajosa, grasienta, áspera e intragable parecían tres lavadoras tratando de llegar al centrifugado con cuatro colchas en su interior.
“Hablen, hablen queridas. Soy toda oídos.” – Dijo Inesita impasible.
Con gran esfuerzo la Gracia de cuello más amplio, si es posible la amplitud en el infinito, comenzó a hablar.
Esto es lo que sucedió.
- Somos tres mujeres enamoradas del mismo hombre.
-¿Sólo tres?
- No entiendo.
- Es la grasa querida, afecta a las ideas . Suele ocurrir. A mí la grasa de la cremona a veces me deja alelada. Y me da unos gases. debo tener cuidado porque si engordo la silla de ruedas chilla que no vean. Así como la suya en este momento. No se mueva mucho que me da dentera por favor.
- No se preocupe soy de movimientos lentos.
- Como la gacela, que dulce.
-Si usted lo dice… A decir verdad mi abuela siempre elogió mi femineidad, ¿Sabe?
- Nada como las abuelas para llenarnos de mimos y fantasías. ¿Le contaba muchos cuentos? Parece muy cariñosa la mujer. Pero bueno no se me distraiga. Tres hombres y una mujer. Perdón al revés. La cremona que me hace decir tonterías. ¿Quieren más? Disculpen me salió cortito el mate, como patada de Gracia, digo de chancho. Es que es tan graciosa la patada de chancho. ¿Le contaba su abuela el cuento de los tres cerditos? Era mi favorito. Cuente, cuente mi hija, no la entretengo más.
- Decía que somos tres mujeres enamoradas de un hombre. Y el hombre no se decide. Usted conoce la historia de Troya. La decisión de Paris?
_París si lo conozco. París y Mar del Plata. Luego la sillita de los cojones y mi dignidad me acortaron los Kilómetros a esta casa. Una vez quise viajar al desierto del Sahara pero no encontré cristiano que quisiera empujar la silla en la arena. Ni cristiano ni moro a decir verdad. Cómo le cuento. Y eso que la carguen a una como un trasto como que no. ¿Qué horror! Además acarreada por esos nativos con lo aprensiva que soy yo. Con lo que huelen los afros… Y esa manía que tienen los olores de ascender… Y yo arriba… ¡Por dios con lo asquerosa que soy yo con los olores! Si ni mis pedos aguanto cuando se escapan de la sábana dirección el techo. Puaj.
- El Paris que yo hablo era un hombre.
-¿Murió? No lo conocí. ¿Vivía cerca?
- No señora. Es un personaje de la mitología griega que tuvo que elegir entre tres diosas. Había una manzana de oro que decía” regalo para la más hermosa.” Y Afrodita, Hera y Atenea reclamaron la manzana para sí y decidieron que resolviera el conflicto Paris. Y así fue como ardió Troya.
- ¿Nerón era Paris en la mitología romana?
-No señora Nerón no tiene nada que ver en esta historia.
-Que se yo. Con tanto pirómano que anda suelto. A mí me da tanto miedo el gas. ¿Se entero lo de los Giménez? Si hacía nada estuvieron aquí y ahora achicharraditos los dos. Pobres. Por lo menos se ahorraron la incineración. Sólo gastaron en la urna. Yo siempre veo el lado positivo de las cosas.
-Si me permite sigo.
-Siga.
- Nos disputamos un hombre como las diosas se disputaron la manzana y pensamos que quizás usted querría ser nuestro Paris. Que elija entre nosotras quién tiene el derecho a aspirar a tan santo varón. Su decisión sería inapelable. Una se queda con el hombre, las otra dos a vestir santos. Las tres estamos de acuerdo. Queremos terminar de una vez para siempre con esta agonía.
-¡Uy que divertido! Acepto gustosa. Gracias por pensar en mí.
- Gracias a usted por aceptar ayudarnos. Somos tres mujeres desesperadas.
_ Hagamos de cuenta que yo soy el maromo en cuestión. ¿Qué me ofrecerían? A ver usted ¿Qué me ofrece?
-Yo le ofrezco todo el conocimiento de una mujer, de una mujer madura. Soy licenciada en económicas y tengo un máster en bibliotecología. Sé las artes del hogar y la música de las artes. No le faltará ni solvencia ni cordura.
-¡Ay querida! Prepare la aguja y el hilo que el santoral la espera. Ofrecer sabiduría a una pija es como ofrecer un adoquín a la abuelita de Pedro, el amigo de Heidi. ¿Se acuerda? Así no vamos a ningún lado.
-¿Y usted qué me ofrece?
- Yo le ofrezco, además de mi amor, poder, mucho poder. Soy presidenta de la Fundación del Rotary Club de Pompeya, Sobrina del cardenal Morales y prima carnal de Aníbal Ibarra. Tendría el futuro asegurado y una posición honorable en la sociedad.
-¡Marche un traje para San Sebastián! Qué pena con lo bien que está desnudito. Un traje con muchos agujeritos para las flechas.¿ Como se le ocurre ofrecer a un nabo futuro y poder?. Para una polla el futuro es fatuo y ofrecerle poder es tratarla de impotente. ¡Válgame dios! Estoy a punto de proclamar la inocencia de la cremona. Ahora usted.
- Yo le ofrezco amor libre. Tengo dos burdeles en isla Masiel y un Kilombito clandestino en la otra cuadra repleto de paraguayas. Además de mi amor claro está. Podría regentear los garitos, ganar algunos pesos y desahogarse a diario. Yo sólo quiero el placer de cagar a estas dos vacas. Después de todo yo lo conocí primero y tuve la mala idea de presentarlo.
- Bueno, bueno, esto es otra cosa. Al fin alguien con un toque femenino en esta casa. Un poquito de sentido común. Sí señor. Usted es la seleccionada. Ganadora. Usted sabe dar al pene lo que todo pene aspira, mucha cabeza, poco pensamiento y un paisaje variado. Porque aunque tenga un solo ojo gusta de mirar mucho y diverso. Me quedo con usted.
_Gracias, gracias, gracias.
- De nada mujer. Y ustedes dos en silencio y para casa que no me entere que siguen molestando. Pueden llorar si quieren, el mantel está plastificado. Pero además tengo una propuesta. Quiero comprar su historia.
-¿Comprarla?
-Sí. A eso me dedico. Quinientos pesos en efectivo. ¿Qué dicen?
- Claro. Sin problema.
- Firmen aquí por favor. La foto no la saco por problemas de zoom, espero no les moleste.
Las tres Gracias se retiraron tan toscas como vinieron. Una contenta, dos tristes. Confundidas. Sin saber porque vinieron ni hacia donde iban.
Inesita en la escalera gritaba a tres fantasmas obesos, “¡Arre, arre, para arriba!”
La casa sabía que este peso le permitiría soportar a Inesita y a ella misma la próxima sudestada, asegurándose unos meses más de vida para poblar su particular paraíso.
Yo admire el saber estar de esta mujer que no sabía si estaba o era un sueño sin tiempo.
VI
Inesita estaba aterrada. En el centro de la alfombra, su último bastión, miraba con espanto la turba de fantasmas que indignados pedían mejores condiciones de muerte, o mejor dicho de fantasmidad, ya que ellos no estaban muertos sino por el contrario eran la parte viva de los vivos que no saben cómo vivir, atrapados en un tiempo y en unas circunstancias que ya no le correspondían.
Sindicalizados, armados de una sábana blanca, emblema que habían elegido por unanimidad en asamblea general, bajaron las escaleras dispuestos a ser escuchados. Nada mejor que una sábana para representar a un fantasma, habían dicho enfervorizados como si hubieran descubierto la verdad del huevo y la gallina. Pero lo que no fue tan fácil de decidir fue el color. Al Bizcocho el blanco le parecía perfecto, ellos eran puros, simbolizaba la suma de todos los colores, contraponiéndose a la posición de Juanchito que exigía la bandera arcoíris como insignia fantasmagórica, ya que después de todo ¿No es el arcoíris el único camino hacia las quimeras y las utopías. ¿No eran ellos frutos de un sueño tan rebuscado, pero tan creíble, de una vieja tullida y psicótica?
Las tres Gracias tampoco se ponían de acuerdo, pero apostaban más por el negro, color de la muerte, la anarquía y la ausencia. Es el color de la elegancia y el decoro, decían, combina con todo, usable tanto en verano como en invierno y además estiliza los cuerpos, claro está. Idea esta que aterraba tanto al Bizcocho y a Juanchito por igual. Al primero porque el negro le distorsionaba la mirada, si esto es más posible aún. Al segundo porque tan acostumbrado estaba a vivir entre los colores chillones y estridentes de los Giménez, que el negro no hacía más que deprimirlo y acongojarlo.
Largo rato habían pasado discutiendo sobre estas cuestiones cromáticas, fundamentales e inherentes a cualquier noble causa en la Argentina del siglo XXI. Crispaciones y blasfemias habían brotado de las gargantas obesas y eufóricas del trío Gracias’ s club. Borges y su laberinto habían brotado a viva voz de la garganta del amante desenfocado. El tedio había brotado de la garganta de Juanchito como un suspiro y un resoplo, cosa que incomodó a los comprometidos asistentes. Y fue entonces que, como un milagro, como una manifestación divina llegó la solución. Fue tan tajante, tan irrefutable que todos votaron a una vez y en un mismo sentido.
“A ver chulos”, dijo el efebo del calendario mordiéndose, no las uñas, lo cual sería vulgar, sino las yemas de los dedos, acto sumamente sexi a criterio de los gemelos carbonizados, ¿”Cuantas sábanas hay en el paraíso y de qué color son?. Porque eso de ponerse a teñir como que no. El tiempo es oro aún en nuestra eternidad ya que dependemos de los caprichos de los mortales. Miren a mí donde me trajeron los arrebatos de dos desquiciados y de un día para otro se hacen cenizas, porque esos al polvo nunca volvieron, se los digo yo, y ya no hay Cristo que deshaga el entuerto.” Hablaba y recordaba las largas horas de serenatas, las inacabables horas de insomnio.
“Pues sólo hay dos”, .Dijo el bizcocho entusiasmado, sabiéndose el más veterano de todos los habitantes de tan particular edén, el Adán inverso que en vez de ser expulsado fue obligado a permanecer. “¡Sólo hay dos y son blancas!! Gritó alzando los brazos y saltando como un niño, tan feliz cómo lo había sido en Mari, junto a su amada, al encontrar ese pedernal oculto en la tierra y en la historia por cuatro mil años.
“Ahora a cualquier cosa llaman blanco” Dijo la Gracia de la sabiduría. “Yo lo definiría como blanco roto, o pescado mustio bajo la foca”. Haciendo alarde de su amplio conocimiento del esquimal y sus ciento cuatro maneras de definir el blanco. Hablaba y recordaba lo inutilidad de lo datico a la hora de llenar el fichero. Fichero sin ficha, así se sentía, una desfichada.
“Eso, eso”, Dijo la Gracia del poder y lo políticamente correcto. “Esta sábana ya está amarillenta. No sé si esta a la altura de causa tan noble como la nuestra. Sí bien es el único y último testigo de un amor de lamentables consecuencias, le falta gancho, glamor, que se yo… Quizás hablando con mi tío el cardenal la podríamos proclamar La Verónica del rio de la plata, o una chorrada así. No debe ser difícil.”
“¡Que Verónica ni Verónica!” Dijo la Gracia de los burdeles y las pasiones y haciendo uso de esa femineidad, tan alabada por Inesita por cierto, comentó lo que todos pensaban y todos evitaban comentar. “Disculpen aquí lo verdaderamente importante no es el tono de blanco de este trapo inmundo. Lo importante es el color que debería estar y ni siquiera se insinúa. ¡La sangre! ¿Donde está la sangre? Esta vieja que se dice la rueda de la fortuna, la cándida noria de las pampas es una farsante. Era más puta que yo la cabrona. Por ese órgano ya había pasado más de una melodía. Sí señor. Este es nuestro emblema, es el símbolo de la traición y el atropello. ¡Votemos!. ¡Votemos ya!
Así entre aplausos y algarabías se proclamó la sábana rojo ausente como sagrado emblema. Se izó por vez primera con la seriedad correspondiente bajo el lema borgiano propuesto por el bizcocho. ” No nos une el amor sino el espanto”. Todos lloraron emocionados. Todos menos Juanchito ya que según el calendario que lo justificaba, era carnaval y no estaba para menesteres melodramáticos. “Joder que son dos días “. Pensó, mientras se disfrazaba de república.” ¿Alguien tiene un gorro frigio por ahí?” Preguntó antes de bajar por las escaleras, al frente de la manifestación, enarbolando la santa bandera de la libertad.
Inesita los vio bajar espantada, sintiéndose más sola e incomprendida que el San Jerónimo de Antonello Da Mesina. Yo no pude más que recordar la disparatada revuelta del Ignatius de Kennedy Toole.
Los fantasma gritaron consignas contradictorias, corrieron y usaron cuanta cosa encontraron como instrumentos de percusión. La casa retumbó en sus cimientos y cerró los ojos meneando la cabeza como quién tiene vergüenza ajena.
Una vez apaciguados los ánimos se colocaron en formación espartana frente al imponente carromato del tirano, si bien ellos no eran trescientos, ni la Inesita de los ojos desorbitados era el ampuloso Artajerjes.
Llegados a este punto sobrevino la desazón. Antes los interrogantes ojos de Inesita no había documento ni propuesta que responder. ¿Cómo podían ser tan pelotudos? Eso nos preguntamos todos, propios y ajenos. Todos menos Juanchito que se la estaba pasando pipa con tanto alboroto, y lanzaba confetis y serpentinas a troche y moche, sin ton ni son.
La Gracia del poder, haciendo uso de sus innumerables recursos, tomó la palabra disimulando su obvia incomodidad. “Señora Inesita nos hemos reunido aquí con el firme propósito de ser escuchados y comprendidos. ¿No es acaso el viento amigo de las montañas?, ¿No es acaso la espiga amante del sol? Pues nosotros compañeros de la vida y de la muerte, somos indivisiblemente te, constitucionalmente, y socialmente cómplices de los derechos que hoy reclamamos y que no cejaremos de proclamar, porque es nuestra esencia y nuestro deber.
Todos aplaudieron sus palabras, aunque nadie había entendido lo que claro está, no se podía entender. Todos aplaudieron menos Juanchito que estaba subido al frenesí de la batucada, batiendo sus manos como si tuviera maracas y moviendo las caderas para deleite de todos los presentes, salvo para el pobre Bizcocho que a punto estaba de caer mareado, por tanto movimiento convulsivo. “Así no hay quién enfoque” Pensó y miró para el piso buscando alguna referencia a que aferrarse.
“Pues formemos entonces una comisión” Propuso Inesita en un intento por retomar la iniciativa política. “Mañana a estas mismas horas (hablaba en plural porque no admitía el tiempo) nos reuniremos formalmente y confío en llegar a una conclusión válida que nos guie por el camino de la hermandad y la paz de la sana convivencia.
Todos de acuerdos aceptaron el trato. Unos por haber sabido escapar de la vergüenza con la mayor dignidad posible, Inesita por ganar tiempo y estructurar alguna estrategia que la perpetúe en el poder.
La casa, fiel aliada de Inesita buscó disimuladamente en sus rincones cuanto objetos de represión y sumisión había.
Yo me dediqué a limpiar el desastre que la turba en general y Juanchito en particular, habían dejado en el salón.
VII
Nadie durmió en la casa aquella noche.
Angustiados después de la euforia y la vergüenza, los fantasmas se encerraron cada uno en sí mismo. ¿Cómo poner palabras a su descontento? Sabían de entrada que jamás se pondrían de acuerdo, que cada vida, que cada causa que los justificaba, eran tan diversas, tan diferentes, que imposible sintetizarlas. Sólo Inesita y su idea, casi loca, de poblar un paraíso para la muerte, podía ensamblar las piezas de este rompecabezas sin sentido. Pero algo había que los unía, era seguro. ¿Pero qué? ¿Sería en verdad el espanto como planteaba Borges? Ninguno se resignó a esa opción.
Política Gracia retozando en la bañera, naufragaba en el sueño que Morfeo le había negado y que tan inesperadamente Inesita le había regalado. Ella que siendo la viva imagen de lo correcto, lo social, el deber ser sin cuestionamiento, no entendía como la vida la obligaba a convivir con el desprecio y la desgana. Odiaba ese pasotismo postmoderno que tan fuerte se respira en el aire. Ese pasotismo de vivir el momento sin más, sin norte ni sur. Desconfiaba seriamente en el compromiso de sus compañeros por una vida mejor y sabía en su adentro más profundo que su lucha nada tenía que ver con la ellos. Aún así debía intentar buscar alternativas, caminos, sin despreciar los senderos, para concientizar a esta masa informe, cuando no deforme, que había heredado sin saber bien porqué. Como ocurre en la vida, en la fastamidad, sucede lo mismo. Uno no elije las barajas que le tocan pero debe apañárselas como pueda para ganar. De nada sirve llorar al cielo, sentirse víctima de la mala suerte, solo queda jugar mano tras mano, amparados por esa ilusión de triunfo. Triunfo que puede ser tan pequeño como despertar y abrir los ojos, abrir los ojos a la verdad de saberse frágil y aceptarlo. Aceptarlo y amarlo al mismo tiempo. El triunfo de humanizarse aún siendo fantasmas en el cotidiano vaivén de los días. Mañana su táctica sería luchar por reivindicaciones mínimas tales como tener derecho a toda la casa, y no vivir hacinados en un dormitorio colmado de desgracias y un baño tan sin amor que asusta. ¿Cuándo habrá sido la última vez que dos cuerpos se bañaron juntos en esta bañera tan amarilla como sus esperanzas, tan verde como sus recuerdos?
El bizcocho suspiraba abrazado a su almohada. Triste de tristeza triste no entendía a sus compañeros. Él que era la representación del amor incondicional, el amor puro hacia el amor, la poesía más allá de Borges y con él, no podía realizarse. ¿Como el amor puede consumarse, manifestarse, sino se le permite hacer el amor mismo? Y no pensaba en follar, pensaba en reír bajo el telón cambiante de las horas y los minutos, abrazado a un sueño sin más tiempo que el saberse vivo. Sabía que nadie compartía su causa en esta casa de locos desalmados y debía aprender a vivir con ello. ¿Pero cómo hacerlo?. ¿Cómo morderse el dolor de ser solo un aparte en este mundo tan diferente?. ¿De qué sirve el amor si nadie lo pide?. Y cuando lo piden ¿De qué sirve si cuando lo ven salen huyendo por miedo a perder su propia alma? De nada vale insistir que el amor puro ni suma ni resta, sólo comparte. Nadie lo cree. La humanidad no está educada para expresarse sino para entenderse. Ese es el problema. Sólo le quedaba la almohada, esa almohada. Mañana su táctica será defender los valores básicos de la convivencia, es decir el derecho a utilizar toda la casa y no verse obligados a vivir apiñados en ese baño sin amor y este dormitorio plagados de aventuras truncadas. ¿Cuánto tiempo haría que nadie abrazaba a nadie en esta cama como él abrazaba esa almohada? Esa almohada tan rozada como sus manos, tan deshecha como su corazón.
Desfichada Gracia cagaba semidormida con “Memorias de Adriano” entre sus manos. ¿Había forma más hermosa de abonar al mundo? Ella no comprendía como sus compañeros no lo entendían. Que soledad más absoluta. Ella que representaba el saber se sabía inútil, mustia, casi obscena en esta casa de urgencias banales y de importancias descuidadas. ¿Que podía unirla a esta gente que tan simplonamente la dejaban de lado? ¿Cómo puedes sentirte parte de algo que desprecia sistemáticamente en los hechos, todo lo que has acumulado a base de esfuerzos y sangre, y dolor y renuncia, todos los años de tu vida? ¿Que lleva a la humanidad a sentir como reclamo lo que uno viene humildemente, y solamente, a ofrecer? La humanidad no está programada para recibir sin más, sólo quiere negociar e intercambiar las cosas que el universo nos ha dado gratis a todos desde antes que el hombre sea una realidad. Por eso amaba los libros. Porque ellos serán los que un día explique quienes somos a los no hombres. Así como Marguerit Youcenar, le explicaba mágicamente quién fue Adriano más allá de Adriano y su obra, así ella sabía que para relatar su propia historia debía recurrir sin duda a cartas y a poesías, propias y ajenas , para recordarse. Mañana se limitaría a apoyar las necesidades primordiales. Es decir, la posibilidad de hacer uso de la casa y no estar obligados a un cuarto sin destino, y a un baño tan sin sentido como la mierda que salía de ella como producto de la asimilación masticada de su vida.
Juanchito apoyado en la pared, estaba como desaparecido, perdido entre los números y fechas de su calendario. Pensaba que en verdad no había tiempo en el tiempo, que todo se reducía a una constante y sistemática sucesión de días negros, la mayoría, rojos, los feriados, y un que otro día verde, que eran los de fiesta nacional. ¿No era él la viva representación de lo inalcanzable, lo intangible e inasible y al mismo tiempo de lo amado? ¿No era él la pura imagen de la esperanza vestida de bañador blanco? ¿De la ilusión tirada al sol, la luz junto a un pantano de aguas turbias? ¿No era él el chico del calendario amado e idolatrado por dos gemelos, que parecían uno, y que terminaron por aceptar, por más que se resistieron, que la vida no es color de rosa? Entonces ¿Por qué se sentía así? Sin duda alguna saberse el deseo y el anhelo de muchos no era fácil. A él le tocaba ser esa última esperanza que se escapa de la caja de Pandora en forma de pajarito. Él que tenía que mostrarse, encandilar para luego una vez tocado, dar ese pasito que lo aleje y así ser siempre promesa. El que como el horizonte era tan amplio como inalcanzable, él que como el pájaro de Prevert siempre tenía jaula, pero siempre dejaba la puerta abierta para escapar, él que era escusa de lo sublime y al mismo tiempo del desgarro más cruel, él sólo quería ser la Venus de Sandro Boticcelli naciendo de la ostra, alentado por los vientos de la vida, cándido, inocente, sabiéndose causa de mil milagros pero ignorando sus consecuencias. Estaba harto de ser Ítaca, deseaba por una vez, sólo por una, ser Ulises, pero nunca había podido. Él tenía un secreto, un as bajo la manga, sabía que sí él era la esperanza lograría seducirse a si mismo para lograrlo, pero también sabía que todavía no había llegado su momento. ¿En qué podía coincidir él con sus compañeros? Si después de todo no eran más que sus hijos, producto de la frustración, y al mismo tiempo eran sus fieles incondicionales, que en procesión recurrían a él constantemente. El ser vértice entre lo imposible y lo real sin duda lo alejaba de ellos. Sólo se limitaría a dejarse llevar, si después de todo el no tenía ni voz ni voto, siempre eran ellos los responsables de sus destinos y el suyo. Amaba y odiaba al mismo tiempo esas vidas que siempre, pase lo que pase, y hagan lo que hagan, lo tenían en cuenta como invitado honorario.
Kilombera Gracia por el contrario meditaba cosas más terrenales sentada en el último peldaño de la escalera. Todavía se relamía por su victoria ante esas dos yeguas que habían intentado robarle el chulo, que desde su punto de vista, le correspondía a ella y sólo a ella. Aburrida estaba de esta gente que vivía atrapada en cavilaciones existencialistas. No comprendía ni la mitad de las cosas que decían. Mejor dicho, no le interesaban en lo más mínimo. Se sentía de vuelta de todo, crecida, una Mujer Maravilla en la Buenos Aires del Hijitus decadente. Donde haya un buen polvo, una buena raya, para que más. Era tan simple como eso, si después de todo son dos días. Negar esta realidad era para ella tan inútil como para dios fue quemar Sodoma y Gomorra, que intentando purificar el mundo lo único que logró fue que el buen Lot se cepillase a las dos hijas. La humanidad no tiene remedio y jugar a los doctores era patético se mire por donde se mire. Creía que todo pensamiento llevaba a una cama y que cualquier obstáculo que se ponga en el medio no era más que una mariconada deplorable. Coger no es amor es coger, y a eso se reducía la vida. Al placer de la conquista, al polvo, sin dejarse llevar en los tediosos y agobiantes te quiero y los compromisos que tanto nos distraen de nuestras cosas, que vaya a saber cuáles son, pero son nuestras y punto. Con que pudieran transitar por toda la casa a gusto y piacere, estaba más que conforme. Necesitaba espacio, estaba ahogada con tanto sentimentalismo. Empalagada. Se daba dos semanas para tirarse a ese Bizcocho y al Juanchito de los cojones. Desafío de mujer, tan temible como los vientos de septiembre para la casa.
Inesita sabía que era inútil. Qué todo lo que piensen, planeen o crean los fantasmas iba destinado al fracaso. Ella era la única que podía unir a todos, que tenía la llave del porqué y el sentido de sus vidas. Igual los escucharía con atención, eso es lo que a ella le gustaba, escuchar y hacer lo que le venga en gana, para eso era la casa, era la señora que todo lo decidía y creaba. Les daría un incentivo y ya. Los dejaría vagar por la casa como almas en pena así le hacían compañía y ganaba habilidades perdidas con la silla de ruedas, a la hora de saltar obstáculos. Eso les gustaría. Ningún reclamo más sería concedido so pena de ser encerrados en el arcón de las navidades por la eternidad. Y, claro está, el arcón distaba bastante del arca de Noé, que es lo que les estaba ofreciendo a esos papanatas sin cencerro.
Yo no pensaba. Sólo esperaba. La casa y yo, cómplices por vez primera, esperábamos.
Llegada la hora todos se reunieron a la hora convenida. Inesita en su trono de reina dejaba claro que aquello no era una asamblea sino, por el contrario, era una rutinaria audiencia real. Nadie habló. Nadie dijo ni mu. Inesita y su corte estuvieron de acuerdo por participación divina. Todos sabían, todos entendieron y todos aprobaron en el más absoluto silencio lo obvio.
A punto estaban de romper fila y desparramarse por toda la casa, como quién se lanza a una conquista, cuando ocurrió lo inesperado. Todos miraron a la puerta que llamaba insistentemente. La casa y yo, que sabíamos de que se trataba sonreímos. “Chúpense esta mandarina”, dije, y ceremonialmente dí paso a lo que sería seguramente un caos.
Por primera vez desde que la conocí, Inesita quedó desencajada.
VIII
Inesita espantada, rodaba por todo el salón con un perrito en su falda. Con la silla de ruedas en segunda, corría y gritaba como poseída por el demonio. Al igual que con el fuego, a más velocidad y espasmentos el perro más jugaba, más festejaba lo que para él eran juegos. Cegada a lametazo limpio arrasó en su loca carrera todo lo que a su paso se enfrentaba, fantasmas incluidos, destruyendo sobre todo aquello que había gobernado en la casa durante décadas, lo previsible. De nada sirvió tratar de pedir ayuda, pues abrir la boca significaba que una lengua más diestra que la de un lagarto, se colara entre sus dientes llegando a la coronilla provocando tanto arcadas como cosquillas en el paladar. Atormentada, ciega, muda y sorda,( sordera esta producto de la edad y no del can), lejos de sentirse Shakira, Inesita conoció el deshonor. Colisionando con el vizcocho, que como buen visco no podía calcular las distancias y que quedó atrapado en su heroico rescate bajo las ruedas de la motorizada, Inesita salió disparada cual bola de cañón directa al estómago de Política Gracia, quién alentada por los aires de revolución y el fervor popular venía arengando, sábana blanca en mano, “¡Quieren sangre, aquí hay una sábana que la pide como agua de mayo!. Gracias a este hecho se supo que Inesita no gustaba de usar ropa interior alguna, y que Política Gracia, por el contrario llevaba, como última barrera para sus encantos, una braga que bien podría haber servido de carpa para el Circo del Sol. Pero una carpa tan grande que los chinos, por primera vez en su historia, se hubieran sentido pocos.
Chin, el perrito fantasma, había entrado en sus vidas como un torbellino.
Pero no venía solo. De esto tomaron conciencia luego, cuando Kilombera Gracia, mirando de reojo por no perderse detalle de la escena central dijo, “¿Podes pedirle al pendejo ese que deje de chillar como un marrano? Entiendo que demos miedo, no los fantasmas, porque el pibe está más seco que el chocho de Desfichada, me refiero a la decadencia. La decadencia da pánico. La verdad que sí, esto es patético. ¡ Che pibe si querés llorar, llorá!
Al escuchar su nombre, no los adjetivos que lo acompañaban ya que siempre eran los mismos, Desfichada Gracia, levanto su culo gordo del wáter y cerrando El libro de los Abrazos, de Galeano, se dirigió al salón. Estupefacta vio el espectáculo. Un amasijo de culos, piernas y rostros perplejos mirando hacia la puerta. Allí un hombre casi invisible, un niño que lloraba y un perro que panza arriba pedía mimos, la observaban. Chin al ver una nueva víctima corrió feliz a su encuentro. Dando saltitos besó una y otra vez sus pies. Desfichada , casi en transe, dejó caer el libro de entre sus manos por primera vez en su vida. Cogió al chucho entre sus brazos y lo besó en los morros. Lo hizo tan ceremonialmente, tan entrañablemente, que todos pensamos que de ahí surgiría sin duda el príncipe azul que la vida y sus crueldades, tan incomprensibles a nuestros ojos, le había negado. Acto seguido se meó literalmente encima y dos lágrimas, casi tibias, casi frías brotaros de sus ojos. Huyó por el pasillo dirección al baño, olvidando el libro, chorreando ausencia, proclamando pura y total soledad. Tan en silencio ella, tan en silencio nosotros, tan en silencio la casa, que Chin bajó las orejas para no entorpecer el vuelo de ese ángel misterioso que sin duda acababa de pasar tan sin permiso, tan irreverente…, tan ángel.
Fui yo quién deshizo el nudo de cuerpos retorcidos y humillados. Fue Kilombera quien rompió la magia por miedo a vomitar con tanta dulzura. “¿Donde está el crío? Preguntó moviendo la cabeza como el periscopio de un submarino. “Ya me parecía a mí tanto silencio, lo que nos faltaba, un X men que aparece y desaparece. Nombre clave Lagrimita evaporada, íntimo de Lobezno. Hablaba y se reía como solo las madamas saben hacerlo, mitad enserio, mitad tediosa y cansada.
“Se llama Chito y merece respeto” Dijo el hombre que parecía transparente. Y como asustado comenzó a llamarlo. “¡Che Chito ¿Dónde estás? Che Chin, andá a buscarlo y dejate de boludear querés!” El perro empezó a ladrar y a oler al infinito pero nada pudo hacer. A Desfichada el amor, sin duda alguna, le causaba una diarrea espantosa, asquerosa y una nube putrefacta ya había tomado la casa por asalto. En tropel los fantasmas huyeron a su paraíso tapándose, el que no la nariz la boca, dejando a Inesita sola ante ese nubarrón ácido que la hacía llorar impunemente. “¡Por dios que come esta gorda ¿Chernobiles?!” – Gritaba- “¡No huyan cobardes del orto y empujen la silla que los mandos están dañados, Houston Houston, we’ve the problem! Gritaba y manoteaba al aire como queriendo nadar en ese mar espeso, con la desesperación de no ver orilla alguna, con la urgencia de saber que si no abría la boca o la nariz inmediatamente, moriría ahogada. Boqueando como un pez moribundo, eligió la dignidad y la resignación pues, y se dejó arrastrar finalmente cual Ofelia, por las aguas del destino cagándose en la puta madre de la Caralibro esa. “¡Por dios que no se acerque más ese perro a esta cristiana, que esto se puede soportar una sola vez en la vida!- Suplicaba a quién pudiera oírla.
- No se preocupe señora no volverá a suceder. – Dijo el hombre misterioso que aún seguía junto a la puerta.
-¿ Y usted quién coño es ?, ¿Quién lo ha llamado?, ¿Cómo se atreve a irrumpir en mi casa con esa bestia endemoniada y esa criatura horrible que no para de llorar? ¿Qué le pasa al crío, se cagó? ¡A ver si la baranda no era de la gorda y es del pendejo este ? De ser así ya sabe lo que tiene que hacer. Matarlo. Lo mete en un frasquito y con lo que llora lo tiene conservado en salmuera en un plís plás. – Dijo Inesita colérica y agonizante.
-Me llamo Tristán señora, vengo de Buenos Aires.
. Pero que dice hombre, estamos en Buenos Aires. Lo que me faltaba un fantasma tarado. Con los que tengo ya me basta y sobra. Igual de tarados pero al menos propios. ¿Usted de donde salió? Vuelva a la cabeza que le corresponde, que aquí somos sociables pero hasta ahí, un ratito y después taza taza cada cual para su casa. A ver si ahora me llegan los fantasmas en patera. Hasta ahí podíamos llegar.
-No señora no estamos en Buenos Aires, estamos en un Buenos Aires ficticio, estamos en su Buenos Aires que no es ni por asomo el real. Claro como usted no sale… Bueno. No importa. Yo vengo de ahí fuera. Cambio comida por trabajo. No molesto, nunca molesto pero estoy. Soy indispensable sin serlo, el segundo plano que justifica el primero.
- ¿Y para que voy a querer yo un fantasma inmigrante? No sabe la cantidad de fantasmas nativos que están cagados de hambre esperando una oportunidad de salir a flote.
_ Yo podría empujarle la silla ahora que está rota. Ya ha visto lo que sucedió recién. La gran Pilatos, todos a lavarse las manos y usted a chuparse el hedor sin contemplaciones.
- No sé preocupe mi’jo. Ya verá como enseguida los encamino. Son buenitos pero hay que educarlos.
- No señora esto no es así. Mientras funcionó el mecanismo del trasto ese, las cosas iban sobre ruedas, nunca mejor dicho. Todo llevaba el curso natural de lo planeado. Pero cuando las cosas no funcionan, señora, las cosas se movilizan por imprevistos. Son los imprevistos lo que mueven las ruedas del mundo. ¿ Ha escuchado usted hablar de la dialéctica? Tesis, antítesis, síntesis. Clarísimo.
- ¡Ahhhhhhhhhhh! Clarísimo. No me joda.
-Fíjese. Hasta hace un rato, todo parecía tranquilo. Cada uno iba a dejarse llevar por la comodidad. Ocuparían su lugar y aquí no ha pasado nada. Llegamos nosotros y ¿Qué pasó? En un segundo se transformó todo. Llegó lo imprevisto y todo tomó otro color. Desfichada se meó de soledad al conocer el amor incondicional, su silla se rompió, el visco casi queda tuerto y Juanchito…
- ¿Qué pasa con Juanchito? ¿Dónde está mi Adonis?? Y siguiendo mi dedo índice lo encontró sentado en un rincón, casi a oscuras, abrazando a Chito muy fuerte con un brazo y acariciando a Chin con la otra mano. Vestido de pura ternura y meciéndose como quién acuna, repetía a forma de mantra, “Tu eres muy pequeño y muy guapo, a ti hay que quererte mucho, mucho.” Chito colgado de su cuello se dejaba querer por primera vez en su vida. Con total inocencia, sin miedos, confiando. Chito por primera vez se sintió niño y dejó de llorar. Chin le limpiaba las lágrimas a lengüetazo llano.
Juanchito al verse acorralado por esa masa espasmódica y convulsa que lo llenaba de mocos, se incomodó, y cuando escuchó a Kilomberá Gracia gritar,¡ Ay miren a la Madonna, que bonito!, decidió alejar el niño de él fríamente, y volvió al paraíso sin dar más explicaciones que el silencio.
Chito, que ya no lloraba, y Chin, que ya no ladraba, se miraron fijamente durante largo tiempo. Luego como quién hace lo debido se dirigieron a la puerta, la abrieron y se fueron sin mirar atrás.
Inesita incomoda gritó a Tristán, “¡Vaya hombre! ¿Tráigalos! ¿No sabe lo cruda y fría que es Buenos Aires para un niño? ¿Qué clase de padre es usted?
- No es mi hijo, señora, dijo Tristán imperturbable, es mi padre. Yo vengo de él, vengo de sus entrañas. Educado en el deber Tristán sabía que era lo lógico. No hay lugar para la niñez, ni para la fidelidad, ni para la lealtad, en una casa repleta de ideas y de pocos corazones. Salvo Juanchito, que en un descuido, recordó la palabra humanidad, todos los demás fantasmas por fantasmas, la habían olvidado.
Inesita que muy humana no era a pesar de estar viva, pronto se olvidó del tema. “Haga lo que quiera, dijo, es su problema no el mío” Y como quién no quiere la cosa miró a Tristán, levantó la barbilla e inquirió ¡Qué! ¿Empuja o no empuja.
Espiando por una rendija, abrazaditos muy fuerte uno contra el otro para quitarse el frio y el dolor, Chito y Chin, silenciosos y estoicos, ocupaban su lugar en esta historia.
IX
Tristán ya se había integrado en la casa. Había ganado el título tan apreciado por los tipos de su calaña. Entre los fantasmas era conocido y nombrado cómo “Ese”, dándole así entidad a su presencia y al mismo tiempo negándosela. Olvidar un nombre, no cambiarlo por un mote, hacerlo impersonal, es sin duda el mejor camino para desterrar a un segundo plano a aquellos que incomodan, ya sea porque sean diferentes o sencillamente porque nada tienen que ver con nosotros y sin embargo nos molestan. Sólo Inesita, quizás por agradecimiento por sus servicios, cosa realmente dudosa, o por una cuestión de distancia real ya que lo tenía todo el santo día cubriéndole las espaldas, lo llamaba de forma diferente. Para Inesita era “Este” y se refería siempre a él señalándolo con el pulgar sobre su hombro y lo hacía con una carcajada despreocupada. “Mirá lo que dice Este. Hay que ser boludo”, “Este tiene cada salida, jajaja, más le vale que se quede dentro, jajaja”. Nunca brotó de ella, ni de ninguno de los fantasmas, una palabra de respeto para Tristán y sin embargo era el ser más temido y remirado de la casa. No hay nada menos confiable, por desconocido, por impredecible, que un “ese” o un “este” cerca nuestro. Nada menos fiable que un “otro” descatalogado y en libertad.
En el cuarto de arriba Kilombera Gracia desplegaba sus tácticas seductoras. Según se lo había propuesto no perdió ocasión de acorralar al desprevenido Bizcocho. Vestida con un camisón transparente color rosa pálido con apliques de plumas lilas en ruedo, mangas y escote, subida a unos zapatos de tacón haciendo juego entró en la habitación, y recostada en la pared se acarició los pechos sensualmente, o al menos, eso pretendía. De más está decir que fracasó estrepitosamente. El pobre Bizcocho que elevado estaba, entregado a la lectura de Borges, sentado en la cama, con su almohada entre las piernas, vio por el rabillo del ojo ese espectáculo más patético que erótico. Una vez enfocada esa masa amorfa que lo miraba cómo quién ve un apetitoso manjar, lo cual le llevó un tiempo respetable, no por su problema de visión si no por las dimensiones de la depredadora, al pobre hombre se le achicó el pene casi por instinto. Luego pensó que todo pene es pequeño frente a tremendo mamut. ¿Qué puede hacer el mejor dotado de los ratones frente a una elefanta? Pero Kilombera no era de detenerse frente al espanto de sus víctimas, al contrario la alentaba en la conquista, se crecía aún más si eso es posible.
Dando unos pasos rítmicos y suaves, como si de una tigresa se tratara, la decidida mujer avanzó hacia la cama al compás del crujir de los tacones, que pedían piedad, y del tintinear de los dientes del romántico desenfocado que se temía lo peor. El aplastamiento.
Fue ella quien rompió el silencio. Bueno, es una forma de decir, porque la cama gritaba como una marrana cuando Kilombera dejó caer sobre ella su cuerpo generoso.
-¿Tenés fuego papito? Dijo con una voz que tratando de ocultar el tono ronco de la ginebra denunciaba el tono áspero del fernet.
-¿Fuego? ¿Para qué querés fuego? Si los fantasmas no fumamos. Además yo nunca fumé porque…
-Callate bebé,- y tapándole la boca con el dedo pulgar, para lo cual le sobró medio kilo de carne, sentenció,- Para encenderte la mechita pibe. Dale pelá la vela picarón que sé que tenés ganas, se te ve en la cara. Aprovechá que esta noche es tu noche y me agarraste receptiva. Vení dame un besito en la teta y yo te toco el glande.
- ¡Qué glande ni glande loca de mierda, rajá de acá! -Gritaba el desdichado con verdadero pánico en la voz, haciendo inútiles esfuerzos por escapar de debajo de una flácida rodilla que a punto estaba de quebrarle las piernas.
-Así que rebelde el bizco, aflojá loco que a vos nadie te preguntó nada. Amorrate al pastel y dejá de hacerte el pelotudo, a mí nadie me deja con las ganas. ¿Oíste? ¿Te quedó claro o necesitas un esquema? Veamos la mercadería. ¿La sacás vos o te la saco yo a mordiscos? Y mientras decía esto acercaba la boca a la bragueta del acosado como si la primera opción hubiera sido una mera formalidad.
- A grito pelado el bizcocho pedía clemencia. Ver su pobre miembro a merced de aquella prótesis amarillenta e inestable, que tenía vida propia cuando hablaba como una película mal doblada, lo hacía caer en el horror más desesperante.
Lejos de compadecerse los demás fantasmas estaban encantados con la situación. Sentados en la puerta comían palomitas recién hechas y reían a mandíbula batiente al ver el desenlace trágico de la escena. Nada mejor que ser fantasma para poder dejarse llevar por el morbo del sufrimiento ajeno sin culpa alguna. Inesita junto a la escalera se cagaba en su puta madre porque sabía que se estaba perdiendo algo importante y gritaba como llevada por los demonios –“¡Bajen che! ¡Cuenten, cuenten hijos de puta! ¡¿Ya lo violó?! ¡Gorda de mierda ese macho es para mí! ¡Soltalo que te mato!
De repente todo se acabó. Todos callaron. Todo el tiempo y el espacio se detuvieron como en una foto. Una foto inolvidable en mi recuerdo.
El bizco cerrando fuertemente los ojos como quien se resigna a la muerte, o al vértigo de la bajada temida, pero esperada, en la montaña rusa o la lanzadera.
Kilombera tratando de encontrar algo que entretenga el paladar, con cara desesperada y fogosa y porque no decirlo de decepción. De loba que encuentra un nido abandonado, es decir, mucho huevo y poco pajarito.
La dentadura de Kilombera, tratando de esquivar la lengua desbocada de su dueña, sin éxito, obvio. Si alguna vez conoció la independencia fue ese día. Todos tenemos un cuatro de julio en nuestro inventario.
Juanchito riendo por fuera y gritando guarradas, pero sabiendo en su interior que él sería la próxima víctima, que urgentemente debía armar una estrategia para librarse del trágico destino de Job y evitar así, ser deglutido sin piedad por la única ballena fofa del mundo. Justo él que de paciencia nada de nada.
Desfichada recitaba como en un mantra el Marqués de Sade, capítulo a capítulo, obra a obra, aunque su rostro sólo denunciaba desaprobación.
Política agitaba y arengaba al público con sus dos manos alzadas haciendo el símbolo feminista de la vagina combativa, y gritaba, movida quizás por el socialismo, quizás por la envidia,-“¡Solo el compartir nos hará felices!”
Inesita y Tristán en el piso de abajo, meneaban la cabeza al ritmo angustiante de la cama pidiendo perdón a la casa, sintiendo vergüenza ajena uno, y una rabia incontenible el otro.
Todo se detuvo en este momento, todo quedó congelado en esta foto inolvidable. Lo imposible acababa de ocurrir. La casa, como si de Dios se tratara, habló.- “¡Basta ya! Me tenéis hasta los cojones. ¡Llamaros a recato por favor, que aquí no hay quien descanse! ¡Vaya manga de chalados!
El pánico fue rey por un momento. Pero a rey muerto rey puesto. Cuando se supo la verdad fue coronada la sorpresa como reina indiscutida. Luego la decepción terminó con la monarquía y dio paso al griterío de la turba estafada.
Como por arte de magia se abrió el armario y de su interior salió un ser vestido de forma extraña, como si se hubiera escapado de un cuadro del Bosco. Hablaba a los gritos, meneaba los brazos violentamente y miraba todo con fuego en los ojos.-“¡Basta ya! ¡Estáis locos!”
Después de un silencio considerable, fue Kilombera quien cayó en la cuenta de que había sido interrumpida por las palabras de un imbécil y no por la palabra divina y llenándose de ira exclamó –“¡¿Pero quién sos pescado?! ¡Volvé a tu circo que payaso ya tenemos!
-¿Quién soy yo?, contestó el visitante. Yo soy Murphi. ¿Y tú quién eres? ¿La Barbie titán o e mi Pequeño Pony con obesidad mórbida? Porque querida vestirte con transparencias rosas y llenarte de plumas…
-Pero callate querés ¿Vos viste la cara de mosca soretera que tenés? Decía esto y acomodaba sus tetas tan grandes como Mahoma y la montaña juntos. Bueno un poquito menos, eso es demasiado. Esas serían las tetas de Política, al Cesar lo que es del Cesar.
- Lo importante no es quien es, dijo Juanchito, sino que es. Porque fantasma no es, humano no es, ángel no es, demonio no es, guapo no es, feo tampoco es, tiene su morbillo… -Dijo esto y alzó la voz para que Kilombera se enterara de sus gustos sexuales por si las dudas- En fin que no es nada y es todo…¿Tenés algún parentesco con Michael Jackson vos?
-Jajajaja, rio Murphi, que va soy un genio.
- Que genio ni que genio vos sos un pelotudo de cuidado.- dijo kilombera que seguía furiosa- Además si sos un genio aquí nadie te llamó, porque lo que yo estaba frotando, hasta que llegaste, no era una lámpara precisamente y la verdad, con voz decepcionada, lo que frotaba tampoco era muy mágico que digamos. Ayssssss.
-¡Que lámpara ni que lámpara! Esos son los genios orientales. Yo soy un genio occidental, nosotros vivimos en botellas, damajuanas o barriles, según el tamaño de nuestro abdomen. Vos vivirías en una pileta si fueras genio, jajajaja. Bueno, -dijo mirando a su alrededor- Si las mujeres de esta casa fueran genios esta casa tendría más piletas que ladrillos, jajaja.
- Usted es un ordinario, es desagradable, ¿Cómo se atreve?,-dijo indignada Desfichada- ¿Y de donde salió usted si se puede saber?
-Bueno yo estaba plácidamente descansando mi eternidad cuando un bicho con resortes en el culo, pateó la botella y me dejó sin hogar. Así que trato de dormir en algún lugar tranquilo desde entonces, pero ya ves en esta casa de locos es imposible. Cuando no es uno es otro el que organiza el tole tole.
- Oiga ¿Lo de resortes en el culo lo dice por mí?- Preguntó Inesita que desde el salón no daba crédito a lo que sucedía en ese paraíso que ella había soñado a su merced, y que hoy estaba más revuelto que nunca.
-¡Qué va! Si tú no tienes resortes en el culo, ni siquiera tienes amortiguadores, jajaja. Lo que tienes son ruedas ¿O ya te has olvidado? Jajjaja. Hablo del perrito ese que entró el otro día y que hizo más mal que Torquemada. Insoportable el can y si hablamos del chaval ufffffffff.
-Por favor señor sería tan amable de bajar y hablar con la señora en forma galante, no olvide que está es su casa y que por edad, y por anfitriona merece todo su respeto. Está frente una dama , no lo olvide.- Dijo Tristán con su solemnidad característica, mordiéndose los labios para no putearlo.
Que dama ni que dama. Que aquí somos pocos y nos conocemos todos. Pero vale, ahora bajo, primero me voy a ocupar de estos fantasmitas de pacotilla. Y haciendo un gesto con las manos, como quien va a hacer un truco de magia, miró amenazante a todos en general y a kilombera en particular.
Un desparramo de cuerpos y un griterío de pánico generalizado inundo la casa. Todos trataron de salir de la habitación a un tiempo lo cual provocó un atasco y varios cardenales. Luego la escalera retumbó ante esa estampida asustada bajando por sus peldaños. Uno tras otros los fantasmas se ocultaron detrás de Inesita como si de polluelos se tratara, esperando ser cobijados por la gallina.
Inesita lejos de cubrirlos con sus alas los espantaba como si fueran moscas, moviendo sus manos de aquí para allá y diciendo- “Rajen che, no molesten cobardes.”
Murphi, haciendo alarde de poder bajo despacio, como midiendo los pasos. Parecía más una vedette que un hombre temible, lo cual generó en Juanchito cierto desprecio, porque recordó a los Giménez instantáneamente y él amaba a los hombres rudos.
Una vez abajo, el genio e Inesita se miraron frente a frente como en un duelo del far west.
En ese momento y sin que nadie se diera cuenta Chito y Chin subieron silenciosos.
En el cuarto del paraíso, aferrado a su almohada, estaba el bizcocho llorando amargamente. Llorando lágrimas que no son lágrimas si no sangre.
El niño y el perro que conocían mejor que nadie el desprecio y el dolor lo cobijaron. Siempre fue igual. Nadie cree ya en amores incondicionales, en lealtades. Todos se ríen de quien sueña esas cosas porque lo suponen débil. En realidad el amor siempre fue despreciado por el terrible temor que genera multiplicarse. Nada genera más odio que el amor altruista, y siglo tras siglo la humanidad ha tratado de destruirlo. Gracias a Dios sin mucho éxito. Todo hay que decirlo.
El bizco lloraba. Chito lo abrazaba con fuerza. Chin lamía una a una las heridas de su cuerpo, y por supuesto las del alma.
Los demás seguían con sus vidas, inconscientes del terrible daño que habían causado. Ya nada sería igual en la casa. Manchas negras de humedad habían brotado en el techo del salón sin que nadie lo notara.
[...] Es todo muy extraño… [...]
Maravilloso